Ya comienzan a sonar los primeros gemidos luego de la batalla. El intelecto opositor venezolano despierta y estira sus adormecidos músculos. La consciente necesidad de proseguir con la lucha va obligando a aceptar la transitoria contrariedad; aunque el amargo sabor de la deshonestidad electoral jamás permitirá que se desvanezca el genuino sentimiento de asquerosidad que se ha depositado tanto en las vidas de los tramposos (secretamente) como en la de los trampeados (¿ingenuamente?).
Me imagino que el saberse “ilegítimos” (o cuestionados) es un lastre constante que refuerza la vitalidad de los deslegitimados. Es como andar con una espina que entorpece el camino que es necesario desandar para rescatar algo de la decencia que constriñe el usufructo del poder.
Esa inmensa derrota moral del gobierno (debilidad), constituida ahora en una potente fábrica generadora de antídotos curativos, nos invita a asumir la inalienable responsabilidad de actuar unidos, coordinadamente (como válidos e incisivos correctores del utópico discurso que maneja el supuesto socialismo del siglo XXI).
El tiempo chavista y la creciente carcoma que su soterrada sordidez le inflinge al gobierno son, desde ahora, aliados incondicionales de nuestras necesidades; aliados de nuestra empecinada necesidad de probar que la sociedad venezolana sí puede recuperar la posibilidad de organizarse respetando las reglas que impone el juego democrático.
¿Sabremos aprovechar la momentánea debilidad de este régimen o dejaremos que se diluya “la oposición” que hemos logrado?
Si no queremos que el partido único del gobierno termine siendo (como son sus pretensiones) el partido único de Venezuela, deberemos ya comenzar a conformar, pragmáticamente, la contrapuesta de un partido único de la oposición.
Botemos entonces todos los libros partidistas, botemos todas las amañadas doctrinas políticas que nos separan y escribamos una nueva manera de asociarnos (acorde a las necesidades de nuestro tiempo y acorde a los venerables principios que impone el ejercicio de la democracia).
Chávez trabaja a toda máquina porque es el único que tiene programa; mientras que nosotros, lamiéndonos las heridas producidas en una escaramuza donde contradictoriamente el ganador resultó ser un gran perdedor, ya hemos perdido, irresponsablemente, casi tres semanas de “necesarísimo” quehacer político (sin ni siquiera haber logrado “esbozar” algo de claridad en cuanto a la verdadera correlación de fuerzas que existe entre el chavismo y la oposición).
¿Será verdad que no vamos a decir nada en aras de volcar claridad al acuciante problema que nos aqueja, será verdad que nada de nada va a pasar…?
“Un coro lejano de madres que cantan
mecen en sus cunas nuevas esperanzas...
Silencio en la noche... silencio en las almas”.