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Opinión y análisis

La patética celebración de un régimen que agoniza
Sebastián Rodríguez

 
Lunes, 8 de diciembre de 2003

La celebración de la agonía del régimen tuvo el clásico patetismo que rodea la muerte de los tísicos, según constancia de ese cursi paño de lágrimas llamado La Dama de las Camelias. El candidato al cadalso haciendo uso de un desaforado derecho de pataleo, volvió a jugar el papel de la bestia, movilizando todos sus millardos de bolívares para no convocar a más que algunos miles de desesperados convertidos en escenografía de bravuconadas, amenazas y ofensas. Una vez más resultó imposible ocultar los cientos de autobuses costosamente alquilados para traer una desvitalizada multitud de infelices que ya cumplieron cinco años esperando por el prometido paraíso sin obtener a cambio otra cosa que unos miles de bolívares, una gorra, una camiseta y una bolsa de papas fritas.

Cortejo de desarrapados, la escuálida marcha que partió de Petare dirigida por el cínico oficial del régimen no perdió la ocasión de mostrar su auténtica catadura destruyendo lo poco que encontró a su paso en la Plaza Altamira. Esa es la “vanguardia revolucionaria” del régimen: buhoneros, matones y desadaptados con los que es imposible hacer revolución alguna, tal como lo señalara uno de los cubanos escapado de alguno de esos planes de última hora: “no se puede hacer una revolución con vagos, delincuentes y drogadictos”. El ejército perfecto para José Vicente Rangel, Iris Varela e Ismael García.

Para completar el cuadro, quiso el chavismo regalarle a sus fieles “un concierto de amor a la revolución”. Con un par de lastimeros payasos convertidos por apremiante necesidad del régimen en “maestros de ceremonia” y un trío de bardos importados, a un costo en dólares todavía no especificado. Que el diputado cubano Silvio Rodríguez no canta al aire libre y ante una asistencia como la que el presidente Chávez le reuniera en las instalaciones del Poliedro por menos de 100 mil dólares. Aunque elevados ya a setenta mil los barriles de crudo que Chávez le expropia a nuestras arcas para regalárselos diariamente y como obsequio personal a Cuba, bien pudo Castro devolver la mano con una orden de venta a uno de sus más fieles y silentes apologetas.

Para la celebración de un régimen en el ocaso una exhibición de La Bella y la Bestia. Aunque la belleza musical de la Bella fuese una mustia, fané y descangayada aparición de un patético y desangelado trovador en el umbral de su senectud, un par de corifeos cubanos dispuestos a legitimar paredones – así se derritan infructuosamente por hacer carrera en los suburbios culturales del capitalismo -, y unas señoronas del patio, caricaturas de nuestras auténticas grandezas.

Un patético recordatorio quinquenal de una revolución que no existe, no existió ni existirá. Un espejo descascarado y miserable de glorias pasadas que yacen en el desván de un país que jamás aceptó la trapera puñalada castrista. Una revolución de mentira no puede enmascarar festejos. La farsa, este sábado, llegó a las cumbres del patetismo.

Fue un miserable debut y despedida.

 

 

 
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