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Autorretrato de un chafarote Santiago Ochoa Antich Lunes, 7 de abril de 2003
El domingo pasado, mi respetado amigo, Tulio Hernández, señalaba, en su habitual columna en “El Nacional”, que tenía la sensación de que los venezolanos hemos perdido el hilo del discurso, en cuanto se refiere a derechos humanos y solidaridad. Había visitado recientemente a Montevideo y Buenos Aires, en donde pudo observar concurridas manifestaciones en contra de la guerra en Irak, mientras en Caracas donde se produjeron nutridísimas concentraciones en los meses pasados, ninguna persona de la oposición ha salido a demostrar en favor de la paz. Concluye que la razón es nuestro inmediatismo. Tanto la oposición como el gobierno no piensan tan siquiera a mediano plazo. Esa urgencia genera un déficit de civilidad y de sociedad civil efectivamente libre.
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Es indudable que en sociedades democráticas y especialmente en las que la democracia es un bien recién adquirido que se cree difícil de perder, hay suficiente tranquilidad en los espíritus como para dedicar parte del tiempo a pensar en solidaridades de mediano y largo plazo en el ámbito de las relaciones internacionales. Pero en una sociedad como la nuestra, en donde una porción –el gobierno- busca realizar una revolución en el menor tiempo posible y otra parte de esa sociedad –la oposición- se da cuenta de que se le agota el tiempo para impedir el proyecto totalitario, es indudable que no se puede perder pólvora en zamuros. Además de que la vasta mayoría de esa oposición no ve la guerra en Irak con los mismos ojos que la observan en la vieja Europa o en sociedades latinoamericanas muy proclives a seguir su ejemplo. Baste no más señalar que el fascismo sólo echó raíces profundas en el Cono Sur y ejemplo de ello fue Juan Domingo Perón y su Justicialismo. La oposición venezolana mira la guerra en Irak como un primer ejemplo de lo que podría constituirse en la única solución a sus problemas. “Si Bush nos prestara”, se dicen. “tres B-52 con su correspondiente carga de bombar y misiles crucero, podríamos aplastar los batallones que permanecen fieles a Hugo Chávez, al igual que ha sucedido en Bagdad, con lo que el regreso a una democracia representativa y al Estado de derecho quedaría asegurado”. Es un sueño no más; un sueño para acabar con la pesadilla. Pero en tales circunstancias no puede haber solidaridad alguna de la oposición venezolana con los iraquíes, máxime cuando su líder, Sadam, al igual que Fidel y otros sátrapas, parece constituirse en el modelo del monotema que dice Hernández. En cuanto al gobierno, su escualidez quedó demostrada en los meses del paro. La calle real Sé que el término ya no se usa, pero así se designaba entre nosotros el camino principal. En política, podríamos decir que la calle real es la Constitución, el camino por el que todos debemos transitar. Sin embargo, no es la oposición la que se siente tentada de tomar atajos. Pongamos por caso el 11 de abril del 2002. ¿Cuál fue la causa fundamental que generó la crisis? La sustitución de la directiva de PDVSA. Es el gobierno revolucionario, entonces, el que toma atajos, el que no se mantiene dentro de los linderos de la Constitución. Más aún, la puesta en vigor del Plan Ávila y el asesinato a mansalva de 19 venezolanos también fue otro atajo inconstitucional, destinado a amedrentar a la oposición. La renuncia del presidente Hugo Chávez no fue sino consecuencia de esos atajos. La oposición continuó por la calle real, pero después del enfrentamiento y de las víctimas consideró normal abandonar la Constitución que, diseñada por el régimen, constreñía a la oposición a seguirla, mientras el régimen tomaba, cuando le convenía, atajos plenamente inconstitucionales. El enfrentamiento continuó más que nada porque el gobierno siguió con su plan original de apoderarse del control de la petrolera. El paro petrolero no fue un atajo; el atajo lo constituyeron las acciones tomadas socarronamente por el gobierno. El paro se constituyó así en la defensa inmediata, en un alzar de brazos de quien siente que el garrote se le viene encima. Y no vayan a creer que no tuvo efecto. Sus consecuencias económicas todavía pueden constituirse en el talón de Aquiles de la satrapía. No somos suizos Resulta digno de admiración que un país de escasos 130 mil kilómetros cuadrados –algo así como el doble de la superficie del estado Zulia- y con una población que para 1801 rondaba los 9 millones de habitantes, se haya transformado en el centro de la civilización occidental y en la primera potencia industrial y militar del siglo XIX. ¿Qué lo hizo posible? Quizás contribuyeran el puritanismo protestante que hizo posible el capitalismo y un monarca cuyo poder se derivaba de la aplicación de lo que hoy conocemos como Estado de derecho. Este convencimiento permitió que todo lo concerniente a los gastos de la Corona sólo pudiera ser autorizado por el Parlamento. El puritanismo los impulsó hacia el esfuerzo individual, la competencia y la eficiencia. Poco se dejaba al azar; aún la lotería y los caballos eran objeto de estudio. En tales circunstancias era normal que la sociedad se dividiera entre educados y ordinarios. Lo singular estuvo en que los ordinarios admitieran la superioridad de los educados. Porque si bien el Parlamento se dividió en dos Cámaras: la de los señores (educados) por un lado, y la de los Ordinarios (Comunes), el poder político, al principio, siempre estuvo en manos de los primeros. Fue solamente cuando la burguesía pudo acreditar conocimientos y educación similares a los de los señores, cuando adviene a compartir ese poder. Los siglos XIX y XX ven, en Gran Bretaña, un constante incremento del registro de votantes, al irse incorporando a la clase media, a la burguesía educada, ingentes masas laborales y campesinas. El partido Liberal dejó de ser su portavoz y las simpatías se dividieron entre el Conservador y el Laborista. Tony Blair es la mejor demostración de esos principios. Nuestro problema es que nada de eso ha calado en nuestra sociedad. Durante los primeros veinte años de democracia, logramos asimilar a la clase media a un 65 por ciento de la población. Sin embargo, fue solo aparente. En el fondo fue producto del rentismo petrolero y del populismo; no del esfuerzo individual. Al escasear el primero, todo se vino abajo. Volvimos a lo mismo. A quedar en manos del chafarote de turno. Hugo Chávez lo ha retratado bien: “es un golpista, pendenciero, jefe de mafia”. El futuro petrolero Lo grave es que las decisiones equivocadas del chafarote nos están llevando a derroteros de pobreza incalculable. En tales circunstancias, una democracia viable se hará cada día más difícil. Veamos el por qué de este aserto. El 25 de octubre de 2000, el euro (E) llegó a su mínimo valor histórico de US$ 0,8265. En ese momento, el valor de un barril de petróleo Brent era de US$ 31,5. Esto es, E 38,11. El viernes 4 de abril de 2003, el euro se cotizaba a US $1,0735, o sea que el dólar se ha depreciado un 23 por ciento con respecto al euro. Sin embargo, un barril de petróleo Brent en lugar de valer un 23 por ciento más, se cotiza a US $24,68. Esto equivale en euros de hoy a E 22,99. Ello significa un ahorro para los europeos de 15 euros por barril. Para los norteamericanos, el petróleo también ha bajado, aunque no en la proporción de los europeos. Se ha reducido en US$ 7 por barril, aun contando con los problemas de suministro en Venezuela, Nigeria e Irak, así como la prima de guerra. Por lo tanto, es de suponer que, superados esos obstáculos, el barril Brent pueda llegar a valer US$ 18 en abril de 2004 y la cesta venezolana no pasará de US$ 16, si no mucho menos, lo cual supondrá una profundización de la recesión. Para mantener el gasto público constante, el Ejecutivo tendrá que devaluar de nuevo. No se aprovecharon las vacas gordas y ahora vienen las vacas flacas. Volveremos al Viernes Negro. (*): Santiago Ochoa Antich es diplomático de carrera, historiador, politólogo y periodista. Fue Embajador de Venezuela en Austria, Canadá, Jamaica, Paraguay, San Vicente y las Granadinas, El Salvador y Barbados. |
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