Habría que explicarle a cualquier niño que presenciara la escena -ahora que
la programación en horario diurno debe ser apta para todo público- que
aquellos señores y señoras que brincaban, aplaudían, chillaban y levantaban
los puños en señal de triunfo, no eran los fanáticos de algún equipo de
fútbol o béisbol sino los nuevos magistrados del máximo Tribunal de la
República ¿Y por qué están tan contentos? preguntaría el niño con esa
insistencia infantil que a veces desespera, -bueno mijo porque los acaban de
nombrar para esos cargos y están oyendo el discurso de un diputado que sabe
mucho de leyes y de justicia- ¿Y cómo se llama ese señor tan sabio? -Pedro
Carreño mijo, capitán Pedro Carreño- ¿Y los capitanes saben de leyes?
–Algunos, mi amor- ¿Y qué dice ese capitán? insiste el infante. -Bueno que
ahora la justicia si es revolucionaria porque todos los jueces son gente del
gobierno… y mejor cambia para el canal de comiquitas que es mucho más
divertido.
Luego, alguien que hace décadas dejó atrás la edad de la inocencia lee en El
Nacional (16-12-04) la pregunta que hizo la periodista Vanesa Gómez Quiroz a
diez de los nuevos ungidos; una tan simple como ¿Qué es la justicia? Al ver
las respuestas me erijo en miembro imaginario de un jurado que debe
calificar a los declarantes -de 1 a 10- de acuerdo con esas respuestas. Le
daría diez puntos al ex diputado Luis Velásquez Alvaray en razón de su
sinceridad: ni se le ocurrió hablar de imparcialidad sino de los sectores
que nunca han sido tomados en cuenta y que justicia es darle a cada quien lo
que le pertenece; un discurso tan chavistoide que al menos encontramos uno
entre diez que no se anda con disimulos. A otros ocho que no voy a gastar
espacio en nombrarlos, esos que hicieron alardes de imparcialidad y de sus
méritos y trayectorias, los calificaría con 1 punto por mentirosos y cínicos
Y a Eladio Aponte lo castigaría con un -1 por mezclar toda esa farsa
politiquera con una cursilería rimbombante: “La justicia es algo tan sublime
y tan bello que todos los hombres debemos seguir su camino…”.
Pero volvemos a la realidad y esos son los nuevos jueces de jueces y lo serán
todo el tiempo mientras no se resbalen ni un poquito y no tengan la osadía de
contrariar al verdadero jefe supremo del supremo tribunal y de todo lo que
se mueve, arrastra o vuela en este país. ¿Para qué mencionarlo?
Un joven estudiante de Derecho en una universidad norteamericana me
entrevista esta mañana, quiere saber sobre la Ley de Contenidos y cómo
afecta a los partidos políticos con miras a las elecciones de 2006. ¿Cuáles
partidos y cuáles elecciones? Le pido que aterrice en un país donde la
máxima autoridad electoral a decir de Jorge Rodríguez, uno de sus rectores,
puede funcionar sin su Presidente (que ahora es magistrado) porque ellos dos
-él y Battaglini- son más que suficientes para hacerle el mandado a aquel
del que ya hablamos. ¿Partidos? Acción Democrática, el único que sobrevivió
al arrase electoral del 31 de octubre, está muy ufano según sus máximas
autoridades porque ganó setenta alcaldías. El hecho de haber perdido sesenta
y en los Estados de mayor raigambre adeca es una insignificancia, una
minucia que en nada afecta su categoría de subcampeones, como el ejército
argentino en la guerra de Las Malvinas. Ese Partido cojitranco va a realizar
pronto sus elecciones internas cuyos resultados se conocen de antemano y eso
gracias al discurso de Yo Claudio. Si él creyera que tiene algún chance de
seguir siendo Yo Claudio, no hablaría de elecciones por las bases, de
democracia interna ni de todo ese gamelote discursivo que repite, sin
cambiarle una coma, desde hace treinta años. Yo Claudio fue candidato a la
Alcaldía Metropolitana sin bases ni democracia interna, solo porque él se
encaprichó y un cogollo de esos que él aborrece desde que estaba en
kindergarten, lo respaldó.
¿Los demás Partidos? Cascarones vacíos que sobreviven gracias al respirador
artificial de unos cuantos alcaldes con popularidad y carisma personales. Y
conste que se lo digo al joven estudiante con el dolor de haber sido siempre
militante partidista y de haber peleado -sin contenerme- contra aquellos que
desde distintos flancos bombardeaban al sistema de Partidos y se llenaban la
boca con esa cosa informe llamada sociedad civil. ¿Existe la sociedad civil?
claro que si, cualquiera de nosotros es parte de ella porque la otra es la
militar (la que ahora manda) pero vale poco existir sin capacidad de
reaccionar ante ningún atropello, abuso o indignidad. Sin dirigencia
política no hay quien salga a la calle con una banderita o un pito y mucho
menos con una cacerola, ahora calificada como peligrosa arma golpista y
contrarrevolucionaria.
¿Qué pueden entonces hacer ustedes? pregunta el asombrado muchacho. La única
respuesta que se me ocurre es: partir de cero, empezar el nuevo año como si
estuviéramos en aquellos días del 80 o 90% de popularidad del Jefe Máximo,
Supremo, Veneradísimo, Indiscutible e Inderrotable, en que cincuenta o
sesenta madres de familia salieron a la calle con sus cartelitos que decían
“con mis hijos no se metan”. Solo que esta vez no bastará con que esas mamás
sean las de los colegios privados del Este de Caracas, sobran en las
barriadas más pobres madres y padres que aborrecen a este régimen y que no
quieren ver a sus hijos convertidos en robots al servicio de lo que manda
papá Fidel por boca de su hijo putativo. Puede ser ¿quién quita? que hasta
en lo que queda de los Partidos algunos valientes decidan alzarse contra los
chanchullos eternizadores de sus dirigentes y surjan esos nuevos líderes que
la Oposición necesita. Son deseos de esos que uno pide cuando dan las doce
campanadas a sabiendas de que muchos no se cumplirán; pero quién sabe: como
este es el país donde puede pasar cualquier cosa, cualquier cosa puede pasar