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Opinión y análisis

Un año que viene y este que se va
Paulin Gamus

 
Viernes, 17 de diciembre de 2004

Habría que explicarle a cualquier niño que presenciara la escena -ahora que la programación en horario diurno debe ser apta para todo público- que aquellos señores y señoras que brincaban, aplaudían, chillaban y levantaban los puños en señal de triunfo, no eran los fanáticos de algún equipo de fútbol o béisbol sino los nuevos magistrados del máximo Tribunal de la República ¿Y por qué están tan contentos? preguntaría el niño con esa insistencia infantil que a veces desespera, -bueno mijo porque los acaban de nombrar para esos cargos y están oyendo el discurso de un diputado que sabe mucho de leyes y de justicia- ¿Y cómo se llama ese señor tan sabio? -Pedro Carreño mijo, capitán Pedro Carreño- ¿Y los capitanes saben de leyes? –Algunos, mi amor- ¿Y qué dice ese capitán? insiste el infante. -Bueno que ahora la justicia si es revolucionaria porque todos los jueces son gente del gobierno… y mejor cambia para el canal de comiquitas que es mucho más divertido.

Luego, alguien que hace décadas dejó atrás la edad de la inocencia lee en El Nacional (16-12-04) la pregunta que hizo la periodista Vanesa Gómez Quiroz a diez de los nuevos ungidos; una tan simple como ¿Qué es la justicia? Al ver las respuestas me erijo en miembro imaginario de un jurado que debe calificar a los declarantes -de 1 a 10- de acuerdo con esas respuestas. Le daría diez puntos al ex diputado Luis Velásquez Alvaray en razón de su sinceridad: ni se le ocurrió hablar de imparcialidad sino de los sectores que nunca han sido tomados en cuenta y que justicia es darle a cada quien lo que le pertenece; un discurso tan chavistoide que al menos encontramos uno entre diez que no se anda con disimulos. A otros ocho que no voy a gastar espacio en nombrarlos, esos que hicieron alardes de imparcialidad y de sus méritos y trayectorias, los calificaría con 1 punto por mentirosos y cínicos   Y a Eladio Aponte lo castigaría con un -1 por mezclar toda esa farsa politiquera con una cursilería rimbombante: “La justicia es algo tan sublime y tan bello que todos los hombres debemos seguir su camino…”. Pero volvemos a la realidad y esos son los nuevos jueces de jueces y lo serán todo el tiempo mientras no se resbalen ni un poquito y no tengan la osadía de contrariar al verdadero jefe supremo del supremo tribunal y de todo lo que se mueve, arrastra o vuela en este país. ¿Para qué mencionarlo? Un joven estudiante de Derecho en una universidad norteamericana me entrevista esta mañana, quiere saber sobre la Ley de Contenidos y cómo afecta a los partidos políticos con miras a las elecciones de 2006. ¿Cuáles partidos y cuáles elecciones? Le pido que aterrice en un país donde la máxima autoridad electoral a decir de Jorge Rodríguez, uno de sus rectores, puede funcionar sin su Presidente (que ahora es magistrado) porque ellos dos -él y Battaglini- son más que suficientes para hacerle el mandado a aquel del que ya hablamos. ¿Partidos? Acción Democrática, el único que sobrevivió al arrase electoral del 31 de octubre, está muy ufano según sus máximas autoridades porque ganó setenta alcaldías. El hecho de haber perdido sesenta y en los Estados de mayor raigambre adeca es una insignificancia, una minucia que en nada afecta su categoría de subcampeones, como el ejército argentino en la guerra de Las Malvinas. Ese Partido cojitranco va a realizar pronto sus elecciones internas cuyos resultados se conocen de antemano y eso gracias al discurso de Yo Claudio. Si él creyera que tiene algún chance de seguir siendo Yo Claudio, no hablaría de elecciones por las bases, de democracia interna ni de todo ese gamelote discursivo que repite, sin cambiarle una coma, desde hace treinta años. Yo Claudio fue candidato a la Alcaldía Metropolitana sin bases ni democracia interna, solo porque él se encaprichó y un cogollo de esos que él aborrece desde que estaba en kindergarten, lo respaldó.

¿Los demás Partidos? Cascarones vacíos que sobreviven gracias al respirador artificial de unos cuantos alcaldes con popularidad y carisma personales. Y conste que se lo digo al joven estudiante con el dolor de haber sido siempre militante partidista y de haber peleado -sin contenerme- contra aquellos que desde distintos flancos bombardeaban al sistema de Partidos y se llenaban la boca con esa cosa informe llamada sociedad civil. ¿Existe la sociedad civil? claro que si, cualquiera de nosotros es parte de ella porque la otra es la militar (la que ahora manda) pero vale poco existir sin capacidad de reaccionar ante ningún atropello, abuso o indignidad. Sin dirigencia política no hay quien salga a la calle con una banderita o un pito y mucho menos con una cacerola, ahora calificada como peligrosa arma golpista y contrarrevolucionaria.

¿Qué pueden entonces hacer ustedes? pregunta el asombrado muchacho. La única respuesta que se me ocurre es: partir de cero, empezar el nuevo año como si estuviéramos en aquellos días del 80 o 90% de popularidad del Jefe Máximo, Supremo, Veneradísimo, Indiscutible e Inderrotable, en que cincuenta o sesenta madres de familia salieron a la calle con sus cartelitos que decían “con mis hijos no se metan”. Solo que esta vez no bastará con que esas mamás sean las de los colegios privados del Este de Caracas, sobran en las barriadas más pobres madres y padres que aborrecen a este régimen y que no quieren ver a sus hijos convertidos en robots al servicio de lo que manda papá Fidel por boca de su hijo putativo. Puede ser ¿quién quita? que hasta en lo que queda de los Partidos algunos valientes decidan alzarse contra los chanchullos eternizadores de sus dirigentes y surjan esos nuevos líderes que la Oposición necesita. Son deseos de esos que uno pide cuando dan las doce campanadas a sabiendas de que muchos no se cumplirán; pero quién sabe: como este es el país donde puede pasar cualquier cosa, cualquier cosa puede pasar      

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