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  Sección: Política

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El “perfeccionismo” paralizante de la oposición

Alexander Rosemberg Holcblat

Martes, 22 de abril de 2008

Quisiera tomar como punto de partida para estas líneas los meses anteriores a agosto de 2006, momento en el cual las diferentes tendencias de oposición pugnaban por establecer cual de sus líderes se convertiría en su abanderado de cara a las elecciones presidenciales de diciembre de ese año. Entre dimes y diretes, entre toma y dame, alegaban buscaban al candidato perfecto, el David que debía vencer a Goliat. Sin embargo, dejaron transcurrir tanto tiempo que finalmente otorgaron al candidato elegido solo 4 meses para montar una campaña que debía enfrentar a la de Chávez, que había arrancado 6 meses antes y que además contaba con todo el respaldo de la maquinaria oficialista. Muchos calificaron de milagro, dadas estas condiciones, el hecho de que Manuel Rosales hubiera conseguido el 38% de los votos el 3 de diciembre.

Constituye sin embargo una simplificación de parte de la oposición bautizar a este proceso de escogencia solo como la búsqueda por el candidato perfecto. La realidad es que intervinieron en la toma de esta decisión intereses que no era comunes a la generalidad de la población opositora sino exclusivamente atribuibles a la satisfacción de intereses particulares de cada uno de los partidos. Entre otros, la distribución de cargos y cuotas de poder así como la satisfacción de egos. Al fin y al cabo, llámese como se llame, el efecto combinado de estos factores fue el de impedir que el factor “criterio de oportunidad”, tan importante en estrategia electoral, jugara el papel que venía llamado a desplegar en la consecución de un fin común.

Pensemos ahora en lo diametralmente distinta que resultó la estrategia para el referéndum constitucional de diciembre de 2007 donde la participación estudiantil resultó tan determinante. Si se piensa cómo al eliminar el factor personalista y la satisfacción de cuotas de poder, la oposición mágicamente entendió que el fin común era evitar la aprobación de la reforma y se avocó inmediatamente a una campaña seria que además contó con la participación de todos los sectores de la sociedad civil y del recién nacido movimiento estudiantil.

Me gustaría entonces hacer el ejercicio comparativo con otro sistema político que atraviesa hoy por un proceso similar. Desde principios de este año Estados Unidos se encuentra inmersa en uno de sus procesos más directamente democráticos, la elección primaria de sus candidatos a la presidencia por cada uno de los partidos tradicionales. De un lado, los republicanos eligieron rápidamente a su candidato –John McCain- y éste se avocó a unificar las bases de su partido con miras a la elección general. Del otro lado, Hillary Clinton y Barack Obama están enfrascados en una amarga disputa por la nominación demócrata que ha desplazado del mensaje positivo sobre las propuestas de solución a cada uno a los diversos problemas del país, al terreno de las críticas negativas y personalistas que normalmente no están presentes en este tipo de contiendas sino que se reservan a la contienda nacional definitiva. La razón de esta reserva es tanto estratégica como moral, la idea es no proporcionar a quien definitivamente es el contendor real, el candidato republicano, armas que han sido ideadas por dos tendencias de un mismo bando.

Mientras estos ataques ocurren, McCain consolida su base y se perfila como un líder sensato, carismático y moderado que podría, según indican los más recientes sondeos de opinión, aglutinar lo votantes de la tendencia demócrata que no resulte victoriosa. Esto potencialmente indicaría que, en un escenario donde nadie pensaba que el candidato republicano podría ganar las presidenciales del 2008, John McCain podría capitalizar el divisionismo demócrata y llevar al partido del elefante de nuevo a la Casa Blanca.

Vemos entonces un patrón similar donde la búsqueda por el candidato perfecto y la intervención de intereses ajenos a la estrategia común, logran paralizar a factores políticos y quizás hasta alejándolos de victorias seguras. Así, los venezolanos estamos ahora en peligro de caer bajo el mismo patrón que viene repitiéndose ya desde hace un tiempo y la comparación con el sistema americano es adrede, pues aquí también, y luego de la cerrada victoria en el referéndum constitucional, muchos dijeron que el descontento popular y los índices de rechazo a las diferencias gestiones en cargos regionales de los representantes del oficialismo garantizarían a la oposición teñir de azul un mapa que, hoy por hoy, se encuentra casi en su totalidad pintado de rojo. Sin embargo, y de forma similar a lo ocurrido durante la antesala al proceso electoral presidencial del año 2006, las diferentes fracciones de oposición, muy a pesar del pacto de unidad firmado en enero de este año, han lanzado múltiples candidaturas que pugnan por establecer cual de sus figuras representará a la oposición como candidato único.

En esta ocasión cuando menos, ha quedado claro que el método a utilizar no serán unas elecciones primarias sino los sondeos de opinión que se hubieren llevado a cabo para el momento de la ocurrencia de una fecha determinada. Sin embargo, continuamos enfrascados en las eternas disputas por posicionamiento, sin parecer entender que seguimos paralizados frente a un adversario que tomará ventaja de todos los espacios que le sean abiertos. Además, con este tipo de comportamientos se aliena al electorado, potencialmente generando un rechazo al evocarse las viejas prácticas que tuvieron por efecto el asenso del chavismo al poder.

Es evidente que no resulta fácil conciliar tantas tendencias, menos aún cuando no existe un órgano centralizado de toma de decisiones, pero el llamado entonces es a capitalizar la fragmentación momentánea del chavismo, que aún no elige a sus candidatos. Fijemos una fecha de corte cercana para establecer de una vez por todas las candidaturas únicas y avanzar a una victoria en las regionales que podría devolver algo de estabilidad a las distintas regiones del país. Demos a los distintos candidatos de oposición suficiente tiempo para estructurar sus propuestas y armar estrategias. Y, de una vez por todas aprendamos las lección del ‘perfeccionismo paralizante’ que hasta ahora lo único que ha permitido es que la conocida estrategia de ‘divide y vencerás’ resulte en nuestra contra.

alex.rosemberg@gmail.com


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