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Rómulo
Germán Gil Rico

Lunes, 24 de marzo de 2008

La trocha violenta elegida por los comunistas y sus adláteres en los años 60 del Siglo XX, dejó espeso saldo de frustraciones y odio. Trasluce en manifestaciones orales o escritas, en fechas conmemorativas donde Betancourt fue factor de primera importancia. Un personaje histórico de su dimensión no requiere de escudero. Nunca lo necesitó. Pero es menester hacer algunas precisiones relacionadas con la batalla política que sostuvo a lo largo de su vida, a modo de enseñanza para jóvenes y recordatorio a los mayores.

Como se ha dicho y confirmado hasta por sus más acerbos detractores, abominó el culto a la personalidad. No lo necesitó y su memoria no precisa de tal degradación humana para permanecer en el más alto sitial del debate ideológico, del quehacer organizativo partidista o del deber de ciudadano gobernante.

De allí que estime desconsiderado, por decir lo menos, señalar como ”jalabolas” a quienes habiéndole detractado sin pedir cuartel hoy, superando magulladuras, hurgando en su voluminoso archivo, meditando en profundidad sobre los hechos desencadenantes de los enfrentamientos y con la honestidad intelectual que mantienen enhiesta, han reconocido sus agónicos desvelos y empeño constructivo de la democracia moderna que le otorga su indiscutible paternidad.

Rómulo, en “Venezuela Política y Petróleo” declara, sin ambages, que el movimiento cívico- militar del 18 de Octubre de 1945 fue un clásico golpe de estado. Lo objetivo es que la acción de gobierno adelantada, enraizó el sistema democrático en el sentimiento colectivo. Y, digo, el golpe se lo buscó el General Medina. Le faltó coraje para presentar un candidato semejante a Diógenes Escalante al sobrevenirle la crisis psicopática. Propuso a su Ministro de Agricultura, siendo la hora de cortar el continuismo. El golpe se hizo indetenible y el derrocamiento de Gallegos, no puede analizarse en dos líneas.

Nadie ignora las dificultades que debió afrontar el “conciudadano”, desde el momento en que la voluntad popular lo ungió con su voto para hacerlo Presidente de la República. Las arcas vaciadas por la voracidad de los personeros de la dictadura, más la irresponsabilidad de una Junta de Gobierno con representación preponderante de .los acreedores, pontenciada con la sangría de un Plan de Emergencia del más acabado corte populista.

Los motines prohijados por el PCV en Caracas no más se conoció el triunfo de Betancourt. Antes del año ya estaban, seducidos y financiados por Fidel Castro, subvirtiendo el orden público, detonando bombas y bloqueando en el parlamento iniciativas gubernamentales destinadas a superar la crisis económico-financiera heredada.

Cogieron el monte y entre ellos todavía se discute quién dio el primer paso. Los parlamentarios de extrema izquierda hacían de tapadera legal de la guerrilla. Un estado demencial que pocos de quienes por esos caminos trotaron han enfrentado con rigor histórico y la descarnada autocrítica.

El dilema era violar la Constitución o dar rienda suelta a la impunidad en desmedro del sistema democrático. Allanó la inmunidad parlamentaria y pagaron justos por pecadores. No todos eran afectos a una guerra sin sentido. Fue un problema político de envergadura, pero lo afrontó con coraje y detuvo la caída económica-financiera y, con ella, la del sistema.

Esos parlamentarios alentaban la guerrilla. Eran sus voceros y panegiristas; mantenían a raya la actividad policial mediante denuncias e interpelaciones; conspiraban con la derecha económica y militar; con desfachatez violentaban el estado de derecho. Los maestros y profesores destituidos, según señalara Alexis Márquez Rodríguez el 11-03-08, de seguro militaban en células organizadoras de base social para los irregulares o, cuando menos, eran “tontos útiles”.

Por último, Betancourt dictó su penúltima cátedra de cívico desprendimiento, cuando se fue al extranjero luego de haber entregado la Presidencia de la República. Lo demás es un rebusque de mala ley.

gergilrico@yahoo.com

 
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