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Como una rata Antonio Sánchez García Miércoles, 17 de diciembre de 2003
Era en los tiempos de mi infancia política: acababa de terminar mis estudios de historia y recorría aterido los pasillos del maravilloso Museo de Pérgamo, en la isla de los museos de Berlín Oriental, el de Schliemann y los grandes arqueólogos alemanes que descubrieran Troya y nos trajeran las maravillas del Tigris y del Eufrates. Allí, asombrado ante esos leones hieráticos de ladrillo esmaltado, cocidos en el horno de la bíblica Ur, la ciudad de los caldeos, me imaginé el poder magnífico de los primeros sacerdotes imperiales de la tierra. Por entonces Sadam ya había asesinado a su primera víctima a mano limpia y aunque esperaba llegar a conquistar el mundo jamás imaginó que terminaría como una rata. Como una rata sarnosa. Piojoso, greñudo, malhumorado, aterido y extraviado. Barbudo, desarrapado y balbuceante. Como un recogelatas o un trapero, como un linyera o un clochard. Así se entregó a sus perseguidores cuarenta años después quien se creyera el nuevo Solimán, Asurbanipal el redivivo , Hammurabi el del código, el más poderoso y sabio de entre los poderosos hombres de la Mesopotamia. Salió de un agujero para entregarse manso como el cordero de los sacrificios sumerios a las tropas norteamericanas que lo buscaban como antaño el Emir a Alí Babá, rey de los ladrones.
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Se creyó uno de ellos, así fuera un campesino piojoso y analfabeta. Pero qué hacerle: el destino es más fuerte que el odio. Y el infeliz que a hierro mata, a hierro muere. Sadam el asesino, el ambicioso, el aspirante a Rey de reyes, terminó donde debía terminar: guarnecido en un hueco propio de canallas y criminales, gritando su nombre para no caer bajo el poder destructivo de granadas y disparos de alto calibre. Y como sucede casi inexorablemente, en el momento más temido mostró su auténtica naturaleza. Tal como todo asesino de masas, de todo dictador, de todo sátrapa: su cobardía sin límites. El mismo que asesinara opositores políticos con sus manos adolescentes y enseñara la infinita crueldad a sus hijos, asomó su desmelenado mascarón a la superficie gritando: no me maten, soy Sadam Hussein. Ese mismo mediodía, milagro del tiempo y las comunicaciones, escuchaba asombrado al aprendiz de sátrapa que nos desgobierna caer seducido ante las palabras de ese otro sátrapa baboso y pútrido del Caribe, Fidel, deciéndole que solía admirarlo vestido en calzoncillos. Pues detrás de todo poderoso late no sólo el cobarde, sino también el ambiguo. Se aman a sí mismos, adoran hacerse construir miles de estatuas y fundan escuelas de auto alabanzas. Hasta que arrastrados por su infinita ambición terminan convertidos en topos de la moral. Que Chávez lo vaya sabiendo. No tiene otra alternativa que un hueco fétido en la tierra pútrida de Barinas, consumido por los piojos y la hediondez. O tuerce su destino mientras cae en cámara lenta la guillotina del Referendum y muestra un poco de grandeza. No hay más alternativa: o se somete al veredicto del único Dios de la política, el pueblo, o seguirá la huella de los Somoza, los Trujillo, Noriega y los Hussein. Ninguno de los cobardes de su entorno, ni Diosdado ni muchísimo menos Rangel, interpondrán sus cuellos a la hojilla, cuando caiga implacable a la hora señalada. Si quiere evitar pasar por la infinita humillación del 11 de abril, que lo viera arrastrado de la sotana de aquellos cuyas veneradas imágenes hoy ordena ultrajar, debiera tener la grandeza de aceptar el veredicto de las urnas. O lo veremos algún día gritando con su voz humillada: no disparen, soy Hugo Chávez. Ya lo veo, abierta su bocaza mientras un oficial de nuestro Estado Mayor le jorunga las caries. Sería hora de ir cerrándola, que en boca cerrada no entran condenas. |
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Francisco Alarcón
Miguel González Marregot
Román José Sandia |
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