La abstención y la democratización del chavismo Carlos Fernández Cuesta
Jueves, 7 de diciembre de 2000
Es obvio por irreal, que un proyecto político que fundamente cambios en la sociedad sobre premisas totalitarias, como sucede en el caso venezolano, vale decir: acaparamiento de las estructuras institucionales del Estado, dirección centralizada y guía personalista, le nazca la iniciativa voluntaria de otorgar concesiones gratuitas para compartir su poder. El llegar a desear la conquista y la realización de esas transformaciones con la concurrencia y cooperación de fuerzas distintas, y hasta abiertamente antagónicas, quebraría la visión medular de la propuesta radical, y sería un desistimiento de sus fines políticos originarios, convirtiendo el ejercicio del poder en otra cosa, más cercana del modelo democrático que la concepción apocalíptica y divergente del autoritarismo.
El chavismo por si solo no va a “regalar” nada, pero soy de los que cree por quimérico que parezca, que la desmesura regresionista que representa, se le puede, se le debe y estamos obligados a forzarlo a ser demócrata. El jugar a una aventura distinta que no sea a su democratización sería una perspectiva insensata que podría traer consecuencias muy graves de gobernabilidad, y a un escenario de intensa violencia que debemos evitar a toda costa.
Sería poco razonable sentenciar que el presidente Chávez con el golpe abstencionista del 3 de diciembre “comenzó su fin”; su ascendencia y arrastre sobre una inmensa mayoría de nuestro pueblo siguen vigentes y las expectativas salvacionistas no están seriamente erosionadas, mucho menos en la proporción que algunos conducidos por un ardor eufórico le atribuyen.
Aunque la derrota electoral es inocultable, Chávez al conjuro de todos los recursos materiales y humanos de que dispone (cadenas, giras, etc.) y de haberle puesto la vehemencia y tenacidad de otras contiendas electorales, hubiera logrado- no derrotar la abstención- pero si motivar tanto su voto duro como una buena parte del enorme universo de sus simpatizantes minimizando finalmente lo ocurrido.
En las circunstancias tan delicadas que nos acechan, el autoengaño es aún más letal que la confusión. Es hora de aceptar a, por parte de los que no soportan la V República, que ella va ha permanecer un buen rato en la dirección del país; la mayoría -y es bueno repetirlo- así lo desea. Lo que cabe es, que su paso le haga a la nación, tanto para lo presente y con mayores razones para lo futuro, el menor daño. Para ello se hace indispensable agotar las instancias que democraticen el chavismo.
No es fácil aceptar, a la vista de tanto atropello y hambre por concentrar el poder, y en vísperas de consumarse en un ardid político y jurídico bochornoso el nombramiento de los miembros del TSJ y los titulares del Poder Ciudadano, el que la V República sea democratizable. No obstante, no nos queda otra alternativa. El fervor ciudadano, la movilización en la calle, la observación de la comunidad internacional, y la cultura democrática de cualitativos y no desdeñables sectores nacionales, están allí para cumplir la tarea. Es indudable la utilidad de estos procedimientos; los ejemplos sobran en el continente y en el resto del mundo para mostrar su efectividad, no hay razón que justifique que estas medidas del combate democrático al aplicarse sean inocuas en Venezuela.
La abstención se presenta como una ocasión propicia para que el régimen relea la apreciación unidimensional que tienen de ver el mundo y su miopía exclusivista del poder. Con jornadas que apunten a derrumbarle su arrogancia, los constreñirá- ¿por qué no? –a que levante su mirada desde el suelo, y se convenza que sin una visión compartida de país, esta nación como ninguna otra en análogas circunstancias se hace posible.