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Opinión y análisis

La semilla del odio
Satiago Ochoa Antinch

 
Lunes, 15 de diciembre de 2003

Me parece insólito que hombres cultos como los primeros ministros de España, Italia o Polonia no hayan tratado de convencer al presidente George W. Bush de lo reñida de su presunción con la realidad. Estos primeros ministros deben recordar bien las historias de sus propios países. Polonia recién se levanta de una ocupación rusa de más de cuarenta años. Antes había sido invadida por Alemania. Esta misma potencia también ocupó militarmente a Italia durante la Segunda Guerra Mundial. Y los españoles no pueden olvidar la sangrienta Guerra de Independencia en los albores del siglo XIX.

Castaños

Para muestra basta un botón, dicen. Voy a transcribir parte de la proclama del general Francisco Castaños, capitán general de la región militar de Extremadura, a los españoles, luego que decidiera alzarse en armas en contra del gobierno español presidido por el general Joaquín Murat, gran duque de Berg, luego de la invasión francesa. Fue el mismo Castaños quien llevó a los ejércitos españoles (en gran parte civiles guerrilleros) a la famosa victoria de Bailén, primera gran derrota de los ejércitos napoleónicos y que marcaría el comienzo del fin.

“La Guerra intimida a los cobardes y exalta el espíritu de los valientes; aleja de sí a los egoístas y atrae a los buenos patriotas. Guerra, pues, os digo castellanos, manchegos y extremeños porque os conozco animosos: guerra y siempre guerra, para que estos ecos ahuyenten de entre nosotros a los egoístas y cobardes.

"No os recordaré ya los ultrajes, las devastaciones, los sacrilegios y la esclavitud que ofrecen nuestros enemigos porque todo lo habéis sufrido: os recuerdo y recomiendo solamente el honor de la Nación, el heroísmo español que encierra en si la defensa de la Religión, de las Leyes; de la Justicia, de la Patria y del Rey; heroísmo que la fama ha celebrado por todo el ámbito del mundo, y que se ha hecho ya inmortal en la memoria de los hombres porque tres años hace estáis sosteniendo una lucha que no se atrevieron á empeñar las Naciones mas poderosas: ya os habéis distinguido entre todas las que han sido combatidas por el enemigo común: ya os habéis hecho superiores á todo ejemplo: ya, en fin, sois el objeto de admiración de todo el universo. ¿Y será posible que en la ocasión mas oportuna y urgente miréis con frialdad esta empresa? ¿Queréis perder en un instante tantos créditos, tanta fama y tanta honra? ¿Podréis desmentir el inimitable carácter español, más constante, sufrido y valiente cuando mas acosado, necesitado y herido? ¿Habrá decaído por caso, vuestro animo?... Pues ¿Qué esperáis?... Pero ¿Qué podéis esperar? Entre la guerra y la esclavitud no hay medio término: bien a vuestra costa lo habéis experimentado. No tenéis que vacilar en la resolución: os propongo las circunstancias de la empresa cuyo éxito depende solo de vuestra voluntad.

"La nación española no puede acabarse y se han de acabar los franceses algún día porque éstos son transeúntes y aquella tiene raíces inarrancables. Mas de 600 mil hombres ha enviado Napoleón a la guerra de España en el espacio de tres años y apenas queda una tercera parte: ninguno quedaría ya si de una vez hubiésemos hecho los esfuerzos que podemos. Y ¿Creéis que Napoleón enviará otros 600 mil hombres? ¿Que aun cuando pudiera, vendrían ellos al ver en España la sepultura de sus camaradas aún abierta?

"Los sacrificios hechos en estos tres años han sido muchos y extraordinarios, pero lenta y sucesivamente, como para salir del día: muchos menos hubieran bastado si se hubiesen verificado de una vez, en un solo día, en un instante.

"Ea, pues, Españoles: un esfuerzo es lo que importa pero que éste sea como la erupción de un volcán, como una explosión de pólvora: de este modo se ahorran muchos sacrificios, muchas vidas y muchos males prolijos: la libertad de la Patria y nuestra libertad individual se halla muy lejos de la lentitud y apatía; pero está inmediata, está íntimamente unida á la energía al valor y á la diligente resolución: la guerra concluye en el momento que los españoles tomen esta resolución; pero la guerra no acabara, seguirá la esclavitud y la deshonra si los españoles duermen.

"Estas verdades son bien claras y están al alcance de todos: no podéis dudarlo. Españoles: El 5º Ejército os espera y vuestra reunión á él, vuestros auxilios para abastecerle lo mejor que se pueda excitarán el estimulo de imitación en las demás Provincias. Yo proclamaré vuestro heroísmo en todas: seréis los primeros que fijen el termino de la guerra y aseguren la libertad de la Nación: todos seguirán vuestro ejemplo: vuestra será la gloria de esta empresa y en breves días no quedaran franceses vivos en España: entonces los buscaremos al otro lado de los Pirineos y cobraremos en sus Pueblos los tesoros que nos han robado llevando á sus hogares por justa complacencia el furor, la devastación, el odio y la venganza. Castaños.” ¿El Rey o el Reino?

En sus “Episodios Nacionales”, Benito Pérez Galdós emite el siguiente juicio por boca de uno de sus personajes:

“Lo que pasa en España ¿qué es? Es que el Reino ha tenido voluntad de hacer una cosa y la está haciendo, contra el parecer del Rey y del Emperador. Hace tres meses había en Aranjuez un mal ministro, sostenido por un rey bobo, y Vds. dijeron: «No queremos ese ministro ni ese Rey», y Godoy se fue y Carlos abdicó. Después, Fernando VII puso sus tropas en manos de Napoleón, y las autoridades todas, así como los generales y los jefes de la guarnición, recibieron orden de doblar la cabeza ante Joaquín Murat; pero los madrileños dijeron: «No nos da la gana de obedecer al Rey ni a los Infantes ni al Consejo ni a la Junta ni a Murat», y acuchillaron a los franceses en el parque y en las calles. ¿Qué pasa después? El nuevo y el viejo Rey van a Bayona, donde les aguarda el tirano del mundo. Fernando le dice: «La corona de España me pertenece a mí; pero yo se la regalo a Vd., Sr. Bonaparte». Y Carlos dice: «La coronita no es de mi hijo, sino mía; pero para acabar disputas, yo se la regalo a Vd., señor Napoleón, porque aquello está muy revuelto y usted sólo lo podrá arreglar». Y Napoleón coge la corona y se la da a su hermano, mientras volviéndose a Vds. les dice: Españoles, conozco vuestros males y voy a remediarlos. Pero Vds. se encabritan con aquello, y contestan: «No, camarada, aquí no entra Vd. Si tenemos sarna, nosotros nos la rascaremos: no reconocemos más Rey que a Fernando VII». Fernando VII se dirige entonces a los españoles, y les dice que obedezcan a Napoleón; pero entretanto, muchachos, un señor que se titula alcalde de un pueblo de doscientos vecinos, escribe un papelucho, diciendo que se armen todos contra los franceses: este papelucho va de pueblo en pueblo, y como si fuera una mecha que prende fuego a varias minas esparcidas aquí y allí, a su paso se va levantando la Nación desde Madrid hasta Cádiz. Por el Norte pasa lo propio, y los pueblos grandes lo mismo que los pequeños forman sus Juntas, que dicen: «No, si aquí no manda nadie más que nosotros. Si no reconocemos las abdicaciones, ni admitiremos de Rey a ese D. José, ni nos da la gana de obedecer al Emperador, porque los españoles mandamos en nuestra casa, y si los reyes se han hecho para gobernarnos, a nosotros no nos han parido nuestras madres para que ellos nos lleven y nos traigan como si fuéramos manadas de carneros...». ¿Están Vds.? ¿Lo comprenden Vds.? Pues esto ni más ni menos es lo que está pasando aquí. Y ahora contéstenme los alcornoques que me oyen: ¿Quién manda, quién dispone las cosas, quién hace y deshace, el Rey o el Reino?”

A mis lectores deseo unas muy felices navidades y un 2004 pleno de éxitos y de paz.

sochoantich@cantv.net

 

 

 
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