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Sección: Política
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La abstención, esa desconocida
Fausto Masó
Domingo, 5 de septiembre de 2010
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Los electores del PSUV no creen que el 26 de septiembre se decidirá el destino de Chávez, recuerdan que con poderes extraordinarios impuso leyes, sin la aprobación de la Asamblea viaja a Cuba, concede créditos, destituye, amenaza.
Les cansa el cuento de que llega el lobo: ¡Vienen por mí! A su favor, Chávez cuenta con abundancia de recursos y una maquinaria perfecta: el Estado.
Parte de los venezolanos, ¿30%?, no vota nunca. Desmesuradamente creció el registro electoral por la Misión Identidad y eso explica el aumento de inscritos. Pero todavía millares de cédulas de identidad y de pasaportes se quedan sin recoger, abandonadas.
Empleados públicos y marxistas de verdad votarán irremediablemente; en la oposición hay también un voto duro.
El antiguo abstencionista interpreta el 26 de septiembre como la última oportunidad de impedir el comunismo.
Por la calle detienen a los periodistas para escuchar un pronóstico sobre las elecciones. Insoportable.
Ganará, pues, el que disminuya más la abstención de sus seguidores, sobre esto las encuestas poco dicen: nadie confiesa en público ser un mal ciudadano.
Al inventar la cédula del buen vivir Chávez está incitando al consumo irresponsable, no al racionamiento.
Gaste ahora y ¿pague después?, o no pague nunca. Los aumentos de sueldos han sido inferiores a la inflación, lo contrario de lo ocurrido en los primeros años del reino de Chávez. Esta tarjeta no parece ser financieramente un negocio recomendable, a pesar de que los microcréditos hayan sido bien manejados en Bangladesh y en Venezuela.
A la gente no le alcanzan los ingresos para los tres famosos golpes. Las empresas estatizadas no decretarán aumentos de sueldos, los trabajadores de la CVG de manos cruzadas no les alcanza su salario, en Venalum hubo un conato de huelga.
El cielo encapotado anuncia tempestad.
El Gobierno ha lanzado una campaña por el canal 8 para convencer a los jóvenes chavistas que no se vayan a la playa, una cuña en la que un par de adolescentes juega baloncesto en una cancha construida con los recursos que le dieron a una comunidad y uno de ellos expresa lo que siente la mayoría, ¿para qué votar? El malestar de los más pobres revienta en Higuerote y en Los Teques con motivo de crímenes horrendos. Todo ese deterioro continuará independiente de lo que ocurra el 26 de septiembre.
Por ahora Chávez amenaza al rector Díaz, a la Iglesia, al país: supone que meter miedo le resulta provechoso y quizá tenga razón. Hasta un día, claro.
Habría que desentenderse de lo que diga Chávez. Hasta ahora impuso la agenda pública con la excepción del tema de los contenedores, los apagones, la delincuencia. La agenda debe ser del público, de la gente, no reducirse a un comentario sobre la última declaración del Presidente de la República.
Como siempre hay dos tesis en la oposición. Una recomienda no atacar a Chávez, otra dice lo contrario. Unos quieren ser constructivos, presentar propuestas, otros, en cambio, sacan las consecuencias de la amenaza del comunismo. En cualquier caso, frente a una situación dramática como la de Venezuela un discurso para ser creíble necesita arrechera: a pesar de las recomendaciones de los expertos en mercadeo político, un poco de indignación ayudaría mucho a la oposición. Chávez no la emprende contra los imaginarios ricachos con un lenguaje lleno de dulzura.
Por último, como quiera que sea, hay que votar.
maso1951@cantv.net
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