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Opinión y análisis

La maldición autoritaria
Antonio Sánchez García

 
Viernes, 12 de diciembre de 2003

¡Los demagogos! Os gritan esos sangre de rana que pasan hollando con su pata hinchada vuestra libertad y vuestra vida en un cortejo de leprosos, tras un ídolo cualquiera – ayer Castro, hoy Gómez, mañana X – como esas peregrinaciones asiáticas siguiendo días y días la terquedad calenturienta de un santón a medio podrir”.
José Rafael Pocaterra
Memorias de un Venezolano de la Decadencia

Era la Venezuela de la Rotunda, de los grilletes de cuarenta y cinco libras que cargaban pareados los luchadores por la libertad que se pudrían a la sombra insalubre, el calor y la humedad desquiciantes y la pestilencia repulsiva de las celdas abovedadas del Castillo de San Carlos. Era en aquella Venezuela analfabeta coronada por la Caracas de los techos rojos, que Mariano Picón Salas y Augusto Mijares describieran atormentados por el dolor y la pesadumbre como una sociedad narcotizada por la catalepsia política. Dramáticamente dividida entre los corruptos del entorno que se enriquecían lamiéndole las pequeñas y saltarinas botas al simiesco y lúbrico Cipriano Castro, o guardándole un respeto sacrosanto al santón vestido de dril blanco, botas de montar y guantes de seda que además de humillarlos los hartara de riquezas. El mismo dictador que visitantes venidos de fuera consideraran más peligroso y siniestro que el demonio o una tigra parida. A los que se enfrentaran los pocos, mejores y más honorables espíritus de quienes no cedieron una gota de su decencia en la denodada y a veces silenciosa lucha por la democracia, la justicia, la paz. Pudriéndose y carcomiéndose en las mazmorras. Pues nuestro pasado exhibe un inmenso baldón de vergüenza, y también resplandores libertarios de incorruptibles e indoblegables luchadores por la justicia. Entre ellos el propio José Rafael Pocaterra, cuya obra, como El Cabito, de Pío Gil, debieran ser obligatoria lectura de cabecera de los demócratas venezolanos. Sobre todo de los jóvenes, nuestros hijos y nietos, que ni siquiera intuyen cuán profundamente asentado en los genes de nuestra nacionalidad está la espantosa enfermedad de la autocracia, el despotismo y la corrupción, aspectos diversos de un mismo mal.

Ni siquiera podía soñar Pocaterra en aquellos años que ya pronto sumarán un siglo, que a Castro y Gómez sucederían no sólo uno, sino varios Señores X. Y que esos Señores X saldrían de las filas de nuestras fuerzas armadas. Santones podridos o a medio podrir como el coronel Marcos Pérez Jiménez. Ni mucho menos que luego de prolongados, muy plausibles y lúcidos esfuerzos por sanar de la maldita enfermedad del autoritarismo, serían los propios venezolanos quienes cansados de cargar sobre sus hombros con el duro y extenuante peso de la ciudadanía, buscarían delegar la responsabilidad por la conducción de los asuntos públicos en “un hombre fuerte”, el mascarón de proa que el tercer milenio le brindara a un Santón de la podredumbre como el teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías. Por irritables que hayan sido las palabras de Mario Vargas Llosa, expresan una verdad irrefutable: fueron los propios venezolanos quienes cometieron la inmensa irresponsabilidad de elegir a un autócrata para que les resolviera problemas que sólo debían y podrán resolver ellos mismos. Por ello, a casi un siglo de distancia, releemos las Memorias de un Venezolano de la Decadencia con profunda aflicción y no poca vergüenza moral. La liviandad, la ignorancia y la carencia de hondura y profundidad intelectual nos convirtieron en fácil presa de un Santón vengativo a quien siguiéramos durante estos últimos años como un cortejo de leprosos. ¿Habremos extirpado entre tanto de nuestra carga genética la maldición autoritaria? ¿Estamos libres de revivir traumas dictatoriales, blindados frente al peligro de caer víctimas de un Gómez del tercer milenio? ¿Puede un pueblo saltar de un autócrata a un demócrata sin un previo ejercicio de constricción y autocrítica? ¿Podremos jurar que no caeremos nunca jamás en las garras de los santones podridos que quizás nos depare el futuro?

Si plantearse esas preguntas tiene alguna pertinencia, nunca tanto como ahora. Precisamente ahora, cuando al salir de Chávez le daremos una lección de democracia a un país –el nuestro- y a un continente que se desgarra ensangrentado entre las manos de la podredumbre santera y autocrática de los Evo Morales y los Felipe Quispe. Sin mencionar a Castro el santero mayor, sólo comparable a Gómez, aunque pueda que termine reinando el doble de tiempo del que ocupara el capataz venezolano. Ya batió el record de todos los dictadores latinoamericanos. Va tras la conquista del record mundial. Lo alcanzará, si la salud no le juega una mala pasada. Para vergüenza de los cubanos.

Todas esas preguntas, que se resumen en la necesidad de enfrentar con urgencia la grave encrucijada entre dictadura y democracia, entre regresión y progreso, entre pasado y futuro han lastrado y entrabado todo nuestro desarrollo político, todos nuestros esfuerzos culturales. En Venezuela han constituido polos alternativos que nos han llevado a pendular cíclicamente entre el esfuerzo hacia el futuro y el anclaje en las más tenebrosas tinieblas del pasado. Entre la necesidad de apostar a la razón o continuar prisioneros de la devoción, nos hemos inclinado casi sin excepción por la irracionalidad de las ilusiones y las utopías. De allí que la comparación que establece Pocaterra entre nuestras masas desarrapadas tras los Castro, los Gómez, y sus posibles epígonos con los leprosos que siguen en cortejo a los Santones a medio podrir de las tradiciones hindúes encierre una muy dolorosa verdad. En América Latina y a pesar de los pesares, la política no termina por deslastrarse del peso de la religiosidad y las adhesiones de las masas depauperadas con los líderes carismáticos tiene más de veneración irracional y religiosa que de contrato social basado en la racionalidad y la inteligencia. Fidel Castro, el Ché Guevara y ahora Chávez y quienes le siguen constituyen el nuevo santoral de una religiosidad siniestra.

Aunque suene abstracto y lejano a nuestras pulsiones y deseos políticos inmediatos, la verdad es que volvemos a vivir hoy la necesidad de resolver el nudo gordiano del camino a seguir. De allí la inmensa significación y el tremendo simbolismo del Reafirmazo. El liderazgo venezolano ha recibido 3.602.051 contratos de adhesión, racionalmente decididos y reflexivamente ejecutados, asumidos por los firmantes como un mandato irrenunciable dado por la mejor civilidad del país para ponerle fin a una de las alternativas, a uno de los polos, a una de las más profundas tendencias de nuestra historia: el de la regresión, la irracionalidad, la fanática sumisión a un caudillo, la renuncia voluntaria a nuestra propia responsabilidad civil. Y la exigencia no sólo a ponerle fin a un régimen que, como ninguno otro de nuestra historia, representa lo peor, lo más irracional y regresivo de nuestra desgraciada tradición caudillesca, sino a dar inicio a una nueva etapa civilizadora de nuestra historia: a iniciar la construcción de una Venezuela racional, sensata, progresista, civilizada y culta.

No se trata, pues, simplemente de salir de Chávez: se trata de enterrar – y ojalá para siempre – lo más oscuro, tenebroso y delirante de nuestra idiosincrasia. Se trata de apostar a la razón y no a la devoción. De jugarnos nuestro destino por el futuro, por la civilidad, por el progreso. Y no por el autoritarismo, el militarismo, el populismo, el estatismo y la sinrazón.

Las cartas están echadas: mientras más conscientes, más racionales, más sensatas y desmitificadas sean nuestras opciones, mayor el acierto, mejor el logro, más seguro el futuro. Estamos en medio del torbellino y el mundo asiste expectante a la resolución de nuestra crisis. ¿Acertaremos? ¿Inclinaremos la balanza del futuro del lado de la razón?

La historia nos ha dado el privilegio de vivir una segunda emancipación. No tenemos derecho a errar.

çLa disyuntiva de tener que elegir entre el pasado o el futuro nos fue planteada por la historia hace ya más de una década. El primer intento serio por responderle apuntando al futuro surgió, de manera balbuceante y tímida, bajo el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez. Y los resultados iniciales no pudieron ser más auspiciosos. Gracias a la política de descentralización, al inicio de una privatización controlada, y a una sana sinceración de nuestra economía el país exhibió el más alto índice de crecimiento de su PIB en el mundo, el desempleo descendió a límites perfectamente tolerables y las inversiones comenzaron a afluir de manera notable. Pero el pasado, lo más retrógrado de nuestra tradición, no pudo soportarlo: Chávez y sus cuatro comandantes primero – ignorantes, necios y ambiciosos todos, sin excepción -, la clase política más rancia y reaccionaria luego – a la cabeza de la cual los notables y no pocos juristas, filósofos y comunicadores que servirían de avanzada de este sórdido presente, así algunos de ellos arrastren su corrosivo arrepentimiento – y el adalid del conservadurismo venezolano, Rafael Caldera, después, provocaron esta reacción que nos ha empujado al más grave abismo de nuestro contemporaneidad.

Mientras la Venezuela de la reacción se oponía a la modernidad y preparaba las condiciones para el advenimiento del chavismo y el retorno a la miseria, Chile salía de Pinochet y apostaba a la modernización de su estructura socio-económica y política, a la inserción en la economía global, a la competitividad en los mercados mundiales. Nosotros hemos descendido a nuestros actuales abismos de miseria, mientras Chile se convierte en la primera nación latinoamericana en ingresar con todo derecho al concierto de las naciones más desarrolladas del mundo. No es casual el odio de Chávez a Lagos y la inquina de su política exterior contra la del Chile de la modernidad. Se trata de dos proyectos absolutamente contradictorios y opuestos. La grave derrota de Sánchez de Lozada anticipa – como el golpe del 4 de Febrero y el posterior triunfo de Rafael Caldera anticiparon este horror vivo – la toma del Poder por cocaleros e indigenistas. Con Kirchner aún nada está escrito y pueda que termine desbarrancándose por los abismos del populismo chaveciano. Tampoco todo está claro en Brasilia. Pues la lucha entre modernidad y reacción, entre pasado y futuro toca a lo más profundo de las determinaciones históricas de nuestro continente. Y para enfrentársele exitosamente se requiere de la voluntariosa decisión de romper con todos los prejuicios sociales, políticos y económicos del pasado.

Debe Venezuela tener conciencia de esta encrucijada fundamental para el destino del continente. Revocado Chávez iniciamos la revocación de una tradición perversa y se sientan las bases para continuar la senda iniciada por el Chile democrático. Vivimos una renovada lucha emancipatoria. Como hace casi dos siglos, deberemos volver a poner nuestras vidas al servicio de la nueva independencia.

Que la razón nos acompañe.

sanchez2000@cantv.net

 

 

 
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