Cuando yo era un niño, mi padre me decía “nunca dejes de querer a Venezuela”, en la mente de un infante ese concepto era difícil de computar, uno aprendía a querer a sus padres, hermanos, familia, amigos, la naturaleza, los animales, pero ¿cómo es eso de querer a todo un país? Con el tiempo lo entendí, les explico: Esta semana se celebraron 54 años del final del Holocausto donde más de seis millones de judíos, todos civiles no combatientes, entre ellos un millón y medio de niños, fueron asesinados a manos de la “raza superior”, y esto ocurrió ante la indiferencia del mundo entero.
Para comprobar que a los judíos no los quería nadie, Hitler envío varios barcos llenos de refugiados a diferentes partes del mundo y tal como lo había supuesto su maquiavélica mente, estos vapores vagaron durante varios meses por varios océanos y en todos los países la respuesta fue la misma. Al final se devolvieron y sus ocupantes en su mayoría fueron a los campos de concentración y por ende a las cámaras de gas y a los hornos crematorios. Un caso típico fue la embarcación “Saint Louis”, que con cerca de mil desesperados a bordo, estuvo más de una semana frente a las costas de los Estados Unidos y tuvo que regresarse a Europa.
Sin embargo, dentro de esta desidia a nivel planetario hubo una excepción, y aunque ustedes queridos lectores no lo crean, fue Venezuela, sí, enteraos que cuando uno de esos barcos, el “Konigstein”, cargado con su lastimosa remesa de judíos llegó a las costas de la patria de Bolívar y por enésima vez el capitán pidió asilo para sus pasajeros. El para entonces Presidente, general Eleazar López Contreras, luego de solicitar opinión a diferentes sectores del país, incluyendo los nacientes partidos políticos y la Iglesia Católica, obtiene una respuesta positiva, permitiendo el desembarco y otorgando asilo a los refugiados.
Hace sesenta años, esta hermosa tierra dio un ejemplo al mundo entero: Que no es necesario ser poderoso para ser generoso, que lo importante es no perder el sentido de humanidad y que la dignidad no tiene raza o religión. Pero como si no fuese suficiente, la historia se repetirá meses más tarde con el vapor “Caribia”, en Puerto cabello, donde toda la ciudad se movilizó para las labores de atraque y los refugiados fueron cobijados en las casas de los pobladores. Con razón nuestro himno comienza por “Gloria al Bravo Pueblo”.
Yo creo que aquel mensaje que Venezuela envió en los albores de la segunda guerra mundial lo escuchó muy poca gente y, ciertamente, no lo recibieron los grandes contendores. Prueba de ello es que luego de comenzada la “solución final” y siendo ésta de conocimiento general, organizaciones de Derechos Humanos solicitaron a los aliados bombardear los rieles que conducían a los campos de concentración y así evitar que los trenes siguieran traficando con su infame propósito. La respuesta fue, que no era posible desviar esfuerzos bélicos para tal fin o que esos rieles serían necesarios para las venideras batallas. ¿Lindo, verdad? Se enviaban mil bombarderos a llover plomo sobre ciudades llenas de civiles, pero no se podía bombardear los rieles de la muerte.
Por lo antes expuesto, es que el ejemplo venezolano se agiganta con el paso del tiempo. ¡Ahora entienden porque mi padre me decía que tenía que querer a este país que me vio nacer! Por eso fue para mí una gran sorpresa, cuando apareció en el país fungiendo por su propio designio como asesor de Chávez un tal Ceresole, practicante de una de las disciplinas más despreciables del género humano: El revisionismo histórico neo-nazi que niega la ocurrencia del Holocausto, cuando en verdad, la información sobre la magnitud de los hechos la proveyeron los propios alemanes al llevar records exactos de todas sus actividades.
En descargo del presidente Chávez, debo decir que estuve presente cuando en una ocasión se le preguntó sobre su relación con Ceresole y respondió que en efecto lo conocía, que éste lo había asesorado sobre ordenamiento territorial, pero que ignoraba de sus actividades antisemitas.
“No hay libertad legítima, sino cuando ésta se dirige a honrar la humanidad y a perfeccionarle su suerte. Todo lo demás es pura ilusión, y quizás de una ilusión perniciosa” (Simón Bolívar, 1820) ¡Será!