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Política - Opinión y análisis
Por qué marchamos

Milagros Socorro

Sábado, 26 de enero de 2002

Proyecto - Sin título

El recogelatas que andaba el viernes en la mañana por el bulevar de El Cafetal daba la impresión de estar amanecido: tenía dificultades para mantenerse de pie en el borde del pote de basura y, a la vez, hablarle a los viandantes, casi todos vecinos que recorren esa vereda en sus ejercicios matutinos. “Dame algo para comer, mi reina”, dijo cuando notó mi proximidad; y pude ver la anchura de las pausas entre sus dientes. Un poco más allá, recortada su silueta contra la luz del amanecer, estaba su mujer, que llevaba una sucia casaca larga, como la del Principito; obviamente, una chiva, obtenida quizá de la misma fuente de donde ayer hurgaba el desayuno. Los dos parecían vestidos por un torvo sastre que extrajera su mercancía de un estercolero. Con una excepción: el recogelatas llevaba una flamante boina roja que resplandecía bajo el sol como una fresa en una hielera. Aun en su depauperación este mendigo tambaleante tiene dos tesoros: una mujer que lo acompaña en las malas y en las malas; y el derecho a manifestar su ideología, su posición política, a través de una corola de fieltro.

Por eso marchamos el miércoles pasado. Para defender el derecho de todos a pensar y decir lo que nos parezca. Y, como para tener un derecho cabal a expresar el pensamiento, es condición obligada tenerlo antes —lo que implica unas condiciones sociales y económicas que así lo garanticen—, algunos de los que nos concentramos en la plaza Morelos para caminar hasta la O’Leary lo hicimos para proclamar que queremos un cambio, un cambio verdadero, no uno hacia atrás ni hacia los desmanes que ya permitimos, sino un auténtico viraje que suprima del paisaje a los mendigos y permita la coexistencia de las boinas rojas, verdes, amarillas...

Por eso, mientras marchábamos, sentí tantos deseos de aplaudir a aquella anciana de la avenida Lecuna, la que estaba asomada en un piso ocho o diez (unos cuatro más abajo de donde ponía “Academia de Canto”), hierática, junto a una gran alfombra roja que había colgado del balcón y vibraba en la fachada como un pétalo en un delantal. Esa mujer se mantuvo allí, muy tiesa, durante las casi tres horas que duró el desfile, entera y decidida, detrás de su tendido taurino, ideológico, chavista, auténtico, valiente... y no se movió de allí ni siquiera cuando algunos de los que “manifestaban por la democracia” la pitaron, la abuchearon y le pintaron palomas. Allá arriba la mujer se mantenía inmóvil, contemplando el horizonte, detrás del paño escarlata y acá abajo, en la calle, unos cuantos patanes miraban hacia arriba y hacían gestos amenazantes.

No sé para qué marchaban los que hicieron esto. Yo sé que yo clavaba mis pasos en la tierra para que esa señora pueda siempre echar su manto rojo al patio venezolano, para que defienda sus creencias y que lo haga, incluso, sobre todo, cuando es minoría ínfima, como lo era aquel día, en aquel lugar. Por esa compatriota politizada, digna, irreductible en sus convicciones, más democrática en su estolidez que todos los demás con sus consignas, marché ayer. Y escribo hoy.

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