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La prole de Puntofijo Ver Pacto de Punto Fijo Fernando Luis Egaña Martes, 25 de diciembre de 2001 Cuando Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Rafael Caldera firmaron el célebre Pacto de Puntofijo, el 31 de octubre de 1958 en la residencia del jefe social cristiano en Sabanagrande, el ahora presidente Chávez no llegaba a los seis años de edad. Quizás el ex-ministro Miguel Rodríguez estaba en segundo o tercer grado, al igual que el ex presidente de la Cámara de Diputados, Ramón Guillermo Aveledo. Otro tanto el líder masista Carlos Tablante y el causaerrista Andrés Velásquez. A la querida Liliana Hernández, al gobernador Salas-Feo o a mí, todavía nos faltaban dos o tres años para nacer. Poco más de cuatro décadas después, y a pesar de lo que Argelia Ríos llama el trienio patriótico (1999-2001), el país ha logrado preservar la conquista más importante que Puntofijo hizo posible: la formación de la cultura democrática en la sociedad venezolana. Esa misma cultura del diálogo que ha estimulado diez cambios de gobierno de manera pacífica y electoral, el surgimiento de la opinión pública más libérrima de la región, la organización de una vigorosa sociedad civil más allá de las instituciones oficiales y, a pesar de todos los pesares, el auge de la vocación libertaria del pueblo soberano. Como nos suele ocurrir con cierta frecuencia en tantos temas, tuvo que ser un amigo extranjero quien nos recordara la significación histórica del Pacto de Puntofijo no sólo para Venezuela sino para toda América Latina. El presidente del Perú, Alejandro Toledo, en la recién celebrada XI Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de gobierno, afirmó en su discurso inaugural que el Pacto de Puntofijo continúa siendo un ejemplo de acuerdo nacional para la gobernabilidad democrática. Además de la experiencia venezolana del 58, el presidente Toledo también exaltó las virtudes de la Concertación por la democracia en Chile y del Pacto de La Moncloa en España. Tres modelos de transición consensual entre regímenes autoritarios y un sistema de gobierno civil y pluralista. A contravía del discurso oficialista actual, el historiador Elías Pino Iturrieta considera que Puntofijo es un tesoro de civilidad para la Venezuela del siglo XX. Luego de 128 años de vida republicana, en los que sólo en nueve hubo mandatarios no militares, la institucionalidad nacida a partir de 1958 permitió sustentar el viejo anhelo de que fuera el debate político y social, y no el pronunciamiento castrense, lo que decidiera el curso del país. El balance del Pacto de Puntofijo está por esclarecerse. Por lo pronto, un tema en sí es el consenso político propiamente dicho del acuerdo partidista y su valor fundacional para la democracia venezolana, y otro distinto es la trayectoria a largo plazo de la misma, en especial después de los primeros tres quinquenios. Ni el vituperio apocalíptico de la nomenklatura chavista, ni la nostalgia acrítica de otros sectores, contribuye a separar la paja del trigo para que las nuevas generaciones disciernan sobre el extraordinario aporte del Pacto, así como también sobre las fortalezas y desaciertos de la única etapa democrática en casi dos siglos de historia independiente. Hoy por hoy, la gran mayoría de los venezolanos formamos parte, querámoslo o no, de la prole de Puntofijo. Comenzando por Chávez, quien no debe su presidencia a las balas sino a los votos. Ahora que la cultura democrática de la sociedad se encuentra en estado de amenaza por el afán hegemónico de la supuesta revolución, se hace necesario reivindicar el espíritu de entendimiento que hace 43 años le dio origen al proceso democrático. La prole está madura para entender que los errores del pasado no deben impedir que se avanzan sus aciertos, en el futuro. E-mail: flegana@telcel.net.ve
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