El humanismo como eje de la política Reinaldo Ramírez Méndez
Martes, 14 de diciembre de 2004
La experiencia nos enseña que el ejercicio y finalidad de la acción política, en no pocas ocasiones, ha tropezado con un sinnúmero de circunstancias anómalas, dificultades y complicaciones que, de un modo u otro, han conspirado para desviar su sentido y objetivos esenciales. Por ello, algunos equivocadamente se refieren a la política en sentido peyorativo y la catalogan como algo dañino e incluso denigran de ella y la califican como instrumento atentatorio para el normal desenvolvimiento del quehacer humano en su integridad. No es en la razón de ser de la política -en sí- de donde puede colegirse esa falseada valoración y anomalías anotadas para el hecho político, es en la aviesa o ajena posición al interés solidario asumida a veces por ciertos dirigentes políticos (quienes actúan movidos por tendencias contrarias al espíritu humanista), donde se ubica el elemento generatriz de las desviaciones o maniobras de la política, circunstancias que provocan, por consiguiente, signos de deterioro, rémoras o estancamiento en el sendero del hombre en pro de nuevas y mejores formas de existencia.
La posición contraria al ideal paradigmático de la política como ciencia y arte de la suprema dirección social, desde tiempos muy antiguos siempre ha constituido factor de luchas, polémicas y combates, precisamente entre quienes por un lado propugnan el avance, progreso y perfectibilidad de la sociedad y los que, desde otra vertiente, tienen por norte de su actuar y ambiciones el uso del poder como medio de sometimiento del hombre para satisfacer fines egoístas, exclusivistas, sectarios o ajenos a la virtud en su más amplia acepción ética. Ahí está la historia: numerosos han sido los casos de enfrentamiento entre quienes sostienen la superioridad de la fuerza de la razón frente a los cultores de la razón de la fuerza. La autocracia, la tiranía, el totalitarismo de todas las facturas y etiquetas son algunos de los ejemplos más conspicuos de la tergiversación del genuino fin de la política. A lo largo de la historia no ha faltado la presencia de los “salvadores del mundo” quienes se han hecho del poder (unas veces por la violencia y la fuerza bruta y otras manipulando los mecanismos que la propia democracia les provee), sólo con el objetivo de concentrarlo en sus manos, con carácter excluyente y sectario, blandiendo consignas que –en no pocas oportunidades- “endulzan” los oídos del pueblo, sobre todo en sus capas más desfavorecidas, presentándose como “justicieros...vestidos con piel de oveja”, mas por dentro esconden su afán de dominación. Ahí están, valgan los ejemplos, Hitler, Mussolini, Stalin y sus seguidores e imitadores de nuevo cuño.
En las actuales circunstancias que caracterizan el desarrollo histórico (como un aspecto de observación que concierne a la visión contemporánea del mundo), es imperativo retomar algunos puntos de análisis valorativo con el propósito de renovar las propuestas que hacen énfasis en el carácter humanista que debe caracterizar la praxis política.
Ahora más que nunca, pensamos, el humanismo debe entenderse como el elemento fundamental en el proceso orientador de la acción del hombre encaminada a la ordenación de la vida cívica y, por consiguiente, hacia su progreso integral. También, en este aspecto, el humanismo es entendido como una actitud vital basada en una concepción integradora de los valores humanos; son éstos –y no cualesquiera otra motivación o interés- la razón de ser de la política como instrumento para la consecución de la Justicia Social y el Bien Común, como fines esenciales del Derecho y el Estado.
Frente a la posición a favor del humanismo como eje central de la acción política, se nos presentan los panegíricos de las llamadas ideologías únicas que, al ser concebidas con esa proyección (exclusivista y proclive a la autocracia y el sectarismo), no han tenido otro rumbo sino el fracaso. Ahora bien, nos preguntamos: ¿es que el convulsionado mundo que nos ha tocado vivir no requiere de una actitud más firme y decidida en la que el humanismo sea el norte de todo plan o acción de índole política…? Y, complementariamente: ¿Han desaparecido los peligros que atentan contra la democracia y la libertad, en todos los sentidos…? ¿Acaso el fascismo y demás expresiones de la autocracia y el totalitarismo ya no son un peligro para nuestro país y la humanidad…?
La humanidad, en general, no se ha deslastrado de esas tendencias (algunas con matices ideológicos) que conspiran contra la democracia y la libertad en sus más dignas expresiones; incluso no falta quien argumente que el fascismo ha reaparecido con un nuevo rostro, en el que el bigotillo de Hitler ha crecido con la frondosidad del mostacho de Stalin. El mundo asiste asombrado ante el acoso del terrorismo internacional que, bajo el amparo de consignas de “redención social” asume posiciones política, algunas auspiciadas por centros de poder incluso de índole económica. De otra parte, el afán de lucro, como vía expeditiva de ciertas formas y estructuras de dominación, aún no cesan de ignorar los planteamientos en pos de una sociedad más justa y solidaria. Tanto una como otra actitud constituyen ejemplos de los principales factores que atentan contra el destino superior del género humano. Para tales actitudes autocráticas, despóticas y totalitarias, tanto el uso de la fuerza bruta como la burla al ideal democrático y la manipulación de la ley (junto con los recursos del populismo salvaje), son los expedientes más socorridos en ese empeño para concentrar el poder político en una sola mano o sector político exclusivista y excluyente; y –por lo mismo- sectario y antidemocrático.
La realidad que se nos presenta en ese escenario político no depara nada positivo para el futuro de los pueblos. Urge entonces, repensar las acciones en pos de una lucha política orientada hacia la eliminación de esas trabas que, dadas sus características retrógradas, sólo conducen hacia la parálisis social, el atraso, la miseria, la incultura y en pos de una eterna situación de subdesarrollo político y económico. Esa realidad nos plantea nuevos desafíos de enorme magnitud. Si, ante el acoso totalitario, nos cruzamos de brazos y asumimos una actitud conformista y resignada, habrá desaparecido –por mucho tiempo- la esperanza de todo un pueblo para forjar su destino en un clima de auténtica libertad; y éste no se logra sino mediante la concepción del humanismo como factor esencial de la acción política.