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Traición o deslinde
Inés Quintero

Miércoles, 28 de junio de 2000

José Antonio Páez tiene en su haber la mácula indeleble de haber traicionado al Libertador. Sus proezas militares, su condición de prócer de la Independencia, sus logros al frente de la República, sus combates contra los militaristas no tienen suficiente peso. Tampoco su ingreso al Panteón Nacional ni la hagiografía conmemorativa del bicentenario han logrado disipar este pecado original. Cada vez que se quiere hacer referencia a algún traidor se recurre al pobre Páez.

¿Qué fue lo que hizo Páez para merecer este castigo? Nada más y nada menos que deslindar posiciones frente al Libertador. No seguir ciegamente sus designios, ofrecer resistencia frente a lo que consideraba improcedente, oponerse a los excesos, imposiciones y extravíos y tomar la iniciativa de actuar con el fin de torcer el rumbo de los acontecimientos en una dirección diferente.

Eso fue lo que ocurrió en 1826 en el satanizado episodio de La Cosiata y lo que se refrendó en 1830 cuando se creó la República de Venezuela.

El culto bolivariano, en su empeño de presentarnos la historia en blanco y negro, no estimó nada más conveniente que dividir a los protagonistas entre leales y traidores. No había términos medios: se estaba con Bolívar o contra él.

Sin embargo, la distinción maniquea entre traidores y leales, no finaliza allí: Monagas fue calificado de traidor por Páez;
Castro llamó traidor a
Gómez; Betancourt satanizó como traidor a Prieto Figueroa y a todos y cada uno de los disidentes adecos; los comunistas execraron a Petkoff como el peor de los traidores cuando abrió tienda aparte; Caldera le cambió a Fernández el título de delfín por el de traidor; Carlos Andrés Pérez acusó de traidores a sus ex compañeros de partido cuando le dieron la espalda y, más recientemente, Chávez en su propósito de descalificar a Arias Cárdenas, recurre al mismo epíteto comodín de nuestra historia y lo compara con el traidor primigenio: Páez.

¿Será este recurso una simple ausencia de originalidad de nuestros políticos? Podría ser, pero más bien me inclino a pensar que se trata de una cultura política que se caracteriza por el rechazo a las críticas, la subestimación de las advertencias, la negación de los errores y la condena irresctricta a la disención.

Una cultura política sectaria y supremacista que califica de traidor a los que piensan con independencia de criterio y que no acepta ninguna iniciativa de deslinde sin satanizarla inmediatamente como un acto inequívoco de deslealtad.

Inés Quintero en La BitBlioteca

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