Caracas, Domingo, 20 de abril de 2014

Sección: Política

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Por qué somos minoría

Diego D Sola

Lunes, 28 de enero de 2013







   Foto: Google

Y a es momento de que la dirigencia derrotada el 7-O y el 16-D reconozca su subordinación política frente al adversario. La "estrategia democrática" en Venezuela, así como la "golpista", han sido sepultadas por la realidad. Si bien la idea de ocupar todos los espacios institucionales posibles en el remanente oxigeno democrático ha traído frutos cortoplacistas, en el fondo tal estrategia se ha ajustado al proyecto presidencial: la vía hacia la dictadura a través de las elecciones. Los llamados "claudicantes" no son quienes sintieron legítima reticencia en votar el 16-D y avalar un sistema fraudulento, sino los dirigentes que por mera táctica electoral renunciaron a la defensa de la libertad y la república. Hoy presenciamos una falta más grave al ver que la respuesta opositora ante un golpe de Estado es convocar a "asambleas populares" para discutir la situación política.

La ausencia del monarca no es solo la última muestra de que Venezuela ya ha sido vaciada completamente de su república constitucional, sino de que el sedante autoritario de catorce años ha surtido efecto y ha anulado la capacidad de protesta del ciudadano y la dirigencia. La senda democrática está hoy todo menos trazada en el país. Lamentablemente el legado de siete años de "estrategia democrática" ha sido brindarle un manto de legitimidad a un régimen que nunca ha vacilado en violar la constitución.

La inacción opositora ante la crisis nacional deja en plena evidencia que los grandes objetivos ideológicos del gobierno han sido alcanzados y que de haber estado sano, el presidente habría pulverizado a sus enemigos he instaurado el comunismo en Venezuela. Resulta curioso ver como aquellos "notables" de izquierda y derecha que ayer aborrecían las barbaridades antidemocráticas de CAP II hoy aplauden el silencio como maniobra política.

Será labor de la historiografía esclarecer que en esta transición hacia la dictadura, más ha contribuido la incapacidad de la nueva oposición que la propia habilidad del régimen desde el poder.

Quizás lo mas trágico de nuestra hora es que estas valoraciones parecen reducidas a una pequeña minoría dentro del liderazgo opositor. "¿Qué otra cosa hacer?" reclaman los escépticos. Se ha vuelto popular la idea de que protesta es sinónimo de golpe de Estado; de que los "radicales" de ambos bandos se rozan y que lo necesario es moderación. Este complejo de Abril le ha sido enormemente beneficioso al régimen. Una mirada más cuidadosa despejaría que el gobierno es el único poseedor de los poderes fácticos y las armas para generar violencia.

Los críticos señalan además que sin la MUD estaríamos peor, que nuestra votación ha venido aumentado de manera sostenida hasta alcanzar seis millones y medio de votos. Hablan de los miles de bienintencionados que trabajan diariamente desde la trinchera de un barrio, alcaldía o municipio para traer un genuino cambio político. Aunque plausible, este argumento acaba por ser un peligroso espejismo: poco importa que tan bien trabajen los marineros si el capitán conduce la nave hacia el naufragio.

El hecho es que la nueva oposición ha debido comprender desde hace mucho que nuestra nación afronta una lucha existencial por rescatar la república. No serán nunca exitosos los métodos ni se concretarán los objetivos si se escasea en contenido político. La contradicción de nuestra dirigencia nace al autodenominarse "alternativa democrática" al tiempo que reconoce, tácita o explícitamente, las medidas antidemocráticas del gobierno.

No se requiere de una explicación científica y destilada para observar que nuestro gobierno ya es una réplica de la "democracia presidencial" de Nasser, la "democracia orgánica" de Franco, o la "democracia guiada" de Sukarno, todas dictaduras bien enmascaradas. En consecuencia, no hay otra forma de retratar al régimen sino como enemigo, precisamente porque es enemigo de nuestras libertades fundamentales y pretende arrebatárnoslas.

Quienes desprestigian este diagnóstico temen por un país dividido y sin diálogo.

Pero el diálogo solo se produce con reglas de juego claras y cuando cada bloque está convencido de que el otro defenderá sus convicciones e ideales hasta las últimas consecuencias. Nuestra dirigencia ha optado en cambio por transitar el gris de la indefinición, un terreno que el gobierna ha minado muy bien con intereses partidistas y petrodólares.

La oposición necesita escuchar a quienes no ha a escuchado, remplazar a quienes no ha remplazado. Entretanto, esta "minoría" yacerá indefensa, silenciada por su dirigencia y sofocada por el régimen chavista. Nuevamente el futuro de Venezuela es impredecible.

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