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Política - Opinión y análisis
Café del día
La quinta paila

Roger Vilain

Viernes, 21 de diciembre de 2001

Hoy miércoles veinticinco de abril, después de escuchar la cadena del Presidente, me embarga una profunda pena ajena. Echando mano de su repertorio histriónico, de sus chistes y vericuetos orales, elevando a niveles estratosféricos sus obvias huidas por los caminos verdes (cuestión que le ha servido y de mucho para colocarse bien de espaldas ante todo un grueso de interrogantes que, de ser éste un país serio, reclamaría respuestas ipso facto), pues la verdad es que Chávez cada día dice (y hace) menos. Llegó un momento en que tuve la impresión de estar frente a un autómata, frente a un hombre que debió memorizarse cuatro lugares comunes para luego espetarlos, con gran carisma, como graznidos instintivos.

En estos tiempos de espectacularidades mediáticas Hugo Chávez Frías se ha erigido en rey de reyes. Una luminaria del verbo enrarecido y de explicaciones alucinantes que como por arte de magia brincan al término de un chasquido de los dedos. ¿Ejemplos? Uno, para no cansar: su discurso empalma con ideas parecidas a éstas: avanzamos poco pero avanzamos; China está aquí, y nos lleva de la mano porque hemos comenzado hoy la revolución iniciada por ellos hace décadas; con Cuba, el Paraíso Terrenal será cosa de imberbes; la oligarquía criolla se alió con Satanás para perjudicarnos; un complot internacional casi nos aplasta las narices; la revolución pacífica, democrática y bolivariana es el “único camino”, y gracias a Dios que lo encontramos.

Es difícil explicarlo, pero no deja de producir curiosidad. ¿Quién le habrá sembrado a los “revolucionarios” venezolanos que nuestros males y padecimientos son consecuencia de alguna maldición impuesta desde afuera? ¿Por qué será que, según lo evidenciable en sus chasquidos, somos unos pobres espoleados, víctimas de la más vil patraña, culpable casi por completo de nuestra condición actual?. Una profunda capacidad para ignorar la historia, es decir, lo que hemos sido y somos, es lo que observo en esta manera de plantear el asunto, y quizás aquí se esconde en buena parte la razón del por qué andamos como andamos. Para entender el presente es necesario revisar el pasado y además enfrentarse, si es preciso a dentelladas, con los rostros a veces monstruosos que se vayan encontrando. Hay que mirarse en el espejo, hurgarse, analizarse con dureza, con honestidad, con el corazón en la mano, y proponer correctivos. No hemos aprendido esa lección. La gran materia pendiente en Venezuela y en el resto de países latinoamericanos es la historia, vista a la luz del presente y de aquello susceptible de proyectar en el futuro. únicamente así, se me ocurre, podríamos abordar la pregunta inesquivable: ¿qué vamos a hacer desde ya para escapar del remolino, de la fetidez que nos rodea, y construir prosperidad?.

El Presidente se aferró a la inefable perorata revolucionaria: 1.- Estamos mal por culpa de otros. 2.- Otro (y no cada uno de nosotros) será el glorioso salvador. Menuda convicción, justo lo requerido para sacar a un país del foso según los oficiantes de la revolución (con la salvedad, claro está, de que ninguno de los pueblos que conforman este planeta ha dejado atrás sus sufrimientos y miserias gracias a ella). Hay que tener claro, y bien claro, que el terrible estado en el que hemos caído ha sido culpa nuestra. Impericias, malos manejos, yerros gigantescos, pésimos gobiernos, falta de cultura ciudadana, desmemoria, falta de conciencia política, y un largo etcétera. No existen posibilidades de endoso. Somos nosotros, nadie más en consecuencia, los naturalmente llamados a sortear el temporal y a llegar a buen puerto. Ni más ni menos.

Reconstruir un país implica hacer el esfuerzo necesario y urgente por entender la terrible realidad que ya prácticamente nos tuerce el pescuezo, lo cual exige un acto de humildad tremendo, entre otras razones porque debemos aceptar nuestras culpas, enmendarlas y seguir adelante. Reconstruir un país implica arrancarse el dardo envenenado de un populismo salvaje (ésto sí que es salvaje hasta la médula) para sustituirlo por un discurso conciliador, de avanzada. Y entre esa acción unificadora cabe, por supuesto y como ejemplo, el llamado a la inversión, a la invitación de capitales (la estampida ha sido impresionante). Para nadie es un secreto que sin inversión sencillamente no hay empleo, sin inversión no hay crecimiento. ¿Quién va a emplear, el Estado? Ya sabemos que es un despilfarrador por antonomasia; el Estado es el peor negociador de este mundo, y para muestra los botones de la antigua Unión Soviética y de la Cuba de hoy, que a pesar de esta verdad ofrece cualquier cosa por atraer dólares de afuera (¡oh contradicción!).

Más desempleo, más pobreza, menos educación, más atraso. Tales son las prendas que este gobierno se ha empeñado en obtener gracias a la más terca de las actitudes. Va a ser muy cuesta arriba enderezar tantos entuertos cuando el chavismo salga del poder, pues el centralismo asfixiante, el control absoluto de los poderes públicos, los odios acrecentados, la ínfima productividad nacional, las cúpulas podridas del presente, la bien alimentada corrupción y la inseguridad en alza crearán sin dudas un clima de inestabilidad, de zozobra, de fracaso que a final de cuentas siempre pasará factura. Demás está decir que la administración Chávez, a estas alturas, palidece ante sus predecesoras.

Quinta República... o quinta paila, da lo mismo. La ineptitud del régimen es más que manifiesto, contra lo que, tristemente, no expenden grageas en las farmacias. Y pensar que el Presidente, en su alocución de hace un rato, juraba tener al Olimpo en el bolsillo. Casi suponía que era el mismísimo Zeus. Après nous, le dèluge (Después de nosotros, el diluvio), afirmó alguna vez un conspicuo rey de Francia, frase que pareciera inspirar al chavismo de estos días. Mala consigna, muy mala consigna, sobretodo viniendo de Luis XV, mediocre y fracasado en su misión política.

¿Quinta República o quinta paila?. “Se acabó el pan de a piquito”, respondería esta vez Carlos Andrés, como revancha, en su turno al bate y muerto de la risa.

E-mail:rvilain@ucab.edu.ve
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