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Una fábula de totalitarismo tropical
Spray rojo
Iván R. Méndez

Martes, 17 de diciembre de 2002

Esta mañana, mientras me acodaba en el mostrador de la panadería para pedir el marroncito matinal, una anciana vestida de blanco y coronada con un gracioso sombrerito color salmón, pidió media docena de frascos de Prozac y dos paquetes de vidrio picado, “que le impidan el paso hasta a un tanque de guerra”, exigió. Ante la duda del estado mental de la señora, miré a mis vecinos de compras, mas nadie se asombró. Afiné la vista, y vi que la gente llevaba bolsas con canillas recién horneadas, relucientes metralletas y algunos reclamaban leche-molotov.

La sensación de ser parte de un film de John Carpenter fue suficiente motivación para alejarme de Parque Central, pero al cruzar la avenida Bolívar una ambulancia se detuvo frente a mí y la copiloto, una rubia 90-60-90 , me roció un spray rojo que me privó de la vista a color. Me estrujé los ojos durante un buen rato, mas fue inútil, veía todo dentro de una inquieta gama de grises. A pesar de eso, me dirigí al Metro, saqué mi ticket gris plomo y lo introduje en el torniquete que, una vez procesado, empezó a escupir burbujas de jabón con mensajes publicitarios: “ Tú, eres otro ”; “Cuando dejes de pensar, existes ”; “Esta es la mejor Caracas posible ”.

¿Intoxicado? Eso pensé al subir al vagón 1070, que no tenía sillas ni agarraderas. Al iniciar la marcha, luego del beep prolongado, los pasajeros tropezamos unos con otros y una niña empezó a llorar cuando su granada de mano cayó al piso herrumbroso. “No empieces otra vez, esa sólo vale diez dólares, mañana te compro una igual”, le susurró, un poco tensa, la madre. Fijé la vista al piso y decidí aguardar el arribo a la estación Chacaíto, ubicada a dos cuadras de mi oficina. El viaje fue infinito, sobretodo por el olor a pollo frito que emanaba de una bolsa de Vogue en manos de un soldado vestido de camarera, quien incluso llevaba un frasquito de palillos en el bolsillo de la blusa.

Una vez en la calle, me sentí feliz por vez primera al reconocer a los buhoneros y pregoneros de siempre, “estoy en casa”, pensé, aunque seguía viendo todo en blanco y negro. Entre los griteríos de “compre su Kino ”, “El Mundo, El Mundo”, distinguí la voz del presidente, que emergía de un televisor enchufado a las ramas de un árbol, “esta es la revolución bonita, donde la realidad la hacemos nosotros y no tiene que ver con esa verdad impuesta desde afuera, desde la historia , desde el mundo exterior”. La gente aplaudió a rabiar, mientras desplegaban unas alas torpes y gruesas que apenas les permitían levantar vuelo. El Presidente continuó: “mañana será el día del gas azul, vayan a las calles y exijan ser rociados para que puedan ver las maravillas creadas por el Programa de Alucinación y Eugenesia (PAE) , pues su encargado me asegura que los hará comer torontos en un cráter lunar”. Nuevos aplausos mientras el público callejero se chupaba un jarabe gris oscuro, que chorreaba de las nuevas extremidades”.

Me toqué la espalda y sentí un bulto bajo mi chaqueta, “¡coño!, me salieron alas”, grité, pero inmediatamente recordé que era la iBook , que escondo de la vista de los bribones. Me dirigí rápidamente a la oficina, aunque la tentación de sacar la cámara digital y fotografiar al grupo volador, casi me ganaba. Al llegar al edificio, el portero me detuvo, y muy despacio recitó: “Los fusilamientos y otorgamientos fueron cambiados para las 3:00 pm. Tendrá derecho a mirarlos con la compra de una cajita feliz”, y me extendió un ticket acompañado de una réplica de la Nimbus 2000 de Harry Potter.

De pronto, se me encendió el bombillo y me acordé de Muebles el canario , el ingenioso relato del uruguayo Felisberto Hernández, donde un personaje alucinaba con una inyección que le pusieron en un colectivo. La cura era un simple baño de agua caliente. Con la solución en la cabeza, subí a mi despacho y encendí la portátil con la paranoia de descubrir que no estaba en diciembre de 2002, sino en pleno 1984 . Mas no fue así. Mientras bajaba el correo electrónico prendí la radio FM, donde un grupo de payasitos cantaba desafinadamente, “sin ojos no vemos, sin oídos no escuchamos, sin boca no hablamos y al Presidente adoramos”. Apagué el receptor. Al rato, agotado por las revelaciones del día, regresé a casa, me duché y escribí está crónica.

email:ivan@analitica.com

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