Este es el título de una de las más hermosas y conmovedoras películas del reciente festival de cine español realizado en Caracas. La trama se desarrolla en un pequeño pueblo de Galicia en tiempos de la República y refiere la relación de afecto entrañable entre un niño que va por primera vez a la escuela, su familia y el maestro, un viejo sabio que logra transmitir sus conocimientos a sus alumnos poniéndolos en contacto con la naturaleza y la poesía. El maestro es un socialista, por añadidura ateo, que comparte ideales con el también ateo y republicano padre del niño, un modesto sastre. El maestro es jubilado y en su discurso de despedida dice: “ Denle un solo año de libertad a este pueblo y nunca más aceptará la tiranía”. La película termina cuando el franquismo triunfa, comienzan las redadas para capturar republicanos y comunistas. La muy católica madre del niño quema, aterrorizada, todas las pruebas de la ideología del marido y obliga a éste y a su hijo a gritar consignas contra los “rojos” cuando van saliendo esposados hacia la prisión o la muerte, el último de la fila es el maestro. Su más dilecto alumno, ese niño al que llegó a tener un especial afecto que éste le correspondía, no solo lo insulta sino que lidera el lanzamiento de piedras al anciano.
El primer sabor en la boca cuando se encienden las luces del cine, es amargo porque ese niño con piedras en la mano contra la mirada entre asombrada y triste de su maestro, muestra hasta qué extremos de indignidad puede conducir el miedo a los seres humanos. Pero luego recordamos la frase del maestro sobre la libertad y vemos lo que es España hoy, una ejemplar democracia y un país próspero y pujante, no solo por su economía sino por su riqueza cultural, donde sería absurdo imaginar siquiera el retorno a la oscuridad, el miedo y la sumisión. Los años de libertad vividos después de la muerte del “Caudillo por la Gracia de Dios” lo hacen imposible.
Las lealtades populares a sus líderes están indefectiblemente ligadas al bienestar que éstos sean capaces de devolverle al pueblo. Es una relación de toma y dame. Cuando no hay dame, el toma se va esfumando hasta desaparecer y lo que fue apoyo, identificación y hasta pasión ciega se torna al cabo de un tiempo de frustraciones, en repudio. En las democracias genuinas, las que respetan entre otras cosas la transparencia electoral, estas relaciones de amor y desamor, de matrimonio y divorcio, se resuelven en las urnas o máquinas de votación. La alternabilidad partidista, en los cuarenta años en que AD y COPEI dominaron el escenario político venezolano, no fue más que un cambio periódico de lealtades de los electores no comprometidos con una militancia política. Lo singular de los casos CAUSA R- Andrés Velásquez y Caldera en el ‘93 y de Hugo Chávez en el ‘98, fue que hasta los militantes de los partidos tradicionales, hartos de una crisis sobre todo económica que se prolongaba por más de una década, buscaron nuevos aires, se dejaron cautivar por promesas que iban desde la venganza contra los causantes del descalabro nacional hasta la redención de los pobres, niños de la Patria incluidos. La lealtad fue sometida a prueba una y otra vez en el año ‘99 y parecía que nada ni nadie podía desilusionar a esa masa identificada, más aún, enamorada del líder cuyo discurso tenía el efecto de la flauta del encantador de serpientes. Los resultados de la elección del 3 de diciembre último muestran, de manera protuberante e irrebatible, que la indiferencia es el primer paso, la primera faceta del hartazgo, es la cara más amable de la decepción.
Resulta risible que un señor aparentemente tan serio como Luis Miquilena pretenda restarle importancia a ese clamor silencioso de más de nueve millones de electores, con el argumento de que el MVR mantuvo intacto su porcentaje del 65%. No hay que ser un matemático puro para saber que el 65% de once millones no es lo mismo que el de dos. No menos débil el argumento de que las elecciones municipales no entusiasman por falta de cultura política, esto tiene mucho de verdad pero es que de los “cultos” que acudieron a votar, más de la mitad decidió eximirse de hacerlo en el caso del referéndum sindical y es allí donde está la derrota vergonzosa sufrida por Chávez. Hizo de esta consulta su verdadero item, la convirtió en el punto central del interés revolucionario y el “soberano” le devolvió una sonora trompetilla.
Después de lo ocurrido hay muchos que piensan que el gobierno endurecerá su talante y métodos, que en la medida en que su popularidad siga cayendo aumentará el autoritarismo y se dejará de apariencias seudo democráticas para tomar el rostro de una dictadura de verdad, no como ésta algo caricaturesca que hoy ejerce. Es lo que hace un dictador clásico, así lo hizo Fidel Castro, magíster supremo de nuestro Comandante. Quizá mi destino sea ser enterrada en urna blanca no por adeca sino por ingenua, pero si a un pueblo al que se le ha dado un año de libertad es imposible someterlo a una dictadura, imaginemos lo difícil que será en un país que así vivió a lo largo de cuarenta. La derrota del gobierno no puede ser capitalizada como triunfo o victoria de nadie, de ningún líder, de ningún partido y de ningún sector. Es un preaviso del soberano a un presidente que hasta hace unos meses los hacía delirar pero que ya empieza a ponérseles pesado. El despido vendrá, no lo duden.