Una mujer, de cuyo nombre ni siquiera intentaré acordarme, escribe la semana pasada en El Nacional quejándose en forma desesperada por la poca atención que el presidente Hugo Chávez ha prestado a supuestos reclamos suyos, hechos al parecer en algunos anteriores artículos.
Según puede entendérsele (en un tono que trasluce la obstinación y la histeria de la interfecta) ¡no se puede vivir en un país donde el presidente no hace lo que a través de los artículos de prensa se le indica! Sobre todo si se trata de los artículos de ella, se entiende.
“¡No escribo más!”, titula con un grito de hastío y de admonitoria proclama final, más bien como una sentencia de olímpico desprecio al supuesto balurdaje de país que en desgracia le ha tocado por audiencia a su elevado y aleccionador intelecto, desperdiciado en estas tierras de perraje que no hace nada por tumbar al patizambo ese que los gobierna.
Indignada arremete contra unos lectores inermes y sin culpa de su infortunio, anunciando que está hasta la coronilla de decir qué es lo que tiene que hacerse... “y no pasa nada”. Que ella no va a seguir perdiendo el tiempo. ¿Y ahora, qué haremos, digo yo?
Coincide sospechosamente con la actitud que últimamente ha venido asumiendo (salvo refritismo intelectual de por medio) la inefable señora Marta Colomina en ese lamentable remedo de “politología rupestre” que emite por Unión Radio al final de las tardes. “Lo más preocupante [le dice al Dr. Pedro Penzini, rematando la obsesión recurrente a la que se aferra su sutil profundidad intelectual en sus usuales andanadas de descalificación personal hacia el Presidente] es que uno dice todas estas cosas y no pasa nada” (sic).
“Aunque, sí pasa Pedro —reconviene henchida la incauta—, los miles de escuchas que tene-mos, van aprendiendo cómo son las cosas con esto que nosotros decimos aquí todas las noches” (sic). Y, agregaría yo, con los emails que mandan sus correligionarios al New York Times desde hace dos años despotricando de nuestro país para buscar reacciones como las de los famosos editoriales (¡como me consta!, señora Marta).
Sin duda uno de los dramas más significativos que edita la particularidad de un proceso de cambios radicales sin violencia, como el que estamos viviendo, es la germinación de un muy atípico síndrome de liderazgo innato-obligatorio como el que estamos presenciando en el país. Nunca antes había proliferado tanto en la faz de la tierra la masa de opinadores políticos que aquí se ha generado, incluida la Grecia de Platón y la Europa del Iluminismo. Menos aún, la cantidad de seudo intelectuales rabiosos, erigidos en referencias de la moral pública, a los cuales uno debe rendir pleitesía y agradecimiento eterno por iluminarnos, so pena de su bravuconada más destemplada o de su denuncia ante la Sociedad Interamericana de Prensa.
Ellos son los perfectos. Los puros que nunca se han comido un semáforo ni le han pasado un billetico por debajo de la mesa a un inspector de aduanas. Ellos todo lo saben y se enojan si no se hace lo que ellos dicen. Ni siquiera el presidente puede rebelarse a sus designios.
Ya no es asunto de crítica ni de oposición a fondo, o como quisieran llamarle antes. Eso era cosa de los blandengues adecos aquellos y de los culilludos copeyanos que no se atrevían a insultar al presidente ni a llamarlo tirano porque no hacía lo que se le decía, si es que alguien llegaba a pasarse de osado.
Ellos no han sido electos por nadie, pero debe hacerse lo que a ellos les parece. Están por encima de la democracia. Es más, para eso es la democracia.
Bueno, como la Dra. Ortega y el señor Santana, sin ir muy lejos. Ellos, por el solo hecho de la supuesta autoridad que les otorga su autodenominación de “representantes de la sociedad civil”, se empeñan en llegar a los cargos que les negó única y exclusivamente la paradójica circunstancia de no haber sido electos por nadie.
A ellos, cuyos méritos personales nadie pone en cuestión, pero que, vamos a sincerarnos, no se les conoce sino su afán de afiebrados impugnadores de oficio. A quienes el CNE aquel les mató el gallo en la mano en los primeros veinticinco minutos de sesión ante el Tribunal Supremo de Justicia, reconociendo antes de que empezara el “juicio” su incapacidad para realizar las elecciones del 28 de marzo pasado, con lo cual ni siquiera pueden atribuirse (pero lo hicieron, usurpadores vocacionales como son) ni el más pírrico triunfo de nada, el Presidente debe hacerles caso en todo lo que digan y además... dejarles el camino abierto para que sean ellos, y sólo ellos, los nombrados a los suculentos cargos que persiguen, tanto en la Fiscalía General, como en el mismísimo CNE.
Eso sería, según ellos, un triunfo de la Sociedad Civil.
¿Que a santo de qué la sociedad debe asumirlos como sus representantes? No me pregunten. Ellos mismos no han sabido ofrecer una respuesta decente ni creíble al respecto.
El caso del señor Santana, por ejemplo, es patético. Desde que me he dedicado a leerlo como supuesto “ombudsman” de los lectores de El Nacional, hace ya mucho tiempo, (invito a todos a que lo lean), no he encontrado ¡una sola! nota suya en la que, para darle la razón a un lector, cosa que casi nunca sucede, no empiece (o termine) por justificar y hasta enrostrarle al pobre “defendido” la calidad del periodismo aséptico y omnisapiente del diario. El periódico termina siempre teniendo la razón y el desvalido lector quedando, por lo menos, como un desalmado e injusto que no sabe apreciar la sana intención con que le hicieron la trastada a que haya hecho referencia. Igualito a aquel legendario personaje de Radio Rochela que a mitad del juicio en la corte y ante las torpezas y evidente entreguismo de su defensor le decía a su abogado “Pero, bueno, vale...¡no me defiendas más!”.
Lo cierto del caso es que de seguir así, vamos a terminar dando por hecho que la verdadera democracia no es que gobiernen quienes ganaron las elecciones, sino el primer bemba e perro que se le ocurra decir barbaridades en el periódico.
Si así fuera... hace mucho tiempo han debido llamarme para “el cargo”.