Sin partidos políticos no es posible la democracia moderna. El derrumbe de los partidos democráticos venezolanos se debe, en gran medida, a sus propios errores. Pero no se puede dejar de lado el ataque feroz a que fueron sometidos por otros actores políticos. Destacan, en esa labor, algunos medios de comunicación.
Todos sabemos de las fallas de nuestros partidos: deficiente y limitadísima democracia interna, perpetuación de los directivos, fraccionalismo, deficiencias organizativas, ausencia de autonomía financiera, clientelismo, populismo, escasez de debate programático –no se diga del ideológico-, abandono de la educación política de dirigentes, militantes y simpatizantes, etc. En resumen, los partidos se convirtieron –como le gusta repetir al hoy convaleciente CAP- en “cascarones vacíos”.
La guerra contra los partidos fue inmisericorde. A la cabeza de la confabulación antipartidista y antipolítica estuvieron grandes medios de comunicación de la prensa escrita y la televisión. Quizás quien lo hizo de manera más sistemática fue RCTV con Marcel Granier a la cabeza, escritor de un libro sin mayores pretensiones filosóficas (La generación de relevo y el Estado omnipotente) en el cual enumeraba los problemas de la democracia venezolana. En este libro como en Más y mejor democracia para Venezuela del grupo Roraima, las propuestas programáticas se inscribían dentro del portentoso neoliberalismo de los años 80 y 90.
La crítica no se quedó allí. También hubo ataque mordacidad y ventajismo. La telenovela Por estas calles, originalmente escrita por Ibsen Martínez y transmitida por RCTV, se convirtió en un panfleto que desnudaba, denunciaba, exageraba y simplificaba los pecados y errores de nuestra democracia. Tanto banalizaba nuestros problemas que uno de los personajes de mayor éxito dentro de la trama era “el hombre de la etiqueta” quien se dedicaba a eliminar físicamente a cuanto “corrupto” se le atravesara o no en su camino.
El Nacional, a pesar de que uno de sus dueños fue candidato a Alcalde de Caracas por el partido COPEI, se convirtió al antipartidismo más rancio. Se destacó en el periodismo de denuncia, ese que se hacía y se hace en Venezuela: alguien declara el primer día sobre una irregularidad y los siguientes días se publican algunos documentos (si los hay) y luego se le da cabida a reacciones o declaraciones de personalidades sobre el escándalo denunciado. Pero casi nunca hay verdadera investigación ni análisis de los hechos.
En toda democracia la relación entre periodistas y políticos es de amor-odio. Ambos grupos se necesitan mutuamente pero se miran con recelo. El político busca al periodista para dar a conocer sus ideas, programas y su nombre. El periodista requiere del político para acercarse a la versión de éste y así redondear la noticia a transmitir.
Puede ser que en una misma personalidad concurran esas dos vocaciones, pero debe haber un claro lindero ético y funcional. Así ocurre en las democracias avanzadas. Nadie se imagina a Bob Woodward y a Carl Bernstein, los periodistas que revelaron el escándalo de Watergate, haciendo lo que hicieron José Vicente Rangel y Alfredo Peña: pasar de profesionales de la denuncia a hombres del presidente. Ambos se pasaron de periodistas a políticos (Rangel ya lo había sido y faltó a su juramento de nunca volver a la política activa), primero con disimulo cuando Chávez comenzó a remontar las encuestas y luego abiertamente, una vez que se confirmó la predicción de los sondeos en diciembre de 1998. Todavía horas antes de las elecciones Rangel y Peña negaban su relación con Chávez. Salas Romër hizo hasta un chiste en el programa de Peña, al decir que el reloj de Dick Traci le decía que el actual alcalde metropolitano estaba con Chávez.
Por acción u omisión, todos contribuimos al desplome de los partidos. Pero nadie contribuyó más a ese fin que sus altos dirigentes. Algunos medios de comunicación hicieron también lo suyo y hoy están arrepentidos. Ojalá que esta crisis de los partidos sirva para renovarlos y aminorar sus numerosos y enormes defectos. En eso andamos.