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Sección: Política
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Nuestra guerra diaria, la guerra civilLucy GómezSábado, 14 de noviembre de 2009
Intentan asustarnos con el fantasma de la guerra con Colombia y los analistas de todos lados, de todos los países, de todos los bandos, de todos los medios de comunicación, hacen sus ejercicios de guerra simétrica, enfrentando imaginariamente los tanques que tienen los dos gobiernos, cuantas personas se mandarían al frente y gozan un mundo con eso . Entretanto, para oscurecer el clima y entrar en situación, el gobierno le hace la vida a cuadritos a los pobladores de la fronteras, sobre todo a los tachirenses y a los cucuteños que tienen que ganarse la corona del martirio con estas autoridades. Pero en Caracas, en Valencia, en Maracaibo, en las grandes ciudades de este país, las amas de casa y los choferes de taxi, los motorizados y las cajeras, las ascensoristas y las jefes de finanzas de las grandes empresas, el venezolano de a pie, estamos amargados pero no por ese anuncio de guerra, sino por los efectos de la palabrería hueca, de las amenazas y de los cierres inhumanos de la frontera. Porque nadie se cree el cuento de que alguien va a salir a pelearse con los colombianos, ni siquiera se lo creen en el Ejército, cuyos efectivos viven mandando mensajitos diciendo que los colombianos si quieren pueden llegar hasta Tocuyito, porque a ellos no les dan fusiles con balas ni recursos , no vaya a ser cosa. No, la guerra nos la tiene el gobierno con el café gourmet que es lo único que aparece al triple del precio normal, con el desastre que hay en el metro, donde estamos a punto de caernos a puños cada vez que nos dejan cerrados una hora sin poder trasladarnos, dentro de un vagón sin aire, porque no hay energía eléctrica.. La guerra está en la Universidad Central de Venezuela , con bandas de uno y otro lado cayéndose a tiros, con las emboscadas que les hacen los obreros a la policía y viceversa, con la destrucción a golpes y a insultos de las puertas nuevas del campus y de los instrumentos de trabajo de los obreros que la construían . La guerra la tenemos en las escaleras de los barrios, donde a las cuatro de la tarde salen de las escuelas las niñas de doce años para que las violen los malandros en las esquinas de los barrios que suben de Palo Verde. La guerra la tienen que armar los vecinos para llamar a la policía antes de volver leña a los violadores, que actúan a plena luz del día porque la impunidad que les da el gobierno nos tiene sí, en pie de guerra. Hay que volver a casa viendo para todos lados, tanto que cuando uno sale de Venezuela y va a otros países llamamos la atención porque parecemos que caminamos como si estuviéramos en Afganistán. Y es que Caracas da mucho entrenamiento en guerras civiles. Por eso es que no le creemos al Presidente Chávez cuando anuncia una guerra convencional, porque los anuncios de la que estaba decretada antes de ésta le dieron risa hasta a los comandantes de fuerza que pasaron el sofocón en sus unidades echando chistes . No le creemos a los disfraces que en la Asamblea Nacional dicen que están dispuestos a caerse a tiros e invadir Bogotá, cuando no le aguantan ni una mano a sus compañeros de curul. En eso tampoco somos un país serio. Y lo lamento por las embajadas, por los expertos, por los diputados, por los analistas, hasta por los colombianos y los venezolanos fronterizos que están sufriendo los rigores de la palabrería presidencial. Están perdiendo el tiempo en consideraciones sobre una montaña de palabrería. Aquí hay pura lengua señores, puras ganas de no hablar de la gran arrechera nacional: de la guerra civil, nuestra guerra civil. |
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