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Del arreo de fanáticos Román José Sandia Sábado, 10 de diciembre de 2005
Son ciento cincuenta voces que aúpan a su equipo. Muchachas y muchachos que han sido reclutados para apoyar las proezas de los atletas que defienden sus colores. A las órdenes de unos coordinadores, repiten consignas que buscan fastidiar a los contrarios. A cambio de esta tarea reciben alojamiento, comida, transporte, uniforme y conocen la región anfitriona de los juegos.
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No estoy hablando de las barras bravas del River Plate o el Boca Juniors, los míticos equipos argentinos de fútbol. Tampoco me refiero a los “hooligans”, aquellos ingleses nada flemáticos que recorren estadios europeos dejando a su paso destrucción. Mucho menos estoy aludiendo al equipo más caro del mundo, el Real Madrid, porque su presidente, Florentino Pérez, todavía no ha organizado una claque tan precisa y entusiasta. Al contrario, a veces los aficionados madridistas aplauden al equipo contrario, como sucedió hace poco cuando el Barça derrotó a los galácticos en el Santiago Bernabeu. El grupo vocinglero del que hablo es la barra de la selección del estado Carabobo en los Juegos Nacionales que este año tienen como sede los estados Mérida, Táchira y Trujillo. La inauguración de esta competencia pudo ser vista en otra cadena más de TV que obligó a los venezolanos a admirarse por la estructura del nuevo Estadio Olímpico Metropolitano de Mérida pero también a decepcionarse del improvisado y deslucido acto. Tal vez la mayor sorpresa constituyó la corta intervención del primer locutor nacional ante un auditorio indiferente que había ido allí a ver la ceremonia y no a escuchar peroratas. Las palabras del teniente Porras, gobernador de Mérida, obtuvieron el mérito para ser incluidas en una nueva edición del libro “Elogio de la Adulancia” del desaparecido paisano Edecio La Riva. También el maestro de ceremonias no quiso pasar desapercibido al remarcar que el color del parapente que aterrizó en la cancha era el rojo de “la revolución”. Me atrevo a apostar que ésta fue una jalada por iniciativa propia. Pero volvamos a los chamos carabobeños. En un juego de sofbol femenino, en medio de sus bailes y aplausos, logramos conversar brevemente con algunos de ellos. En los escasos momentos en que no gritaban se quejaron de que ese día ya habían asistido a dos juegos de béisbol que sumaron seis horas. Que afortunadamente Carabobo, como campeón nacional de las últimas ediciones de los juegos, hace que sus bailes y lemas sean recompensados con la victoria, pero que era un trabajo agotador. “Nos traen arreaos” dijo un morenito simpático, mientras hacía los pasos ensayados. A veces se paraban todos e impedían la visibilidad del juego a los aficionados que estábamos cerca. Pero, como es tradición, los merideños somos pacientes y nadie reclamó a los adolescentes su obstrucción. Al fin y al cabo los juegos buscan confraternidad y la paliza que le estaban dando al equipo del patio era sólo una cuestión deportiva. Que el estado Carabobo se dé el lujo de tener una barra tan organizada y numerosa habla de la importancia que le da al deporte (y de los petrodólares disponibles). El general de los eructos no ha desmantelado la herencia dejada por los anteriores gobernadores -papá Salas y Salas hijo- en cuanto al desarrollo de la actividad deportiva. Pero la barra carabobeña no deja de ser una paradoja. Que se lleven y traigan fanáticos a los distintos estadios y gimnasios para aupar obligatoriamente a los equipos tiene mucho de tristeza. Esa alegría forzada no es sino melancolía. Una demostración de lo que puede hacer el dinero para conseguir lo que debería ser espontáneo y libre: la identificación con un atleta o un equipo. Viendo a estos y estas “cheerleaders” de tribuna recordamos la no-elección del domingo pasado. Aquella fiesta de la que habló el masajeado Jorgito se convirtió en un verdadero velorio. De hecho, no hemos sabido de ninguna caravana o bonche para celebrar “el triunfo” oficialista. La terrible abstención que todavía los cirujanos plásticos del CNE no permiten salir del quirófano, al no presentar los resultados totales, ha servido para mostrar el verdadero ánimo de los espectadores del fraude continuado. Técnicas de arreo sobraron. Toque de diana a las cuatro de la madrugada (como si todos viviéramos en un cuartel). Mítines con auditorio pagado. Cadenas de TV ilimitadas, hasta una que terminó el 4-D en la madrugada. Amenazas en privado y televisadas de despido a los empleados públicos que no votaran. Propaganda oficialista en los centros de votación. Dinero a montón para los candidatos chavistas. Amenazas de retiro de becas a los miembros de las misiones que no pasaran por las maquinitas de Spa-matic (nuevo nombre de la empresa, aportado por un zapatazo del valiente Pedro León). La respuesta, convertida en protesta, fue contundente: más de ocho de cada diez venezolanos no votó. La inexperiencia, la curiosidad y el amor al terruño de los muchachos de Carabobo quizás explique que se dejen conducir para vitorear a sus equipos. Pero en favor de su apoyo a los atletas carabobeños podemos anotar que éstos juegan con destreza y limpiamente y no cuentan con árbitros vendidos. Del equipo “ganador” de los juegos electorales organizados por Jorgito no podemos decir lo mismo. |
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Carmen Cristina Wolf
Miguel González Marregot
William E. Izarra |
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