Llegamos finalmente a otro día del año en el que como cristianos, como en todos los años anteriores y los que le sucedan, debemos celebrar el nacimiento del Señor.
Es una especial ocasión donde debe reinar la paz y ventura sobre la faz de la tierra y el sosiego en el alma y sentimientos de los hombres, donde debemos olvidar los agravios y desalientos para pensar en positivo, en un mañana mejor. Estamos celebrando el nacimiento de una nueva esperanza para el mundo, el advenimiento del hijo de Dios, Salvador de los hombres.
Eso es lo que debemos y tenemos que hacer, veamos también si eso es lo que podemos esperar ocurra en nuestro entorno político nacional, pues de ello dependerá que la felicidad no solo sea el logro individual de algunos de nosotros, sino la del colectivo, la del país en general.
Mientras la primera, mal que bien es fácil obtenerla, aún a medias, o engañarnos creyendo la poseemos toda, si individualistamente objetivizamos nuestros posibles problemas y subjetivamente les ponemos eventuales soluciones, ese no es el caso de la del país, especialmente la de un país convulsionado por la pasión política de quienes han llegado al poder, todavía sin saber como, ni tampoco preparados para ejercer el mando.
Las cosas no son tan fáciles cuando tenemos unos gobernantes que ahora se vislumbra tienen adquiridos compromisos ideológicos que van mas allá de nuestro entorno nacional y extraños al modo de pensar del venezolano lo que procuran imponer de cualquier manera y sin importar como ni bajo cuales medios.
Compatriotas se ha perdido la sindéresis en el ánimo de los que gobiernan y triunfalista o derrotistamente, se invocan nuevos impulsos y fuerzas para imponer sin importar como ni para que, normas aberrantes para condicionar que todo el poder, dígase bien: “todo el poder, de todo lo que pueda significar gobierno o fuerza de mando”, para que quede en una solas manos y sin control serio de ninguna especie, haciendo caso omiso de toda opinión disidente o de toda prudente advertencia de no tomar un derrotero que a la larga pueda resultar traumático, costoso e irreversible.
Es falso que se quiera rectificar o repensar sobre el camino andado y el que queda por seguir. La voz y actitud altanera de quien nos conduce, no permiten vislumbrar modificación de actitudes ni credos.
Por el contrario todo apunta a que estamos entrando a un campo minado, donde cada vez avanzar costara mas y sepa Ud. a costa de cuales sacrificios.
La primera actitud a deponer y repensar es la de un soberbio Jefe de Estado que insulta y vitupera a cuanto posible adversario real o creado por él pueda enfrentársele, arremetiendo sin miramientos a quien se le pone delante, creyendo que las cosas son solo como él las imagina, porque ha contado con la suerte temporal o visceral que le ha dado la abundancia de nuestro primer recurso no renovable, pero también temeroso de que con ella no podrá ir mucho mas lejos, y de que las condiciones en las que vivimos no son eternas y mucho menos confiables.
No puede haber paz ni prosperidad tampoco en un país donde se pretende sustituir a rajatabla todas las actividades de la ciudadanía, habitualmente desarrolladas por ella con resultados mas o menos deseables, por las de un Estado que se entrega en manos de sus fuerzas militares para todos los quehaceres de la patria, como si estas, en lo ajeno a lo bélico fueren el recurso óptimo para conducir y resolver las crisis.
No puede haber economía sana, ni timonel seguro, cuando se reputa y considera que lo único valioso y confiable en el país es esa fuerza que imponen los que detentan en sus manos las armas y la fuerza. Al contrario de lo que se piense, aun cuando se ha preparado a esos hombres para las contingencias excepcionales, no son ni los mas aptos, ni los mas serenos para los avatares en tiempos de paz.
Sus decisiones no son soluciones sanas en tanto las que se obtienen provienen de las circunstancias anómalas, facilitadas por contar con recursos dispuestos para esos fines por sobre toda otra prioridad, recursos fáciles, mas si ellos, como debe ser, no provienen del esfuerzo propio, sino de las arcas de la nación comprometidas en su integridad con el conflicto, pues en lugar de crear soluciones, provocan tormentas y crisis impredecibles en sus consecuencias.
Tales no son ni pueden ser soluciones sensatas, son arreglos de momento y para las circunstancias, no conllevan la recuperación ni garantizan la no recurrencia de los problemas.
No puede haber tampoco paz sin hacer cesar la zozobra y la inseguridad, ni cuando quien arenga para la cordura lo hace con lenguaje encendido e insensato, retaliativo y amenazante, ni quien por creer que con ello se defiende arenga a las turbas contra sus posibles enemigos, por creer que con ello se protege con la fuerza, sin darse cuenta que debilita sus estructuras y que esa misma fuerza irracional lo avasallara en el futuro.
No puede haber sensatez ni claridad para fijar los rumbos, en quien no cuenta con nadie que le apoye y aconseje cuales vías tomar, sino que en su soledad, lo convierte en arbitrario señalador de rumbos. No son colaboradores quienes limitan sus funciones de gobierno a reír las gracias o las desgracias de los impromptus o las salidas a los realazos que son menester implementar.
Todavía estamos a tiempo de rectificar caminos, de apaciguar las aguas, de calmar la ira de quienes no solo se sienten aplastados por la fuerza de un gobierno intolerante e irresponsable, sino vejados por quienes detentan un poder cuestionado y cuestionable.
Venezuela, aun cuando se diga lo contrario es una país que se puede manejar fácilmente, nuestro pueblo no es díscolo ni fiero, pero tiene un acendrado espíritu de lo que resulta justo o injusto, de lo que hace mal o el tirano de turno o el bobalicón que juega con la democracia en el poder.
Que el espíritu de la navidad traiga cordura, valentía y serenidad para afinar el mando, resguardar la lengua de excesos y aclarar la mente para recuperar el rumbo. El Señor siempre ha sido generoso con nuestra nación. Ruego a Dios, y pido se me unan mis compatriotas de buena voluntad en esa oración, para que nuevamente lo sea en esta ocasión y nos permita lograr el país que merecemos y un gobierno serio, ajeno a teorías económicas y políticas abandonadas y fracasadas, conciente de sus limitaciones, autóctono en el ejerció de su autoridad, respetuoso de los problemas y acontecer de sus vecinos, moralmente responsable ante su pueblo y por sobre todas las cosas, justo y ajeno al odio y al rencor.
Señor Presidente, señores del Gobierno, señores políticos, oposición toda, rectificar es de sabios, lo contrario demuestra una soberbia que raya con la aberración y es extraña a lo humano.
Feliz navidad a mi patria, muchas felicidades para mis lectores, mis mejores deseos por la paz y el sosiego a mis detractores.