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Opinión y análisis

¿Quién lanza la primera piedra?
Eduardo J. Marapacuto

 
Jueves, 16 de diciembre de 2004

Vista desde lo semántico, la mediocridad puede alcanzar el nivel de lo general. Y desde una visión territorial puede venir desde la costa hasta llegar a la montaña. En ese recorrido hipotético, el ser mediocre se disfraza la mayoría de las veces como leal y transparente, de eficiente y eficaz; inclusive hasta cambia de piel y de color. No obstante, la mediocridad -que denota un estado entre lo bueno y lo malo, de calidad media o bastante malo- es dañina para el avance de los procesos naturales de construcción de lo social, lo político y lo económico.

En ese sentido existen dos caminos. O se siembran ideas, programas y proyectos para reconstruir las bases de un estado ideal de sociedad, cimentada en los principios, valores morales y espirituales del ser humano; o se escoge el camino equivocado de esparcir comentarios despectivos para que se divulguen. En el primero, se siembra para cosechar el hombre nuevo, respetuoso de los demás; en el segundo, se siembra para la cizaña, el odio y el caos. A veces queriendo construir también se dañan los sueños, porque precisamente no hay correlatos entre lo que se dice y lo que se hace. Esa es la vertiente más feroz y engañosa de la verdad.

Sin embargo, no dejemos de soñar, no dejemos de hacer, de bañarnos en la fe sincera. Nada de medias tintas ni medias aguas, al contrario miremos al horizonte, miremos al océano de la verdad que nos invita a bañarnos en sus fuentes para que no nos ahoguemos en la desdicha de vivir formas de alucinación como certezas de realidad.

Sabemos que por su misma naturaleza el ser humano es pensante y no mediocre. De allí que no hay que dejarse empujar hacia el vacío espantoso, ni tampoco refugiarse en la ceguera de mirar sólo el abismo. Dios nos dio la vida para que no nos desdoblemos ante las pesadillas y las tumoraciones discursivas de seres que simulan ser buenos, pero que destilan intolerancia. Así, en la medida de lo posible, apartémonos de los contrahechos, de los seres que desde la mediocridad quieren crear su propio imperio; en tanto, sigamos por el camino que nos hemos trazado, por el camino que ya Dios nos trazó. Avancemos en armonía y trascendencia por encima de los odios y zancadillas.

En esta nueva sociedad que se construye no debe haber espacios para que unos se devoren con otros. Ese no es el objetivo de la vida ni el objetivo de la transformación; al contrario ese es el objetivo de la muerte. Y de eso precisamente no debemos hacernos eco, ni mucho menos aplicar la ley del “ojo por ojo”, porque si caemos en esa trampa, el mundo se quedará ciego. Nuestra visión de la vida debe ser de carácter sustentable, es decir no agotar todas las energías en conductas irracionales, sino orientar nuestros esfuerzos en terminar de construir esta patria, para nuestros hijos y las generaciones futuras.

No establezcamos fronteras, ni puntos de encuentro y desencuentros. Vivamos conscientes de nuestras fortalezas y debilidades. Asumamos con valentía los retos del presente, pero jamás aceptemos inmolarnos para complacer el ego de la prepotencia. Desde nuestras miserias humanas todos somos seres pensantes en latencia-tendencia, pero nunca mediocres. De lo contrario, ¿quién lanza la primera piedra?

(*): Politólogo. MSc en Ciencia Política.

eduardojm51@hotmail.com

 

 

 
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