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Sección: Política
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Un caucus para la oposiciónOscar ReyesDomingo, 27 de enero de 2008
Como si no bastaran las cuerizas que nos ha propinado el gobierno en los últimos ocho años, en el seno de la oposición sigue uno viendo, oyendo y leyendo a más de un auto-flagelante y falso beato diciendo: ‘Qué horror, en la oposición se están matando a cuchillo por los cargos para las elecciones de Octubre de 2008’. Desde mi punto de vista, que haya montones de precandidatos a gobernadores, alcaldes, diputados regionales y concejales no debe alarmar a nadie: para la oposición, ello significa que contamos con montones de cuadros –en todo el país- con aspiración y disposición a competir por cargos de representación popular para impulsar una política de cambio que enfrente los agobiantes problemas sociales del país como no lo ha querido hacer este gobierno obsesionado con las entelequias de la revolución universal y la beligerancia o no de las FARC. Adicionalmente, creo que no se debe confiar en ningún político motolito que diga ‘Yo no aspiro a nada’ porque es una mentira bufa y porque sólo mediante el poder delegado en los cargos de representación popular se pueden adelantar políticas reales a favor de los ciudadanos que tal poder delegan. El problema no es el número de aspirantes porque, en general, a nadie se le puede coartar el derecho a la participación política dentro de los límites de las leyes. El problema político real es cómo tomamos la decisión en torno a los candidatos luego del pacto de unidad que ha suscrito la oposición. El problema no es nuevo. Lo vivimos en Diciembre de 2006 cuando eran precandidatos Teodoro Petkoff, Manuel Rosales, Julio Borges y Benjamín Rausseo. Se propusieron unas primarias absurdas, que afortunadamente nunca se dieron porque habrían sido catastróficas. Las primarias, aunque parecen lo más justo, son la solución final, la última ratio, cuando hay dos o más candidatos empatados técnicamente en las encuestas y no hay manera de lograr un acuerdo como el que, impulsado por Petkoff con su renuncia y el apoyo a Manuel, logró unificar las fuerzas de la oposición en torno al gobernador del Zulia. Si no queda más remedio, si no hay acuerdo mayoritario, parece sensato que haya que pasar por algún género de primarias. Pero entre las primarias y los acuerdos medianamente consensuados, hay una tercera posibilidad que permite tanto los acuerdos como las eventuales primarias: el caucus. Los estamos viendo en este momento, pues es la forma en que debaten y se eligen los candidatos para las convenciones de los partidos Demócrata y Republicano: Clinton vs. Obama y McCain vs. Giuliani. Caucus es una palabra de los indios de Norteamérica que significa algo como ‘consejo de los ancianos de la tribu’. En la práctica actual, consiste en que desde casi un año antes de las elecciones y arrancando por Idaho y New Hampshire, se realizan foros y debates en esos estados con los precandidatos, luego de los cuales se efectúan votaciones que se van acumulando a la cuenta de cada aspirante. Los caucus se realizan en centros comunales, escuelas, iglesias, teatros, adonde acuden los simpatizantes de los dos partidos. La tradición implica que quien pierde los dos primeros, y se da cuenta de que no tiene futuro, se retira por simple sentido común. Como el proceso dura meses a lo largo de los cuales se van retirando candidatos hasta que usualmente quedan sólo dos, se trata de un filtro durísimo, pues luego de cada debate y votación se sondea la opinión pública mediante encuestas y prosigue el debate intenso en los medios mediante artículos, entrevistas, etc. Estos debates se convierten en una vitrina y son la mejor y más barata campaña electoral, pues así los ciudadanos conocen a sus candidatos, analizan sus propuestas, sopesan el liderazgo y la credibilidad de cada uno, de manera que la elección es algo totalmente visible, como se espera que sea en una democracia. Es el momento en que pueden salir a relucir los trapos sucios de cada uno, acusaciones de corrupción, pecados del pasado, etc. Ya la simple resistencia en esta terrible carrera de larga distancia es una prueba tal de temple y capacidad que ella de por sí genera cierta confianza general en que los mejores serán los que lleguen al final y que –con excepciones como George W. Bush- va a triunfar el más apto de todos en la posterior elección presidencial. Pero Bush no es culpa del caucus sino un error del pueblo norteamericano: los venezolanos no somos los únicos que podemos elegir un Presidente atroz. Creo que en el seno de la oposición y desde ya deberíamos comenzar a pensar en algo parecido a un caucus. Que los precandidatos comiencen a debatir en público, en centros comunales, en plazas, ante los ciudadanos y con el apoyo de los medios, sus propuestas para cada gobernación y para cada municipio. En cada estado hay televisoras, radios y periódicos regionales para informar a aquellos ciudadanos que no puedan estar presencialmente en los debates. Se pueden hacer debates televisados, radiados, a los cuales la gente puede enviar mensajes de texto que ayuden financieramente al medio de comunicación y que vayan siendo también un termómetro: tal vez les suene horrible, pero aunque este modelo se parece a American Idol es preferible porque es más abierto y público que las convenciones de delegados sin debate previo donde se decide a punta de aplanadoras y compra de votos de segundo grado. El mismo caucus puede permitir debatir cómo se va a elegir el candidato en cada lugar: si mirando mediciones en encuestas medianamente confiables, si mediante acuerdos de los diversos partidos o si, en caso extremo, mediante algún mecanismo comicial. Le encuentro tres ventajas a esto: primero, los ciudadanos pueden comparar uno con otro e ir decidiendo quién es el mejor: segundo, asumimos una agenda política propia, con propuestas en positivo y no persiguiendo la elusiva sombra del gobierno y del Presidente. Fue lo que hicimos de cara a la reforma y triunfamos. Tercero, logramos un compromiso, una serie de propuestas y de programas de gobierno mínimos comunes y arrancamos en serio el proceso de construcción de nuestra identidad política y de nuestro proyecto alternativo para Venezuela de cara al Siglo XXI. La Comisión Organizadora Nacional de Un Nuevo Tiempo ha decidido que nuestros precandidatos deben pasar por un proceso de formación intenso. Diseñar ese programa y extenderlo a todo el país es una de las tareas que se nos ha encomendado a los intelectuales e ideólogos del partido, lo cual aceptamos. Creo que el mecanismo del caucus permitiría darle músculo al proceso de formación al cual exhortamos a nuestra militancia, a nuestros amigos y aliados, porque el caucus implica debates intensos y la exposición de una oferta electoral creíble ante la ciudadanía, de la manera más abierta, pública y visible. Sería como los partidos de exhibición o de eliminatorias que todo equipo de fútbol debe jugar antes de clasificar a un mundial o asistir a una copa América. Esta inquietud nace porque el acuerdo de unidad implica que hay muchos precandidatos de los diversos partidos de la oposición y lo peor que podemos hacer es ocultar esa realidad y que las decisiones se tomen en cenáculos cerrados, mediante el chantaje o las aplanadoras. Sería ideal que incluso los aspirantes y candidatos del gobierno participaran en mecanismos similares de debate entre ellos y luego contra nosotros. Pero ellos tienen sus mecanismos: el dedo único y en algunos casos las primarias. Tampoco creo que debatan con nosotros. Si no quisieron hacerlo en el debate que había pautado el CNE de cara a la reforma constitucional, ¿por qué habrían de hacerlo ahora? El miedo es libre, dijo el inefable Antonio Ríos y yo añadiría que tienen derecho a tenernos culillo en un debate. El año pasado, los estudiantes pusieron su inmenso capital moral para contribuir a salvar la democracia venezolana: a nosotros nos toca ahora poner un poquito de luces con los contenidos y las ideas, con la plataforma ideológica y el modelo de país. Es el trabajo que nos queda: colectivamente construir esos nuevos mapas y llevarlos a la calle, quizás mediante caucus, para que sean la munición discursiva, ideológica y la oferta electoral de nuestros candidatos en la titánica labor de convencer a los venezolanos no en base al odio o el simple rechazo a un gobierno sino en base a una propuesta que haga revivir la esperanza y que nos termine de ganar el corazón de quienes, de buena fe, se equivocaron eligiendo este gobierno. |
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