Después de los de Platón, los de Perogrullo y los de Alfredo Peña en sus "Conversaciones con......", son los diálogos literarios que más han influido en mi formación pragmática. No es que yo desprecie las alturas del espíritu o que no intuya ideales, sino que estoy entre quienes cree que “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”. Por ello, pretendo no separar los pies del piso, mantenerlos bien pegaditos a la tierra.
Cuando escucho a los defensores de las 49 leyes, retar a sus detractores a un debate científico sobre sus contenidos, me acuerdo de la consigna del mayo francés, aquella según la cual, el perfecto tarúpido es aquel a quien se le señala la Luna con el dedo y se queda viendo a este ultimo.
A estas alturas del partido no han entendido que, probablemente, los contenidos de las leyes sean la quintaesencia del conocimiento universal en cada una de las disciplinas de las cuales se ocupan, pero ese no es el caso. El caso es que ellas se aprobaron entre gallos y medias noches, a la chita callando, con desprecio de las formalidades legales que debían cumplir según el decir de la habilitante y, lo que es peor, sin dialogar, conversar o negociar, con los sectores interesados.
Dicen los entendidos, que la política es el estilo, y el pendejo que esto escribe, cree que es asi, o que por lo menos es la forma suave de hacer las cosas. No se puede dialogar y, menos aun negociar, cuando Ud., previamente, ha descalificado al interlocutor o presume que es hombre de chicanas y rabuleces, o no le otorga alguna buena intención.
Ahora el patón Tribilín se encuentra cogido en su propia trampa y como todo lo ha reducido a torneos de fuerza, a permanentes ejercicios de autoridad, que no de autóritas, entonces, sus supuestos interlocutores, quieren ir a medir fuerzas para que este señor entienda el único lenguaje que le es familiar: tengo tantos tanques pero los otros poseen tantas divisiones.
Por ello el dialogo es de sordos y, mientras tanto, el prestigio de Chávez, es un prestigio que se va.
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