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¿Camino al desastre? Santiago Ochoa Antich Lunes, 8 de diciembre de 2003
En Estados Unidos, la democracia es más que nada una forma de vivir, "the American way of life", al decir de los norteamericanos, una serie de formalismos que hacen posible la convivencia. Siendo la vasta mayoría de su sociedad proveniente de la clase burguesa artesanal, en donde el dinero es la única medida de éxito, la democracia sólo fue arma de confrontación durante la Guerra de Secesión de los Estados del Sur. De ahí que ese sistema de gobierno resista tan bien cualquier crisis política. Ni siquiera la Gran Depresión ni los gángsteres y mucho menos Watergate le hicieron daño a su estabilidad. Por eso sus partidos políticos son tan distintos a los del resto del mundo. Solamente agrupaciones de electores destinadas únicamente a ayudar en la elección de un candidato, el cual después de electo no está sujeto a ninguna disciplina partidista. El mundo político norteamericano es, pues, uno de personalidades individuales dispuestas a gerenciar el Estado, de acuerdo con una Constitución que, con pequeñas enmiendas, ya dura más de doscientos años.
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Los 70
A mediados de la década del 70, los norteamericanos se dieron cuenta de que para mantener su democracia se hacía necesario sacar la economía de la política. La Guerra de Vietnam y los proyectos espaciales de John F. Kennedy, así como "La Gran Sociedad" de Lyndon Johnson obligaron a imprimir dinero inorgánico y, por ende, a la enorme inflación de los setenta y a la devaluación del dólar. Sin embargo, para los norteamericanos, la percepción fue otra. La crisis política de Watergate había llevado a la crisis económica. Se hacía necesario un correctivo. Lo contrario era exponer al sistema político a sobresaltos innecesarios. El alza en los precios petroleros, idea de las transnacionales y no de la OPEP, obligó a Estados Unidos a imprimir dinero inorgánico, lo que hizo que la onza de oro pasara de US$ 120 en 1973 a US$ 800 en 1980, pero la suspensión de las hostilidades en Vietnam le permitió a Washington no endeudarse más y con la devaluación impuesta por el dinero inorgánico la deuda pública pasó a ser en términos reales una décima parte lo que había sido en 1970. Fue esa riqueza expoliada al norteamericano común y a los extranjeros lo que hizo posible el "boom" de Estados Unidos durante el gobierno de Ronald Reagan. Fue ése el objetivo verdadero del monetarismo. Se le transfirió a través de la inflación la riqueza de todos al gran deudor, al Estado norteamericano y éste se encargó de redistribuirla a través de los nuevos contratos de defensa y los préstamos de ese mismo Estado. Claro, en la redistribución, Estados Unidos se quedó con la cuota del león. Pax Americana
Fue, entonces, cuando comenzó a aplicarse la segunda parte del paquete monetarista. La política económica, financiera y monetaria sería responsabilidad de la Junta de la Reserva Federal (Banco Central) a la que se le concedería total autonomía en dichas áreas. Con la anuencia de los políticos electos, un grupo de funcionarios asumía la dictadura económica por un tiempo predeterminado. Para la Junta de la Reserva Federal resultó prudente eliminar el déficit fiscal norteamericano, originado por el aumento de los gastos del gobierno nacional durante la época de los ochenta sin un correspondiente aumento de los impuestos. Tal cosa era factible ahora por la reducción de los gastos militares. Pero la reducción del déficit y su eventual eliminación traerían consigo un beneficio para la población en general, al reducir el nivel inflacionario, lo que haría posible un incremento del consumo. A ello le siguió una política distinta de inversión en el extranjero. Durante la Guerra Fría, una de las opciones más exitosas de Occidente fueron las economías de vitrina como la República Federal de Alemania, Japón y los llamados Tigres asiáticos. En esos países, Occidente invertía grandes sumas con el objeto de presentarlos como la exitosa opción capitalista. Al finalizar la confrontación Este-Oeste y obtener Estados Unidos la victoria, tales economías de vitrina se hicieron innecesarias. La crisis de los emergentes
Fue en Japón donde se probó primero la nueva política norteamericana. Estados Unidos no permitiría más las exportaciones japonesas hacia Estados Unidos sino en la más completa reciprocidad. Japón debía abrir su mercado a la competencia norteamericana en todos los órdenes. Sus empresas más exitosas debían construir fábricas en Estados Unidos y ellas mismas abrirse en condiciones de igualdad al capital norteamericano. Dado a escoger entre la apertura o una guerra comercial con Estados Unidos, la respuesta de Japón era de esperarse. La nueva política condujo, no obstante, a una reducción de las exportaciones y a una crisis de sobreproducción. Esa política comercial también se aplicó a los Tigres asiáticos. Empero, la reducción de sus exportaciones y la consiguiente devaluación de sus monedas harían incrementar el costo de su abultada deuda externa a la vez que abaratarían sus exportaciones, las cuales tenderían, a su vez, a aumentar en detrimento de sus vecinos. Seguiría entonces una guerra de devaluaciones que se extendería a toda Asia, a Rusia y a la América latina. El caso más reciente lo vivió Argentina. La devaluación del real brasileño terminó por reflejarse en su economía fuertemente endeudada por el anterior gobierno peronista, disparando la crisis de la que todavía el país no emerge. ¿Va Venezuela por el mismo camino? Es más que probable. La deuda total venezolana, interna y externa, pública y privada, ronda los 40 millardos de dólares. Su servicio agota todo el ingreso petrolero, lo que obliga al gobierno a endeudarse cada día más. El regreso del sueño Cuando Adolfo Hitler llegó al poder en Alemania encontró alrededor de 6 millones de desempleados. Para lidiar con el problema designó a un conocido financiero, Hjalmar Schacht, como ministro de Finanzas. Ya antes, en 1923, como presidente del Banco Central alemán, Schacht había resuelto la cuestión de la hiperinflación alemana. No comulgaba con todas las ideas del dictador y prueba de ello fue su renuncia, cuando Hitler comenzó a dirigir la economía para preparar el país para la guerra. Sin embargo, la premisa fundamental de Schacht para encarar en 1933, los problemas de Alemania era que la economía del país debería funcionar como si todavía el país estuviera en guerra con sus vecinos. Sólo así podrían disponerse los escasos recursos para las necesidades más perentorias. Schacht se inclinó también por las políticas de John Meinard Keynes de gasto gubernamental deficitario para inversiones en infraestructura, a la vez que intentaba políticas de trueque y de autarquía. En estas circunstancias, le solicitó y obtuvo de Hitler el nombramiento como Gran Plenipotenciario para la Economía de Guerra. Su primera medida fue la creación de un Servicio Obrero Obligatorio similar al militar, para todos los jóvenes de 18 años. Luego un plan de obras públicas, entre ellas el sistema de autopistas. Un año más tarde el desempleo se había reducido en millón y medio. Tras cuatro años descendió a menos de medio millón. El principal problema de Chávez es haberse rodeado de ineptos. Ni Giordani, ni Rojas, ni Merentes, ni Nóbrega han dado la talla; y el desempleo, así como la pobreza y la delincuencia consecuentes han llegado a cifras insostenibles. Lo que requerimos con extremada urgencia es separar la economía de la política, al igual que un plenipotenciario y una economía similares a las propuestas por Hjalmar Schacht en 1933. Si no encontramos una solución pronta al desempleo, el país puede tomar el camino de la desintegración. Santiago Ochoa Antich es diplomático de carrera, historiador, politólogo y periodista. Fue Embajador de Venezuela en Austria, Canadá, Jamaica, Paraguay, San Vicente y las Granadinas, El Salvador y Barbados. |
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