SOY JUAN BIMBA, y Mariantonia, y Simón, y Petra, y tantos otros. Soy
el soberano. Es Navidad. Me he sentado largas horas a pensar qué brindarle a
quien siempre repite que de niño fue pobre y que hoy de adulto - cosas que
tiene la vida loca - lo tiene todo, con sólo levantar el dedo. ¿Qué
ofrendarle a un hombre con un avión nuevecito y hasta un estadio de beisbol,
que tiene interminables horas de radio y TV, y elecciones a placer, y una
Constitución a su medida, y hasta tres; alguien que es dueño de un TSJ y una
Asamblea Nacional y un fiscal y un contralor y un defensor y una FAN? ¿Qué
puede desear quien tiene más relojes y trajes que días para usarlos? Pensé
en un uniforme de general, de esos que tienen tres soles y muchas
condecoraciones, pues sé que eso te gustaría mucho y podrías lucirlo en
desfiles, en lugar de ese trajecito de utilería de aquella tarde lluviosa en
la que hiciste el ridículo. Pero, lo siento, no puedo graduarte de General
por Secretaría, tan sólo para satisfacer uno más de tus tantos caprichos.
Fuiste tú, solito, al fin y al cabo, quien destruyó su brillante futuro
militar, si alguna vez como dices lo tuviste. Pero, insisto, quiero hacerte
un regalo. Lástima que a pesar de ser el soberano, soy pobre y sólo me queda
lo que nadie puede arrebatarme: ese lujo que llevo incrustado en la piel que
es mi creatividad. Recurro a ella, que a falta de cobres, buenos sean
sentimientos. Te regalo entonces mi despecho, mi desilusión; mi corazón
partío y mi fe hecha trizas. Te regalo un bolerito viejo en mi memoria, de
esos que llevan años en las rockolas, de aquellos que se canturrean por las
esquinas, cuando a uno lo sofoca el mal de amores. Sí, te confieso, me duele
el alma. Yo creí en ti, te ofrecí lo que me era más preciado, mi esperanza.
Ahora la siento tan inútil. Me condenaste al abandono. Me fallaste. No calmo
mi dolor con alcohol, sino con estrofas, inventadas por otros, pero que
saben a verdad. Escúchame, quiero decirte algo: "Y qué hiciste del amor que
me juraste, y qué has hecho de los besos que te di, y qué excusa puedes
darme si faltaste, y mataste la esperanza que hubo en mí. Y qué necio es el
destino que me hiere, y qué absurda es la razón de mi pasión, y qué terco es
este amor que no se muere, y prefiere perdonarte tu traición. Y pensar que
en mi vida fuiste flama, y el caudal de mi gloria fuiste tú, y llegué a
quererte con el alma, y hoy me mata de tristeza tu actitud.
Y a qué debo, dime entonces, tu abandono, y en qué ruta tu promesa se
perdioooooooó, y si dices la verdad yo te perdono, y te llevo en mi recuerdo
junto a Dios". Escúchame, quise decirte algo... Soy tu pueblo, tu verdadero
y único soberano, nunca tu lacayo. Feliz Navidad.