Aunque Hugo Chávez sigue el modelo de los caudillos de la Venezuela del siglo XIX, hay un aspecto en el que se parece a los filósofos postmodernos. Algunos de éstos sostienen que el conocimiento fidedigno, objetivo y exacto de la realidad no es posible. Lo único que existe son los discursos sobre la realidad. El saber se limita a la esfera del lenguaje y la interpretación. Mucho antes que los postmodernos expusiesen sus teorías en sesudos trabajos teóricos, y sin que tengan ningún parentesco ideológico con los nazi, Joseph Goebbels, el tenebroso ministro de Propaganda e Información de Hitler, había puesto en práctica esos principios que luego adquieren forma conceptual. Su célebre sentencia se resume así: una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Ya que conocimiento es sólo percepciones, las figuras que construye el individuo o la sociedad pueden ser modificadas a voluntad por quien detenta el poder. Únicamente hace falta insistir con los métodos adecuados en la “verdad” (mejor dicho, en la mentira) que se quiere sembrar en la mente de una persona o grupo, para que esa imagen se implante con la fuerza de un dogma. La práctica goebbeliana fue recreada magistralmente más tarde por George Orwell en su imprescindible novela 1984. En un pasaje de la obra un torturador le pregunta a su víctima mientras la martiriza: “¿cuánto es dos más dos?”. El hombre responde lo obvio: “cuatro”. El torturador con cinismo replica: “eso depende”. Hay circunstancias en las cuales dos más dos son cuatro, pero existen otras en las que la sumatoria varía. Todo está sujeto al resultado que le interese al torturador, esto es, a quien ejerce el poder.
En algo parecido a Goebbels y al verdugo del texto de Orwell andan Chávez, su Vicepreidente, ese señor que no ha sabido envejecer con la dignidad que mucha gente esperaba, y Diosdado Cabello, aunque estos dos últimos son personajes menores, que entran en escena sólo para movilizar la trama. Millones de personas se movilizaron para estampar su firma durante cuatro días, para de ese modo sencillo, pero contundente, exigir la revocatoria del mandato del Presidente. Las cámaras de televisión captaron los momentos en que largas filas de hombres y mujeres soportaban con estoicismo las horas de espera o las amenazas de los círculos del terror. Testigos de la oposición, el oficialismo y soldados y oficiales del Plan República pudieron palpar el entusiasmo y la mística de los firmantes. Reporteros gráficos y periodistas estuvieron en Súmate y vieron las cajas que contenían los millones de firmas que se recolectaron. Activistas del país junto a observadores internacionales fueron testigos de la mística con la que se trabajó. Sin embargo, Hugo Chávez, igual que el ministro de Propaganda nazi o el personaje orwelliano, niega lo evidente. Sin que se le mueva un músculo de la cara, dice que la realidad que Venezuela y el mundo apreciaron es pura ficción. Espejismos de mentes aquejadas por la fiebre. No existe la realidad objetiva, sino los discursos que se construyen en torno a ella. Inventa la tesis del megafraude y le ordena a sus acólitos que la repitan mecánicamente, con el servilismo propio de los súbditos.
Esta táctica totalitaria que consiste en negar la realidad, adulterarla y, luego de la falsificación, difundir las distorsiones como verdades reveladas, persigue descalificar el inmenso esfuerzo del pueblo opositor, intimidar al Consejo Nacional Electoral y justificar el desconocimiento del dictamen del organismo electoral en el caso, casi seguro, de que decida admitir como válida la cantidad de firmas que permitan convocar el RR. Este, desde luego, es un procedimiento irresponsable y criminal, que, en el caso de cumplir su objetivo, colocaría la país al borde de un enfrentamiento violento. La guerra civil, tantas veces trajinada, se convertiría en un peligro inminente, pues se habría cerrado la salida constitucional, electoral, pacífica y democrática que el país se trazó para resolver la aguda crisis nacional, y, de paso, perdería sentido esperar hasta las elecciones del 2006 para salir de Chávez. Si luego de cumplirse con todo el Reglamento aprobado por el CNE, el Presidente se permite violar las normas, ¿qué sentido tendría participar en una consulta comicial dentro de tres años, cuando el caudillo esté aún más atornillado en el poder? Si escamotea la voluntad popular hoy, ¿por qué no habría de hacerlo mañana?
Ahora bien, así como Chávez niega y adultera la realidad para favorecerse, contamos con instituciones y fuerzas sociales que no son presas del engaño. Los miembros del CNE durante las últimas semanas han demostrado una firmeza frente al Presidente que augura que no se dejarán amedrentar por el autócrata. En la misma línea habría que colocar a la Fuerza Armada Nacional. El comportamiento de la institución castrense durante los días del Reafirmazo y cuando la entrega de las firmas, indica que no están plegados incondicionalmente a los caprichos del jefe de Estado. Los militares demostraron que no serán un instrumento dócil del Presidente en el caso de que opte por desconocer la decisión del CNE y alzarse con el poder. Como actor estelar se cuenta con una ciudadanía que ha firmado tres veces para sacar a Chávez, que ha marchado centenas de kilómetros, asistido a miles de asambleas de ciudadanos y fundido incontables cacerolas. Esa ciudadanía, que podría graduarse suma cum laude en el Aula Magna en la carrera de ciencia (y paciencia) política, constituye una energía imposible de vencer.
Chávez intenta llevarnos al borde del abismo, pero carece de la fortaleza para hacerlo. Sus tácticas totalitarias no muestran otra cosa que su desprecio por la participación popular y su enorme debilidad. Antes de expulsarlo, el país arrastrándolo lo llevará al redil de la democracia.