Insistimos en que, al intentar engañar al país, Hugo Chávez se engaña a sí mismo. Suele ocurrir en los regímenes refrigerados de palacio. La única versión que tienen del mundo y de las cosas es la concedida por los más cercanos colaboradores, acólitos y aspirantes a la sombra presidencial. A menos que los servicios de inteligencia se encuentren tan duramente domesticados que la franqueza fluya de un modo tan subrepticio como expedito, alcanzando un alto valor político, convertida en elemento de supervivencia de unos pocos. No obstante, el mecanismo que podemos identificar como SKB (Stalin-Krushev-Beria), opera como un mandato irreductible de la descomposición delincuencial.
El Gran Dispensador habla persistentemente de una oposición fraudulenta y violenta, cuando –por ejemplo- la ministro del Trabajo hizo un expreso llamado a errar en la data o el comando Ayacucho promovió actos de sabotaje que –simplemente- no tuvieron el éxito estimado con motivo de “El Reafirmazo”. Una semana antes, cuando el oficialismo se conmovió a sí mismo, nada aconteció por obra de una oposición que ha aprendido.
El cinismo apunta a la demencial creación de una guerra civil que, por fortuna, no ve por ningún lado. La prefabricación incluye una campaña sistemática de provocación, a lo largo y ancho del país, incluyendo la profanación de imágenes y edificaciones religiosas. La más burda propaganda sabe de la desenfadada generosidad de la radio y la televisión oficiales, por no citar el rostro estampado del miraflorino en las paredes de la ciudad. La Ley de Desarme es un monumento a la burla cuando los cada vez más escasos seguidores del gobierno disimulan una parafernalia de pólvora que el peso de la armadura no logra disimular.
La oposición democrática ha demostrado cautela, paciencia y –digamoslo- sabiduría ante las circunstancias. La Navidad se va imponiendo a la espera del veredicto del CNE, aunque fue el propio Chávez el que quiso artificialmente adelantarla como una cortina de humo tejida por los dólares represados.
La razón política está alcanzando el triunfo frente a la razón bélica. Una pugna que tiene por dramático fondo un extenso problemario socioeconómico que comenzará a resolverse cuando los venezolanos sufraguemos.
Consenso país: ¡ni un paso atrás!
Un nuevo y básico consenso asoma en el horizonte de la república. Comenzamos a recorrer el camino de los acuerdos para desarrollar un programa capaz de actualizarnos con todas nuestras riquezas y miserias, liquidando el mito portátil de la redención manipulada. Incluye la adecuada y convincente concertación de un candidato único de la oposición democrática, mediante la deseable celebración de unas primarias que cuenten con el concurso de los que hicimos y construimos “El Reafirmazo”.
Resulta importante identificar al adversario. No es otro que un gobierno de estirpe autoritaria que ha descapitalizado aceleradamente al país, amenazando con liquidarlo en caso de la más mínima y distraída disidencia. Al grano: no podemos chuparnos el dedo en estas dramáticas circunstancias. Por ello, no entendemos la conducta de algunos voceros que se dicen de oposición, convertidos en magníficos colaboradores del régimen.
En el Centro Penitenciario de Occidente se encuentran trece venezolanos bajo las órdenes del represivo gobernador Blanco La Cruz, quien les ha inventado un delito donde no los hay, admitiéndolos como sus presos personales y –por si fuese poco- ofertando un canje, como si fuesen una mercancía. Sin embargo, el vocero regional de Proyecto Venezuela, Armando Díaz, halaga a ese gobernador y hace referencia a la disposición de su partido para conciliarse con el régimen (vid. “La Nación”, 08/12/03). Constituye un insulto a los venezolanos que hemos padecido largos cinco años el gobierno de la demagogia y la corrupción, de las utilidades cambiarias y el endeudamiento interno.
Consenso de país significa conocer y –sobre todo- comprometerse con un rumbo democrático. No dar un paso atrás en nuestro combate por la libertad.
El Estado anómico
Peter Waldmann nos entrega un ensayo sencillo, directo y profundo sobre una realidad palpable en este lado del mundo: El Estado anómico. Derecho, seguridad pública y vida cotidiana en América Latina (Nueva Sociedad, Caracas, 2003). Al considerar los aspectos genéricos del tema, en la primera parte, luego aborda casos específicos como el de la policía, el individualismo, la violencia colombiana y el muy interesante asunto de la boliviana Santa Cruz de la Sierra.
La anomia no puede estar mejor ilustrada en un Estado que, incumpliendo sus más elementales requisitos, según la clásica tríada, no tiene todo el poder que dice ni llega a ocupar todo el territorio que proclama, frente a una población fragmentada y fragmentaria. La recaudación fiscal y la legítima coacción física son los dos elementos más resaltantes de una ficción que le permite sentenciar al autor: “... En muchos estados latinoamericanos la estatalidad no ha sido realizada” (p.15). Y es que, con exagerada frecuencia, el Estado es fuente de desorden, debilitados sus órganos, exhibiendo un funcionariado público con fines privados, insatisfechas las necesidades básicas y condenado a una obediencia negociada.
Waldmann hace una estupenda y sucinta comparación con Estados Unidos y Europa, sin asomo de un eurocentrismo enceguecedor. Señala importantes características derivadas del proceso emancipador, sugiriendo una semejanza del actual Estado latinoamericano con el del siglo XVIII europeo. Y, a nuestro modo de ver, concita el debate sobre aquellas circunstancias necesarias todavía de abordar en un programa de urgente transformación que no pasa por las huecas y manidas consignas de la hora.
Es cierto que “la polarización social puede, a mediano plazo, ser utilizada por políticos demagógicos para facilitar la introducción de nuevas formas de autoritarismo” (90) y, se nos antoja no menos cierto, que las grandes revoluciones europeas no nos afectaron con la hondura de la que habitualmente se habla, apuntando a la boliviana de 1952 como “una de las raras revoluciones auténticas de América Latina” (78 y 101). Peor aún, soportamos la violencia que va integrándose al orden social, como ocurre con el vecino y hermano país (169).
Puede decirse de un Estado anomizador en Venezuela cuando –adicionalmente- reconocidas marcas de cigarrillo o de cerveza llegan más lejos que él y la justicia por mano propia es una moneda corriente entre nosotros. No es un nimio detalle el acento que le ha puesto Chávez, pues, “el más anómico es aquel Estado que no renuncia a sus pretensiones de ordenar y regular, pero que no está en condiciones de imponerlas efectivamente” (17).
La anomia y la definitiva anomización de Venezuela es la estrategia por excelencia del régimen actual, aunque la tendencia a la violencia indisciplinada, sobre la cual ha escrito Waldmann, atenta contra los propósitos del miraflorino. Nada diferente conocemos desde 1999, como el irrespeto a la autonomía de los órganos del Poder Público y la confusión de los intereses privados y públicos de los gobernantes, con las densas dosis de clientelismo y nepotismo.
Círculos Bolivarianos
En las postrimerías del actual régimen, afortunadamente conocemos ensayos de mayor profundidad sobre un fenómeno que mucho interesará a los cientistas sociales del futuro. A nuestro modesto entender, el chavismo es un adjetivo inmerecido para la atropellada agudización del rentismo político.
Raúl Arrieta Cuevas ha publicado Círculos Bolivarianos. La democracia participativa según Chávez (fundación Venezuela Progresa en Libertad, Caracas, 2003). Al señalar a Heinz Dietrich y a Martha Harnecker coo los inspiradores del proceso actual, asegura la existencia de un proyecto político “ideológicamente definido”, aunque luego reconoce que nadie ha explicado en qué consiste la participación (pp. 29, 206-210), recordando oportunamente que la captación de cuadros en la Fuerza Armada constituyó un lineamiento estratégico del PCV, por 1957, fundado en Frédérique Langue, aún no traducido al castellano.
El autor establece una comparación de los CB con los Cordones Industriales y las Brigadas del Chile de Allende, los Grupos Voluntarios de Autodefensa de la Guatemala de Ríos Montt, los Batallones de la Dignidad del Panamá de Noriega (con hampones comunes, incluidos) y, por supuesto, los Comité de Defensa de la Revolución de la Cuba de Fidel, destacando las labores de espionaje y control social que adelantan para observar que “en Venezuela (...) la realidad sociocultural no lo permite” (22). Igualmente, en el tratamiento metódico del tema, asegura que los CB constituyen una convocatoria para la lucha de clases, encarnada por Chávez, aunque concluye que éste abandona toda reduccionismo clasista (78, 81, 258), confundiéndonos.
Arrieta indica una característica personal del miraflorino cuando consigna que “Hugo Chávez no da pasos en falso”, resultando “para sorpresa de muchos, un filigranista de la política” (20 s.). Ciertamente, por 1998, muchos lo creyeron un discapacitado en las lides del Estado y, en lugar de ponderar muy bien el camino que desgraciadamente abonaron, supusieron al gobernante una suerte de estúpido estrafalario fácil de reemplazar.
La obra de marras pudo ser mejor, aunque la información y sistematización luce valiosa. Una consideración más serena de la oferta participatoria del chavismo, en el marco de las corrientes universales del pensamiento, hubiese permitido alcanzar una caracterización adecuada del régimen y del papel que juegan los CB, redibujados los frecuentes rasgos que acusa el régimen: canalización del sentimiento de exclusión social, liderazgo carismático, política redistributiva, encarnación de la confrontación de clases, articulación ideológica, mito de la mayoría, como finalmente destaca el autor. Por cierto, Michael Ligenthal, el prologuista, advierte el error de denunciar a los CB como expresión del terrorismo. Creo que, al contrario, fue un acierto madrugador.
Neoautoritarismo
Sostenemos que los Círculos mal llamados Bolivarianos ilustran muy bien el cauce que ha tomado el rentismo político agravado tan escandalosamente. Y, así, expresan el neoautoritarismo, la lucha de clases como artificio, el exabrupto administrativo, una encubierta especialización del trabajo político, una ficción de participación, pretendiéndose un modelo alternativo de organización partidista. La existencia de agrupaciones ingenuas, bajo tal denominación, es posible y hasta cierta, pero –como asentó en algún sitio Ortega y Gasset- la moneda falsa no circula sin la verdadera.
Neoautoritario cuando, por delegación, asume las labores de amedrentamiento, persecución y represión que el gobierno no se atreve a encarar en forma abierta, directa y concreta. Hay un discurso democrático y, más que eso, un fetichismo constitucional que se lo ha impedido hasta ahora.
Artificio de lucha de clases, porque ésta –parte o manifestación de la conflictividad humana- no se la decreta. En términos marxistas no todo es absolutamente expresión de una confrontación clasista y su eficacia responde al nivel de desarrollo de las fuerzas productivas y la división real del trabajo, aunque de la tasa de plusvalía no se infiere automáticamente. Mao se-Tung (o Mao Zedong),distinguió la lucha antagónica de la que no es, cumplida la revolución. Nos preguntamos asi, incumplida, cualquier ademán, por humilde que sea, ¿traduce ese antagonismo?. Se dirá que todo dependerá de la concepción que se tenga de clase. ¿Y los elementos psicosociológicos no cuentan?. Domingo Alberto Rangel, por ejemplo, observó que el consabido paro cívico de diciembre de 2002, trazó “nítida e inequívoca” las líneas de clase (“El Mundo”, 01/03/03), pero ¿qué ha ocurrido a estas alturas con todo y el combustible que el gobierno le ha puesto a la situación?. Por lo demás, nuestro capitalismo es rentístico y algo más exigirá al esquema, por no olvidar que el régimen se ha afianzado –estimulándolo- en el lumpen. ¿No es demasiado para los CB?.
El exabrupto administrativo nos da cuenta de la arbitraria inclusión en el presupuesto del Estado y la inclusión en el ancho terreno de los delitos de salvaguarda. Se trata de un clientelismo antaño generoso que, por el rigor de la ley del embudo, desemboca en aquella máxima del que parte y comparte le toca la mejor parte.
La especialización de los CB ha sido un objetivo frustrado del gobierno, al manos, en las magnitudes pretendidas. Las versiones conocidas de la celebérrima ley mordaza, nos avisa de la creación y posicionamiento legal de los CB ya presupuestívoros, so pretexto de los comités de usuarios o de productores independientes.
La ficción de participación ha dado medianos resultados. Es la consigna vendida, pues deben acatar las directrices superiores en resguardo del gobierno, del palacio, de las personalidades. Eso no se discute. ¿O acaso se parecen a aquella figura participativa creada durante el gobierno de Luis Herrera, como las Comunidades Educativas?.
Los CB no dan idea de un modelo alterno de partido. Al contrario, perfeccionan los errores y vicios de lo que se dio en llamar la partidocracia en Venezuela. Hay inocentes seguidores que todavía creen en las consignas, realizan su trabajo, sirviendo de burladero de legitimidad a un oficialismo más cercano al fascismo que a otra cosa.
Meritocracia petrolera
En el pasado, alto funcionario del Congreso de la República, luego jefe del despacho presidencial pdvsiano con Gastón Parra Luzardo, Rafael Quiróz Serrano nos entrega Meritocracia petrolera. ¿Mito o realidad? (Panapo, Caracas, 2003). Lo consideramos un largo reportaje sin la suficiente y convincente fuerza de análisis para abordar cada uno de los asuntos enunciados a propósito de la principal industria venezolana, aunque dispuso de una información escrita de primera mano, no divulgada, proveniente de los archivos de la empresa, tan escasa como –curiosamente- de la que también se sirvió Sosa Pietri en “Petróleo y poder”, en el inmediato período postperecista.
Es necesario ejercitar la otra acera de PDVSA, pues, recordemos, con mayor sobriedad y coherencia, la empresa y sus ejecutivos eran objeto de un cuestionamiento de piso cierto que, luego, recogerá y distorsionará el chavismo al extremo de una grosera obcecación. El régimen actual empantanó el debate que, ojalá, recobre su curso normal para fijarle un rumbo definitivo a la empresa llamada a hacer realidad el país petrolero y no al país rentista.
En el libro destacan denuncias como la de una donación de PDVSA a Julio Borges, citando el documento notariado (p. 47). Empero, finalmente, se nos ocurre un libelo contra Alí Rodríguez Araque, expresión postrera de la pugna de los distintos grupos interesados que –como en otras instituciones- ha obligado a Chávez a una rotación de funcionarios: rotación de 360 grados, pues, el resultado siempre es el mismo: la ineptitud de Chávez.
Habla el Centro Gumilla
Días atrás, la Fundación Centro Gumilla divulgó un documento responsable e interesante sobre la situación del país. La reflexión siempre es urgente en medio de los acontecimientos.
Deseamos destacar tres temas de los acogidos en el citado documento. Uno, la necesidad de reconstruir el pasado recientemente vivido, sesgado por el chavismo; el otro, la de un debate que, sobre las complejidades del mundo productivo, debe conocer el mundo de los desempleados y viceversa; y, finalmente, el partido del centralismo, de la tesis programática y doctrinal, de dirigentes y de bases que “ya no tiene lugar en Venezuela”.
Sucintamente, consideramos que el pasado amerita de una reinterpretación alejada del maniqueísmo en boga, como anuncio de una visión optimista sobre el futuro. No debe quedar duda sobre el lugar que adecuadamente debe ocupar el pasado, no otro que el pasado miso con todos sus aciertos y errores. E, igualmente, coincidimos en el inmenso reto que sugiere la modernización económica del país, por lo que empleadores y (des) empleados no tenemos otro horizonte que el de la comprensión de los tiempos que se viven y sólo es posible generar riqueza con equidad social y no habrá equidad social si no hay riqueza. No obstante, discrepamos en torno a la asunción de los partidos.
Señala el documento la ausencia de los partidos en el debate, convertida la política en una actividad mediática, fenómeno universal que aún espera respuestas. Precisamente, la escasa calidad e inexistencia de la discusión política, doctrinaria y programática en el seno de los partidos, contribuyó a la crisis de la institución, además del irrespeto sistemático y liquidación de sus liderazgos naturales. Creemos importante reivindicar estos elementos, como señal de recuperación ya no de los partidos, sino de la política misma deslealmente competida por los medios. Otro asunto es el modelo de realización partidaria de corte leninista y el tendido clientelar que los ha atrapado, como una teleraña cuyos hilos provenían del Estado rentista.
Convenimos en recrear a los partidos democráticos en el quizá novedoso imaginario político después de Chávez y la polémica, la autocrítica y todo lo que signifique una cívica subversión a su interior, pero el resto de la sociedad tiene que hacer sus aportes, pues, el modelo denostado de partido se ha nutrido de la indiferencia, displicencia o complacencia de un mundo que todavía expone sus terquedades clientelares, rentistas o estatistas con más énfasis que los partidos mismos.
Gumilla nos debe un documento más crítico, directo y concreto sobre los partidos. Será bienvenido.
Silvio en concierto
¿Acaso Chávez logrará que desconozcamos a Silvio Rodríguez como poeta?. La manipulación que ha hecho el gobierno del cantautor quizá apacigüe por algún tiempo la admiración a quien es un artista, con derecho a militar donde le de la gana, pero artista al fin y al cabo. Por ello, probablemente, aceptó venir e inhibido, cantar el pasado 6 de diciembre en el espectáculo propagandístico que se montó con el dinero de todos los venezolanos.
Lo escuché por Radio Nacional, megáfono del oficialismo. Los asistentes reclamaron infructuosamente “Ojalá” y el parco intérprete no los complació, pues, se dirá, no estuvo incluida la pieza en esa misión, una misión de Estado. Los inexpertos animadores de la fiesta, sencillamente, la delataron. Por una parte, reflejaron el reclamo vehemente de las personas que no les importaba que cerrara Lilia Vera. Un motín, dijo uno de ellos, entre las frases coladas de impotencia, imprevisión y –puede decirse- desagrado ante lo que pudieron creer una falta de urbanidad. Regresó Silvio, se mando dos canciones y listo. Nada de “Ojalá”.
Por otra parte, en esas labores de angustioso entretenimiento, mientras la gente protestaba por la ausencia del cubano, los animadores tampoco desperdiciaron ocasión para despotricar de la oposición. Falsa jocosidad, se les ocurrió hacer un llamado para que la gente firmara el revocatorio de los diputados de la oposición, después del fracaso contundente del 21 de noviembre. ¡Acá hay planillas!, refirió uno de ellos. El chiste se hizo drama.
Pasará Chávez, pasará Fidel. Las canciones de cantautor cubano quedarán. ¡Ojalá!.
Sir Jagger
A los británicos les funciona, allá ellos. El cable internacional señala que el cantante opositor al establishment, aseguró que éste ya no existe al recibirse como caballero del imperio en Buckingham.
Lo de las décadas anteriores era cosa de la industria de la protesta. Hoy, tan conservadores, amañados y estáticos, los viejos iconos del rock sinceran el asunto. Artistas y grandes generadores de recursos fiscales para el país. ¿Rebeldes desenfrenados, artífices de la revolución, abnegados peregrinos de la contestación?.
Hoy se les aprecia esencialmente como músicos. Y, a lo mejor, decir eso, decenios atrás, era un insulto. Por curiosidad, ¿por qué no fueron líderes políticos, parlamentarios o algo así, anticipándose a la antipolítica?. “Por ell dinero que ganaban”, no es la única respuesta.