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Sección: Política
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Capitalismo Lunar
La fútil amargura de la revolución
Alexei Guerra Sotillo
Jueves, 4 de febrero de 2010
Puede acaso pensarse en la estupidez como un asunto estadístico. Un lastre indeseable en cualquier aglomeración humana que eventualmente lucha por asumirse como sociedad, pero que siempre está allí, para recordarnos la fragilidad de la mente, y sobre todo, la pobreza del espíritu. Y ojo, no estamos hablando de ignorancia; no, sino de algo mucho peor y peligroso: la feliz certeza y conciencia de la ignorancia y el rechazo autoimpuesto a cualquier atisbo o intento de razonamiento lógico, sazonado con soberbia y poder. Cualquier parecido con la realidad gubernamental venezolana es pura coincidencia.
Cada día la “revolución” quiere demostrarnos su absoluta futilidad, su arrojo y entrega total al ejercicio de la banalidad y lo inútil, en medio de tantos problemas, claro está, muchos causados por tanta indolencia emboinada.
Los caprichos del Líder Supremo son aquí santa palabra por más delirantes que puedan ser. Nadie, ningún funcionario, ningún camarada, Ministro o militante obedientemente instruido en el jalamecatismo “revolucionario” y la adoración continuada al Mesías de Barinas, puede siquiera asomar su disidencia o desacuerdo a los disparates que suelen abundar en Miraflores. El destierro, la persecución y la muerte política son la respuesta inmediata a semejante desplante.
Ha dedicado así, la ilustrada élite boliburguesa en el poder, a cosas grandes, a proyectos trascendentes y vitales para el pueblo venezolano, que han consumido los recursos, el tiempo y el esfuerzo de la burocracia estatal nacional. Agregarle una estrella al pabellón nacional. Filosofar sobre la dirección en la que galopa el caballo del Escudo de la Patria. Adjetivar hasta la saciedad toda institución, programa, política u organismo con el remoquete “socialista”, pensando acaso en que dicha acción transformará por sacro decreto su naturaleza o eficacia. Nombrar una comisión para investigar el supuesto asesinato del Padre de la Patria, Simón Bolívar. Acosar y castigar a los centros comerciales, expropiándolos por ser símbolos del consumismo capitalista, aunque se la pasen abarrotados de gente de todos los estratos y sectores sociales, seguramente hipnotizados por la CIA y el Departamento de Estado para fregar el ánimo presidencial. Privilegiar la compra de armas, el gasto militar y la regaladora de plata a otros países e ignorar las urgencias y necesidades nacionales en salud, seguridad, educación, vivienda y otras áreas prioritarias. Y así, muchas otras sandeces por el estilo.
Dos episodios recientes muestras nuevos records oficiales, en cuanto a la intolerancia, la amargura y banalidad de la “robolución”. La muestra más patética de su oscurantismo y falta de inteligencia, es la respuesta de algunos funcionarios emboinados hacia el humor. La reacción reciente ante un artículo de Laureano Márquez, quién analizó en plan de joda los posibles escenarios futuros del país sin Esteban, denotan no sólo una total incapacidad de entender el humor, y el fundamentalismo furibundo que pulula en muchas mentes más ocupadas en complacer y agradar al Líder Supremo, en vez de dedicarse a gerenciar el Estado y atender los graves problemas de agua, luz, salud, servicios, inseguridad, inflación y colapso de la infraestructura que agobian al país.
La otra perla, que ha revelado un inusual aumento estadístico en la estupidez atinente a cualquier sociedad, (y la nuestra no escapa de ello), tiene que ver con una declaración del nuevo Ministro del Ambiente, Alejandro Hitcher, quien ha dicho que “hay que cambiarle el nombre al fenómeno “El Niño” porque ese es un nombre capitalista, que se lo puso el Imperialismo para tapar las verdaderas causas del mismo. Ha propuesta llamarle “El Cope”, que significaría, “Calentamiento del Océano Pacífico Ecuatorial”. (Noticias24, 31-01-10).
Nada peor para un país, que padecer las consecuencias de tanta estulticia, de tanto delirio y banalidad en buena parte de quienes detentan el poder, en nombre de la egolatría, la “revolución” y un fosilizado discurso izquierdista anclado en fracasos históricos. Quien ve una amenaza para la estabilidad del Estado en un escrito humorístico, o en una protesta ciudadana, estudiantil o vecinal. Quien considera criminal, desechable y sub-humana a cualquier disidencia, no sólo demuestra su estructural incapacidad para reírse de sí mismo y reconocer sus errores, como rasgo del humor reflexivo, sino una abierta vocación totalitaria, sustentada en la idea de su eternidad e insustituibilidad. Es así este gobierno inequívoco reflejo de su fracaso para gobernar el país, y de la fútil amargura de su “revolución”
alexeiguerra@yahoo.com
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