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Opinión y análisis

El diccionario de boinacolorá
Fernando Luis Egaña

 
Martes, 23 de diciembre de 2003

Las armas más efectivas que ha tenido el señor Chávez y su supuesta "revolución bolivariana", no están en el arsenal de las FAN, o en los reales de la bonanza petrolera, o en la legitimidad de origen. Se encuentran en un reducido conjunto de conceptos y categorías de pretensión político-histórica que han logrado imponer en la opinión pública, y que buena parte de sus adversarios repiten como verdades bíblicas. Mientras el país se siga interpretando a sí mismo en las coordenadas de cuarta y quinta república, de puntofijismo y revolución, de vituperio a la trayectoria de los 40 años, Chávez no perderá su ventaja principal: la de dominar el discurso y, por tanto, la orientación de las posiciones.

La manipulación de un léxico

Hace pocos meses el diputado Julio Borges se refirió a la necesidad de desmontar o sustituir el "diccionario de Chávez". Una cierta frivolidad mediática lo entendió por donde no era: el lenguaje de odio, la calificación agresiva, la palabra insultante. Pero más allá de las formas, Borges quiso llamar la atención sobre el fondo, es decir, sobre esa especie de "plataforma discursiva" que sostiene y nutre a la propaganda oficialista.

Se dice que la historia la escriben los vencedores. Sin embargo, se trata de algo más perverso: la manipulación casi orwelliana de un léxico político e ideológico que expresa una comprensión en verdad aberrante de nuestro proceso histórico y que, además, justifica de mil maneras el secuestro de la democracia en nombre de las misma democracia.

Antes de mí era el caos

Desde luego que no fue Chávez el primer "gobernante" en izar esta bandera a lo largo de ya 173 años de vida republicana independiente. Salvando las distancias, Guzmán Blanco en 1870 y el primer Betancourt en 1945 --según la visión de Mario Briceño Iragorry-- la portaban sin cansancio en sus inicios gubernativos. Pero el actual inquilino de Miraflores la ha hecho un modo de vida y sobrevivencia.

Fidel Castro, en su visita caraqueña del 2001, se sintió en libertad de proclamar que antes de 1999 la nación venezolana había padecido un "holocausto histórico". Ese fue su mensaje desde uno de los hemiciclos del viejo capitolio legislativo. No pocos opinadores del ahora anti-chavismo más radical, desde la derecha liberaloide hasta la izquierda borbónica, comparten y difunden a su manera lo esencial de ese parecer.

El mito de "antes-de-mí-era-el-caos" es una fórmula sumaria y brutal para destruir cualquier vestigio de legitimidad política anterior y, así mismo, para cimentar cualquier variante de despotismo. Parecería razonable afirmar que el desenvolvimiento del país en la mayor parte de siglo XX y, en especial, a partir de 1958, empujo una etapa distinta y en promedio afirmativa. Dos de nuestros principales historiadores, Manuel Caballero y Elías Pino Iturrieta, coinciden en señalar al menos un logro capital: la cultura democrática de la sociedad venezolana.

Pero el catecismo dizque revolucionario lo niega y lo condena todo desde la raíz. Lo más patético y peligroso no es eso: es que en diversos ámbitos de la oposición democrática, algunos de alcance político y otros de tipo académico, comunicacional o de activismo social, también se aplauda con variable regocijo la maldición de lo previo.

El cuento de la cuarta y la quinta

A fin de encontrar un cierto posicionamiento de rango histórico, surgió la novelería de dividir nuestro recorrido post-colonial en cinco repúblicas distintas. Las tres primeras, con variable sustancia, entre 1811 y 1830. La "cuarta" desde el Congreso de Valencia que consagró la separación de Venezuela de la Gran Colombia hasta el arribo miraflorino del señor Chávez. La inefable "quinta" a partir de 1999.

De esta manera los 168 años que incluyen el paecismo, la Federación, el dominio andino y el surgimiento de la democracia, son un mismo magma tenebroso que separa la gesta libertadora de la "revolución bolivariana". Semejante mamaracho historiológico no resiste el menor soplido y, sin embargo, es la "versión oficial" que el actual régimen difunde a diestra y siniestra, con el conformismo escandaloso de buena parte de la opinión pública y publicada.

Con muy señaladas excepciones, el cuento de la cuarta y la quinta se ha convertido en lo "políticamente correcto". Políticos, periodistas y analistas de tendencia opositora lo asumen como un dogma y de seguro no se dan cuenta que ello contribuye a fortalecer el ritornello "revolucionario". Ojalá y todos pudieran leer siquiera el primer capítulo del libro "El laberinto de Chávez", en el cual Leonardo Carvajal de-construye la tragicomedia de una "cuarta maligna" y una "quinta benefactora".

Además, este engendro tiene entre sus orígenes uno nada notable. En 1997, cuando Chávez decidió inscribir su Movimiento Bolivariano Revolucionario (MBR) ante el CNE, se encontró conque el uso partidista de la denominación "bolivariana" estaba prohibido por ley. Se optó, entonces, por una triquiñuela gramatical: en vez de MBR sería MVR, significando "V" de quinta y "R" de república. Una genealogía al estilo Juan Barreto.

El fulano "puntofijismo"

Otra de las "categorías" indispensables del diccionario de Chávez consiste en encapsular las cuatro décadas de 1958 a 1998 bajo la etiqueta de "puntofijismo". Esto sería, según el evangelio vigente, un modo depravado de repartirse el botín petrolero entre cúpulas políticas y económicas, amparadas por el "pacto siniestro" que Betancourt, Caldera y Villalba suscribieran a la caída de Pérez Jiménez. La propaganda ha sido tan intensa y, en gran medida, eficaz que hoy en día casi no hay peor insulto que el mote de "puntofijista".

De eso acusa el señor Chávez a sus adversarios. Muchos de ellos, cuando discuten entre sí, se imputan lo mismo. No pocos voceros mediáticos alertan sobre la "vuelta al puntofijismo", y así la matríz corre por la libre. El tema tiene una importancia principal por al menos tres razones. Primero, porque abominando de "Puntofijo" estamos descalificando la oportunidad de grandes acuerdos nacionales para facilitar una futura gobernabilidad democrática.

Segundo, porque reduciendo 40 años de experiencia a la vigencia inicial del pacto, se excluyen otras etapas del desarrollo político como la pacificación de los 70 y la descentralización de los 90. Tercero, y acaso la más definitiva, porque deformando y caricaturizando la historia, y sobre todo la reciente, sólo se consigue favorecer la ignorancia y bienvenir la hegemonía despótica.

Recordemos a Castro Leiva

En su discurso de orden en el Congreso a los 40 años del derrocamiento de la última dictadura, el 23 de enero de 1998, dijo Luis Castro: "No cabe duda que hemos aprendido bien a educar el olvido"...

Muchos de los cuestionamientos que planteó entonces resuenan con mayor valor: "¿No será, pregunto, que la mejor celebración que se le puede hacer a la democracia es que hayamos olvidado que una vez tuvo entre nosotros comienzo?".... "¿Será demasiada perversidad imaginar que nuestra desmemoria sea la causa que nos explique por qué hemos llegado a despreciarla tanto?"....

También en esa memorable ocasión, Castro Leiva señaló: "Extraña paradoja entonces: durante casi dos siglos nos hemos devotamente entrematado para lograr la libertad de que gozamos, y ahora que la tenemos, tan bien o mal como nos luce, pareciera que queremos empeñarnos en caerle a patadas a la fuente que nos depara la posibilidad de ser nosotros mismos quienes somos"....

Ni vituperio ni apología: balance necesario

Con o sin Chávez en la presidencia, el diccionario de boinacolorá continuará siendo el "vademécum" de las nociones básicas de nuestra política, vale decir de nuestro descalabro, si no nos atrevemos a desafiar la corriente y a construir un balance de la trayectoria democrática. Ni el vituperio que hermana al oficialismo con la frívola ingenuidad de cierta oposición, ni la apología que desconoce o esconde las reconocidas fallas y carencias en la conducción del Estado y la sociedad.

¡Como hace falta un balance riguroso de los activos y pasivos de la democracia venezolana! No con la pretensión de festejar el pasado, sino para que ese más de 40% de habitantes que apenas llega a los 18 años, tenga la posibilidad de apreciar el conjunto, entender mejor el presente, y prepararse con más confianza para el futuro.

flegana@telcel.net

 

 

 
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