La compilación nos atrae desde el mismo título: "Celebración de estar vivos" de Tulio Hernández. Hablamos de un itinerario de percepciones y sensibilidades que apuesta por una reflexión más pausada de todas las horas que hicieron la presente hora.
Once personalidades trazan las avenidas que reconfortan al autor (29-78), aunque luce inevitable andar al "Midas escatológico" que nos forzó a compartir su intimidad, siendo "nuestro deber estudiarlo" : Jaime Lusinchi (168-170, 207s.). Ancha y larga, árida y nocturna callejuela de la que supimos apenas al protestar el acuerdo de refinanciamiento de la deuda externa o cuando –permítanme la digresión- al desempeñarme como Secretario de la Comisión de Medios del Congreso, me correspondió tocar la puerta principal de La Casona, en una de las nada fáciles investigaciones parlamentarias que encolerizaron al clan gobernante de aquellos años.
Nombres y situaciones concretas que nada deben al fatalismo cultivado por autores como Carlos Rangel, Angel Bernardo Viso y el mismo Mario Vargas Llosa (236s.), impidiendo una aproximación creadora a la realidad. Quizá sí, extendiéndola, hay una cierta "ética del pesimismo" (48) capaz de adivinar la factura del discurso presuntamente innovador que, oficializado, retorna constantemente a la contabilidad de todos y cada uno de los fracasos del pasado como un inevitable programa de supervivencia en el poder. Por ello, también es útil el ejercicio topográfico, identificando un pensamiento conservador de centro-izquierda (199), aunque, luego de leer el célebre trabajo de Ian Kershaw, no nos parece tan "conceptualmente irresponsables" las comparaciones entre Hitler y Chávez (222), en relación a las modalidades del ascenso.
Un pasaje, desafortunadamente inconcluso, se refiere a los "héroes fortuitos de la antipolítica" (177). A nuestro modo de ver, es uno de los tantos resultados del divorcio entre el colectivo y sus gobernantes, fundado en odios e incredulidades, que no surge exclusivamente por el fracaso de las élites tradicionales, suplantadas por la presunta vocación "pospopulista" de la "superestrella".
Nos atrevemos a dibujar la antipolítica, en este lado del mundo, como un fenómeno propio del quehacer opositor. Dos de sus tres expresiones simplemente fracasaron en 1998, con la metafórica estela de boñiga dejada en Caracas (199s.), sin que olvidemos la también impactante aparición del prometido de una "ex – miss", por entonces envuelto en un nada edificante caso judicial, al lado de Salas, y tampoco el salto de la candidatura presidencial a una gobernación de la otra "ex – miss", con la venia del nuevo gobernante.
Antipolítica difícil de preservar cuando del poder se trata, arriesgándonos a una severa crisis de gobernabilidad atajada apenas por el autoritarismo. Cierto que la gente aplaudió o fue resueltamente indiferente, "cosa que los demócratas convencidos esperamos que nunca ocurra" (202), pero el Congreso fue disuelto y la Asamblea Nacional plural, "como se merecen las democracias" (224), está lejos: ha transcurrido dos años prácticamente sin control parlamentario, aunque es necesario calibrar, como compensación, las diligencias ciudadanas ante la Fiscalía, por ejemplo (205).
Originalmente publicado en el diario "El Nacional", creemos importantísima la distinción -"suerte de hipótesis silvestre"- entre antichavismo destético, ético y estético (209-212). Si cambiásemos el terreno, especularíamos un poco sobre el chavismo "tético", estético y –el que, incluso, intenta de buena fe ir más allá del barinés- estético, donde incursionaría el autor de marras, sufragante que experimenta un "escalofrío gerencial" (215), remitiéndonos a las realizaciones del gobierno.
Otro buen puntaje proviene del observador que emplea sus herramientas teóricas, dando cuenta de aquellos tramos de la vida social que suelen escapar de las páginas de opinión. Hernández opera conceptualmente (143) para dimensionar el relato de los atracos, inadvertidamente basados en la técnica del "flash back" (131); a guardaespaldas y soldados convertidos en mesoneros (186, 203), dato que objetivamente delata a los privilegiados de ayer; los nuevos ritos funerarios (133-135) o el retratismo urbano de una vieja película (270-274).
Hernández invita a la coincidencia y a la discrepancia en la inmensa angustia que bien puede resumirse en aquello de "si la ilegitimidad se generaliza y se comparte entre los excluidos y las instituciones, entonces queda abierto el camino para la construcción individual e imaginaria de nuevas reglas y para la actualización de los viejos mitos" (124). Uno de los mejores articuladores (sic) del país le concede una ventana al paisaje que nos contempla .
Un acierto que nuevamente justifica la existencia de la Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses. Estamos sueltos, atónitos, mudos y distanciados y el tejido cinematográfico de la obra nos alerta.