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Sección: Política
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La salud de los pobresPaulina GamusSábado, 26 de septiembre de 2009
Es asombroso el fervor con que hombres y mujeres del pueblo llano expresan su adoración por el presidente Hugo Chávez. A los más telegénicos se les utiliza para hacer las cuñas o spots publicitarios que, de acuerdo con la Ley Resorte, todos los medios audiovisuales deben transmitir de manera “gratuita y obligatoria”. No nos engañemos, no se trata solo de personas seleccionadas y aleccionadas para decir lo que dicen sino de adoradores de carne y hueso, creyentes fervorosos de la religión chavista independientemente de que su dios les dé o les quite. Si así no fuera, no podría entenderse cómo a estas alturas, casi once años después del inicio de la demolición nacional, el presidente capitaliza las simpatías de un 40 o 50% de la población según la encuestadora de que se trate. ¿Que muchos se han decepcionado y se han percatado del fraude que significa la supuesta revolución? Evidentemente. Pero que casi la mitad de los habitantes de este país continúe creyendo, como dicen las cuñas oficialistas, que Chávez les ha dado voz a los pobres y que por eso merece su apoyo incondicional, es por si mismo una patología que distintos especialistas han procurado diagnosticar. Que los pobres tienen voz es innegable, el problema está en que quienes deben oírlos comenzando por el presidente mismo, han quedado sordos por tanto griterío. Gritan las madres, padres, hijos y hermanos a quienes cada día les asesinan a sus familiares para robarles una moto, un celular, su miserable salario o simplemente por gusto o porque se atravesaron en la línea de fuego de una guerra entre pandillas. Gritan cuando van a los hospitales heridos o enfermos y no los atienden por falta de recursos y de médicos. Gritan cuando se les caen los ranchos y no existen las casas o terrenos que les prometieron. Pero son los gritos del silencio, apenas los recogen esos medios proimperialistas, golpistas y conspiradores que quieren derrocar al mejor gobierno que han tenido los pobres de este país en toda su historia colonial y republicana. En un Aló Presidente una muchacha evidentemente chavista, por su atuendo rojo y su discurso idem, se atrevió a gritar en vivo y en directo y logró que el presidente la oyera: su hermana parturienta era ruleteada por varios hospitales sin lograr que la atendieran. El primer sabio de la nación quedó atónito ¿cómo podía suceder algo así en su revolución que tanto ha querido imitar a la cubana? Ordenó que todas las parturientas del país parieran en los mejores hospitales, con los mejores médicos y en las mejores condiciones El ministro del ramo salud popular balbuceó, sudó e hizo que se aprestaba a cumplir la orden. Por supuesto que no cumplió nada porque él será ministro pero no es el mago Chris Ángel. ¿Acaso una orden presidencial gritada un domingo en la hora del burro, puede reconstruir y dotar hospitales depauperados y recuperar a los miles de médicos que se han ido del país cansados de los maltratos y humillaciones a los que el régimen los ha sometido? Es imposible saber tratándose de dos gobiernos igualmente mentirosos como son el cubano y el venezolano, cuántos médicos reales existen en Cuba para que los hermanitos Castro puedan permitirse canjear a 32.000 de ellos por petróleo venezolano. Suponiendo que sean médicos, el negocio para ellos es redondo porque prisioneros allá y sometidos a todo tipo de carencias y miserias, llegan a Venezuela donde aún puede respirarse algo de libertad y ganan unos miserables dólares que les permiten comprar ciertos alimentos básicos que en Cuba son exquisiteces y la licuadora, el televisor, la radio, los zapatos y la ropa que su familia jamás tendría sin esa oportunidad que les ofrece el bueno de Chávez. ¿Y dónde están los médicos venezolanos? No solo hay cada vez menos aspirantes a posgrados en el país porque se van al exterior apenas se gradúan, sino que los mejores especialistas han emigrado o están en vías de hacerlo. A los más jóvenes los ha expulsado de facto un gobierno que los trata como delincuentes, que los humilla con salarios de hambre y que les niega cualquier posibilidad de superación. A los especialistas ya consagrados los espanta, sobre todo, la inseguridad personal: han sido secuestrados, asaltados y temen por sus vidas y las de sus familias. Estuve recientemente en el matrimonio de un joven médico de mi familia en Dallas, Texas, no sólo había varios médicos venezolanos de su edad ya incorporados a hospitales y clínicas en diferentes ciudades de los Estados Unidos, sino también colegas de su padre -con distintas especialidades- que ejercen en ese país con éxito. Uno de los médicos jóvenes allí presentes se graduó cum laude en Venezuela y es un exitoso oncólogo pediátrico en el mejor equipo de esa especialidad en Houston. Venezuela los perdió a él y a los demás. Al menos, es preciso reconocerlo, la revolución ha obtenido un logro en el área de la salud: igualar a pobres y ricos en el riesgo a morir de mengua. Por supuesto que los más adinerados, aquellos que no requieren de los dólares que otorga Cadivi como limosna, pueden viajar al exterior para que sus médicos venezolanos los atiendan en Miami, Nueva York y otras ciudades del Imperio, o bien en Madrid o en Barcelona de España. Quizá algún día -cuando esta cosa difícil de definir porque no es revolución ni ideología ni siquiera gobierno, sino una patota de antisociales y vendedores de aire embotellado- podamos entender porqué el odio encarnizado contra los médicos venezolanos. Si tanto se ha empeñado Chávez en que Venezuela sea una provincia cubana no se comprende que, mientras la Cuba fidelista se vanagloria de los supuestos éxitos en la salud como un logro de su revolución, aquí la prestación de ese servicio sea el más rotundo de los fracasos chavistas. Quizá la clave esté en un profundo resentimiento que hace repudiar todo lo que signifique inteligencia, conocimiento, y experticia y que privilegia la mediocridad y la ignorancia. |
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