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Opinión y análisis

El sacrificio de la libertad
Lorena Briedis

 
Domingo, 17 de diciembre de 2006

"La libertad requiere sacrificio", escribió Fermín Toro en su ensayo Europa y América, publicado en 1839 en El Correo de Caracas. Qué curioso. Y digo qué curioso porque pareciera que, cuando pensamos en la idea de libertad, bien imaginamos a aquella mujer de Delacroix con los pechos descubiertos, pero en lugar de vislumbrarla conduciendo la bandera tricolor y el rifle por encima de los moribundos de la revolución de 1830, la fantaseamos mejor así, en topless, corriendo de brazos abiertos por la orilla de una bahía australiana –e meglio cosí que tomando el sol con una piña colada como bien puedo imaginarme a ese 25% de venezolanos que, en estas elecciones, optó por la abstención.

Y, precisamente, porque la libertad requiere sacrificio, la gran mayoría, en palabras de Ernesto Sábato, no la quiere: la teme. Ya el hombre –y en este caso, el ciudadano– deja de ser "el piloto del barco de la fortuna", es decir, el timonero de su propio destino, para convertirse en el balsero náufrago expuesto a los caprichos de Poseidón. En este sentido, la libertad nos enfrenta con un primer imperativo: el compromiso individual del deber ser (ya lo decía Sartre: "Estamos condenados a ser libres"). El ejercicio de la libertad, expresada en estos términos, nos convida a pensar que las cosas no son como son ni como las han hecho, sino como las hemos hecho o como las hemos dejado de hacer; acción y omisión.

Pero la idea de libertad no queda estancada allí. Fermín Toro la densifica: "Un pueblo inmoral (...) no puede por mucho tiempo ser libre porque es esencialmente egoísta, incapaz de comprender otro motivo de acción que no sea el propio interés...". De esta manera, estrecha la idea de libertad con un principio que había sido pisoteado en el escenario político del siglo XIX de la Venezuela belicosa y "a caballo": la fraternidad. El Partido Conservador abrazaba el principio de igualdad mientras que el Partido Liberal defendía, como lo sugiere ya su nombre, el de libertad, y el recrudecimiento del antagonismo entre ambos y la imposibilidad de "fraternizar" sus luchas tuvo como estallido final la Guerra Federal.

Fermín Toro ya advertía que la libertad supone necesariamente el reconocimiento del otro y exige, por tanto, la tolerancia.

El reelegido presidente Chávez, desde el balcón del pueblo, exhortó enérgicamente a la construcción de una nueva Venezuela en la que prosperen la igualdad y la libertad.

Me espanto, sin embargo, cuando se comete el imperdonable olvido de desdeñar el tercer legado de los revolucionarios franceses. Especialmente, porque cuando se olvida –como ellos mismos en carne propia lo vivieron– no dilatan en llegar a cortar cabezas los Robespierre con guillotinas o, en el caso decimonónico venezolano, los caudillos con machetes.

Sólo la fraternidad y la tolerancia hacen posible la convivencia y son las que permiten, a su vez, que la pluralidad de pensamiento entre dos sectores de la sociedad no se transforme infantilmente en pandillas de buenos y malos, de policías y ladrones, de víctimas y victimarios. Lorenzo Villalonga, un delicioso autor catalán, decía que "entre Dios y el Demonio no existe más que un malentendido" y que entre ambos "ha de existir por fuerza una coordinación, un equilibrio...". Y el más alto principio de la democracia es y debe ser la celebración de la diversidad y su necesaria orquestación.

Hoy en día en Venezuela y, como ejemplo emoliente para el mundo, hay que permitirse vulnerar los prejuicios y deslastrarnos de los falsos tabúes. Hoy por hoy, hay que ser travesti, ortodoxo, musulmán, judío, homosexual, negro, gótico, indio, vegetariano, obrero, escuálido y chavista, oficialista y opositor.

Y lo más cercano a "ser" es "acercarse", "estar". Es la única manera de no encerrarnos en ningún sistema que nos haga ajenos al resto de la sociedad ni nos prive de ningún aspecto de la creación. Y negarse a ello es darse la vuelta sin entender.

Hay que celebrar y agradecer el sano antagonismo de quienes nos adversan porque existe siempre la posibilidad de que nos estemos equivocando: "No hay una idea que no lleve en sí misma su refutación posible", ilumina Villalonga.

En este sentido, la labor de nosotros los jóvenes en este proceso no poco espinoso de reconciliación, debe ser comprometida y edificante. La Ley de Servicio Comunitario para nosotros los universitarios, por ejemplo, debe replantearse, más allá del mero requisito ministerial, como una oportunidad fáctica para conocer otras realidades de nuestro país, parte de las cuales, el día de las elecciones, hizo vibrar nuevamente –con más o menos matices– el mismo grito de justicia e igualdad social de 1998. Sin duda, este acercamiento y todos aquellos que nos permitamos le otorgarán un nuevo escorzo a la política nacional, a través de la reconstitución de la libertad entendida como un deber ser, como un espacio para la tolerancia y especialmente, para la permanencia. En definitiva, una política cicatrizada que nos permita ser, estar y permanecer.

 

 

 
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