Domingo, 08 de noviembre de 2009 Quiénes Somos | Analitica.com como Página de Inicio | Mapa del Sitio | Registro | Buscador | Contáctenos
Home Editorial Política Economía y Petróleo Internacionales Global y Social Arte Entretenimiento Sintesís de Noticias
Bitblioteca Analítica Premium Mujer Analítica Zona Empresarial Medicina y Salud   Medio Ambiente
Columnistas Bitácora Foros RSS Noti-tips     Horoscopia WAP Ley Orgánica de Educación
Política

 Índice Opinión y Análisis:   

 Actual  Documentos

DISMINUIR LETRA | AUMENTAR LETRA | ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL EDITOR       Bookmark and Share


La guerra civil como pivote discursivo
Luis Barragán

Miércoles, 10 de diciembre de 2003

Curiosamente, la inminencia de una guerra civil ha servido de justificación para el ensayo de una revolución que, al evitarla, recanaliza las energías desplegadas concediendo, como resultado, la paz convertida en una suerte de anticipada demanda política. Luego, la principal necesidad histórica y objetiva es la de atajarla, procurando el reencuentro de todos los que habitamos en los bordes del precipicio de la discordia, contando como única posibilidad la del suicidio. No hay una opción diferente que la ofrecida por los pacifistas a ultranza, cuales bomberos inspirados que alcanzan su identidad frente a aquellos animadores empedernidos de las candelas de la muerte. Y, un poco, ayuda a endurecer las posturas maniqueístas como difícilmente puede lograrlo un determinado proyecto político, frecuentemente complejo y surgido de una irreprimible y también temida pluralidad que dirá representar de algún modo.

La guerra civil como chantaje tiene abolengo en nuestra vida republicana y, sirva el ejemplo, no comprenderemos los sucesos de octubre de 1945, sin el elemento de salvación que supuso. Así, Rómulo Betancourt expresará (30/10/45): “... El país se vio al borde de la guerra civil, prolongada y cruenta, entre las facciones personalistas, animadas por idénticos objetivos antinacionales y jefaturadas, respectivamente, por los generales Medina Angarita y López Contreras”. Transcurrido el tiempo, no encontramos indicios fundados de un conflicto de incalculables consecuencias que, por entonces, hubiese comprometido y arrastrado a toda la población a las trincheras, llevando quizá a la oficialidad académica a enfrentar la resistencia de la tradicional en un duelo eminentemente corporativo o, a lo mejor, a ambos en una cruzada contra el sufragio popular, pulverizando a los gradualistas de la hora. Recordemos, posiblemente los ánimos hubiesen caldeado a propósito de la elección de Angel Biaggini o Eleazar López Contreras por el Congreso, según la Constitución de 1945, desembocando en clásico golpe para reestablecer las prerrogativas esenciales del Estado, profundizar en sus misteriosas razones o recolocar a los viejos usufructuarios del poder.

A la anterior amenaza de un radical desentendimiento, la que podemos calificar de originaria, podemos agregar la guerra civil derivada, fruto de las iniciativas oficialmente adoptadas por la Junta Revolucionaria de Gobierno. Vale decir, no tratándose de la revolución como mecanismo preventivo ante la conflagración anunciada, debía aplacar y liquidar la más peligrosa oposición frente a sus tareas curativas. No obstante, es necesario descartar tamaño expediente por la realización de un programa mínimo de gobierno que, a pesar de sus tropiezos, obtuvo una base tan importante de consenso que fue corregido y reeditado por 1958. Además, el golpe de noviembre de 1948 y la escasa resistencia que halló, demostró la eficacia de un mecanismo que el propio Betancourt empleó para impedir el suicidio colectivo y manifestar, ante la Asamblea Nacional Constituyente (20/01/47): “Entre los riesgos previsibles del golpe de Estado, uno, el fundamental, pudo ser eludido. No se encendió en el país la guerra civil”. Las lecciones del conflicto librado en España, finalmente entre franquistas y republicanos, no pasaron inadvertidas.

En el trienio, toda tentativa de golpe contribuía a dramatizar el debate público y, así, lo ilustra Domingo Alberto Rangel en la Asamblea (13/01/47): “Si nosotros no hubiéramos estado vigilando la insurgencia y el zarpazo que se nos preparaba, el país hubiera caído en la hoguera de la Guerra Civil, y en vez de cuatro o cinco venezolanos detenidos, en vez de cuatro o cinco madres que elevan peticiones a la Asamblea Nacional Constituyente, hubiera centenares de miles de venezolanos sacrificados en todos los caminos del país”. Por consiguiente, ésta vertiente salvífica de la revolución obligaba a la conversión de cualquier escaramuza en un magistral complot que diera la medida de sus empeños y convicciones.

Valoramos positivamente el régimen político que echó sus bases en 1945, redibujando al país ya adentrado en el horizonte petrolero. Empero, comprendiéndolo como el octubrismo originario, se evidencian rasgos muy particulares y el pronóstico de una guerra civil, afortunadamente incumplida, constituyó uno de los pivotes discursivos políticamente más eficaces que, medio siglo después, sirvió para justificar una gesta de imitación.

Curiosidades de la guerra civil

La inminencia de una guerra civil es obsesiva en Hugo Chávez desde los remotos días de sus inquietudes conspirativas. Al ascender al poder, será recurrente la invocación de un conflicto que recogerá toda la carga de frustraciones acumuladas por los siglos, frenado por la revolución y sus promesas, más que por las destrezas de sus conductores, para saldar una semejanza y una diferencia con el fenómeno octubrista de 1945.

Como antes el (neo) gomecismo, el puntofijismo cultivó las condiciones necesarias para que la guerra civil prendiera entre nosotros, fundamentalmente imputables a la inmensa pobreza que nos embargaba. La victoria electoral de 1998 la frustró, para –así- superar el dilema, aunque –por esos años- no recordemos la existencia de factores objetivos que condujesen a la tragedia, ni que hubiese el convencimiento de un recurso tan extremo para solventar los problemas comunes. Es cierto que la candidatura de Chávez suscitó una vasta campaña de satanización de tal manera que resultó contraproducente a objeto de evitar su triunfo, pero también lo es que –en definitiva- la voluntad mayoritaria del electorado fue respetada escrupulosamente, mediante unos comicios transparentes y automatizados que neutralizaron cualquier tentativa de desconocimiento. Por añadidura, al reconocer su éxito, parecía afianzarse una democracia capaz de asimilar la conflictividad política (y social), por más grave que pareciera y, por si fuese poco, en el seno de las Fuerzas Armadas no logró articularse –aparentemente- un movimiento que lo desconociera, al menos, sin la intensidad que pudo tener la presunta conspiración de finales de 1993 con implicaciones del alto mando militar.

Esgrimida la amenaza con tanta frecuencia, una eventual derrota de Chávez hubiese desencadenado una reacción violenta y así pareció figurar entre las previsiones adoptadas por sus seguidores, tal como lo sugirió César Pérez Vivas (“El Universal”, 01/07/98). Una campaña tan decidida de intimidación, como la propiciada por algunos factores del Polo Patriótico, absolutamente convencido del triunfo, abre el abanico de las especulaciones, pero lo cierto es que –quemando las naves- parecía no estar dispuesto a acatar la voluntad popular para conformarse con librar el combate desde el parlamento que, por noviembre de 1998, no logró copar cuando las fuerzas parlamentarias tendieron a multiplicarse y equilibrarse, por lo que una incursión en la aventura bélica apuntaba a mayores exigencias que las predominantes cuando el intento golpista de 1992.

Al dirigirse a la Asamblea Nacional (15/01/01), Chávez sentenciará: “La revolución venezolana no es amenaza para nadie. ¿Saben, señores embajadores, lo que sería una amenaza, cómo Venezuela sería una amenaza para América entera?. Una Venezuela en guerra civil; una Venezuela quebrada en pedazos; los campos petroleros incendiados por una guerra”. Entonces, el dilema original entre guerra o puntofijismo, derivará en el de guerra o revolución, valiendo de poco las enseñanzas de toda la tragedia que vivió Centroamérica o vive la vecina Colombia, sin que las partes en conflicto logren una victoria definitiva y contundente.

Las banderas de una posible tragedia nacional, se verán nuevamente enarboladas en abril de 2002. Mas, no hubo un choque estrepitoso de las fuerzas en pugna, iniciándose las operaciones propias de una guerra anunciada tantas veces y, por tal, supuestamente planificada para barrer con todos los propósitos revolucionarios. Al contrario, independientemente de las oscuridades que explican el “carmonazo”, la brutal agresión partió del oficialismo y el reascenso de Chávez se produjo en un marco de relativa calma pareja a la enorme expectación, hábil e inusitadamente movilizados sus partidarios, con dos notas llamativas: por una parte, la desobediencia legitima de los oficiales no condujo a la intervención masiva y violenta de la Fuerza Armada, rompiendo los esquemas tradicionales y de provecho para que ciertos civiles –luego- verificaran un golpe de Estado; y la reasunción, a nuestro modo de ver, se hizo simultánea a los saqueos inducidos en el oeste de la ciudad, cuyas víctimas posterior y presuntamente compensados a través de facilidades crediticias, dejando impune políticamente los hechos y generaron una muy seria advertencia de lo que sería capaz el poder revolucionario.

En un cuadro institucional presuntamente desfavorable a Chávez (minoría en la Fiscalía y en el CNE, con once magistrados del TSJ que creyeron que en abril de 2002 no hubo golpe), vistos los peligros de anarquía y el temor de las clases medias, Martha Harnecker aseguró que “el Presidente es el único que puede hacer gobernable a (Venezuela)” y, al enfatizar el clima de discordia, concluirá que “su marginación forzada podría desencadenar una guerra civil”, erigiéndose como el árbitro indispensable, según la ponencia presentada en el Foro Mundial de Porto Alegre (www.rebelion.org/harnecker/harnecker240203.pdf). Otra perspectiva, María Sol Pérez Schael aseguró que vivimos “una guerra civil de nuevo cuño (...) simbólica (...) sólo que no estamos usando armas (...) es lo que está haciendo el gobierno que ha creado la escena”, aunque “estamos escindiéndonos en mundos inconmensurables” (“El Universal”, 15/07/02). Empero, como ocurriera en los años cuarenta, el comportamiento de los grupos en pugna no habla de “acciones o preparativos (civiles y/o militares) visibles que llev(e)n a pensar que se encaminaban a una confrontación armada entre ellos, con capacidad para desencadenar una guerra civil en el país”, real, material y concreta, si acogemos las palabras de un historiador acucioso como Oscar Battaglini (“El medinismo”, 1997, p. 209).

Una triple curiosidad: el anuncio de una guerra civil que políticamente resultó tan eficaz por 1945, nos permite descubrir el chavismo como una suerte de octubrismo derivado, tardío o anacrónico; la pobreza que ayer sirvió de pretexto, hoy la ha incrementado el oficialismo con toda la fuerza del cinismo; y, despolitizada la violencia por décadas, la población está sometida al imperio del hampa común y constantemente agredida por la indolencia de un Estado que no vela ni garantiza la vida e integridad de todos, con un inmenso saldo semanal de heridos y muertos, salvo –otra curiosidad- el descenso de las cifras fatales que coincidió con el fin de semana de “El Reafirmazo”.

El chavismo responde con violencia a las crisis que experimenta, aunque se ha dicho, fijando fuertemente la creencia, una alternativa frente a la guerra civil de motivaciones sociales, antes que políticas. Administrando su profecía, dice salvarnos de todo percance provocado por un enemigo imaginario que, por cierto, sufre ya de las inevitables transformaciones de la hora.

La guerra civil como chantaje

La amenaza de una guerra civil que aún no se ve por ningún lado, insurge nuevamente en las filas del oficialismo. Recientemente, el canciller Chaderton sacó el trapo que no gozó de mejor suerte que las exclamaciones del resto de los defensores del régimen, diz que sorprendidos por el índice de las firmas opositoras recogidas. No obstante, reaparece el chantaje entre los pliegues de un discurso del poder que, muy participativo y protagónico, advierte que no lo dejará así deba fabricar otros conflictos, serializando su desesperación.

Hay una agenda de la violencia que el chavismo no logra administrar con un mínimo de habilidad. Indeciso, las agresiones verbales cumplen un papel postrero de motivación hacia los seguidores que comprenden, poco a poco, el desacierto de su apuesta que es –ante todo- de fe. De una fe sin obras, muerta, que los obliga a un saludable escepticismo.

El escenario privilegiado por el régimen es el de una supuesta rebelión popular ante los resultados prácticamente comiciales de las rúbricas, con el acento de otra paradoja: la construcción y plena identificación de una mayoría de potenciales y decididos electores, frente a la agonía de una minoría a la que no le alcanzan o alcanzarán las dádivas del Estado para mantenerse en pie. Prevalece, en consecuencia, un escenario de la desesperación antes que las costosas exigencias que comporta hurgar las posibilidades de maniobra que concede la Constitución de 1999. Vale decir, una enmienda constitucional que –al recortar los períodos- obligue a renovar todos los órganos del Poder Público, por ejemplo, fuerza al empleo de inmensas destrezas y convicciones de las que carece el elenco oficialista. Y si de Estado de Excepción se tratara, amén de sus implicaciones jurídicas, obliga a un debate político que fue evadido aún en las graves circunstancias de 2002.

Lo cierto es que se apagó la esperanza de un “caracazo” como reacción frente al cívico asedio de la oposición. De cualquier escaramuza callejera pudiera surgir un conflicto de magnitudes favorables al régimen, pero artificial (y artificioso), resultará contraproducente para sus propósitos. Incluimos un incidente en el centro de la ciudad capital que no logró convertirse en comedia política. Simplemente, los buhoneros de la pólvora decembrina, adquirida no sabemos con cuáles dólares, acaso producto del contrabando, fueron parcialmente desarmados por la Policía Metropolitana. Reaccionaron amargamente como si gozaran de una patente de corso o, al menos, la misma que tiempo atrás provocó una tragedia: la transportación de la peligrosa mercancía produjo una explosión, ilustrada en una fotografia que publicó un vespertino, con un pie o una pierna desprendida y sangrante, con su calzado, en medio de la calle.

Al chavismo poco le importan los votos. No olvidemos que en el Táchira, territorio de prisioneros políticos, los comicios parlamentarios les fueron adversos en el 2000 e, irrespetando al electorado, acordonaron la sede regional del CNE y agredieron a quienes fueron juramentados como legítimos representantes del pueblo, en una jornada de abierto fascismo.

Gracias a Dios, estamos muy lejos de una guerra civil. Ya nadie cree en ella, por lo que el chantaje es inútil. Y fracasará el oficialismo al prefabricarla como remedio de supervivencia en el poder.

Rock gótico

En tiempos de mayor coherencia y acierto de Alfredo Escalante, escuché una pieza radial de “The Gathering”. El comentario adicional motivó la adquisición de un excelente disco de la agrupación que aún disfruto. E, incluso, la cantante, Anneke van Giersbergen, se me antoja, no alcanza aquellas condiciones de Janeth Goitía, la formidable intérprete de una banda venezolana que –veinte años atrás- mereció mejor suerte, “Farenheit”. Y, ahora, gracias a tres exitosos videos, he incursionado en “Evanescence”, cuya vocalista, Amy Lee, responde muy bien a la indudable calidad del grupo.

Recomendé la banda holandesa a quien, por azar, conocí en un chat. Y ella, representante de una agrupación bizarra del patio, “Candy66”, calificó la tendencia como rock gótico. Navegué en el intento de descubrir la clasificación y, particularmente, dónde cabían mis gustos, encontrando un natural cambio de perspectivas, pues, aquellos criterios “rudimentarios” (rock clásico, sinfónico, progresivo, latino y otros tantos que Gregorio Montiel Cupello también ensayaba en la Emisora Cultural de Caracas), quedaron triturados por otras nominaciones y supuestos (glam-rock, artístico o progresivo, espacial, techno-industrial, punk), incluyendo el elemento escatológico como lo sugiere un conferencista (www.geocites.com/elaticodecarmilla/conferencia.htm) .

La tentación de acudir al texto de Cándido Millán, historia del arte de bachillerato, pedir en préstamo a Gombricht o desempolvar “La definición del arte” de Eco, fue inmensa para una caracterización gótica de los ritmos que también me atraen, pero –como suele ocurrir- la falta de tiempo impide esta suerte de divertimento. Empero, valoramos un triple ejercicio: la música igualmente es tal, cuando suscita la reflexión; el recurso de autoridad no basta para encasillarnos en una clasificación por siempre provisoria; y, consultados dos o tres adolescentes, hay la oportunidad de descubrir y cultivar los gustos personales más allá de la moda, aún cuando ésta –por decirlo de algún modo- está afianzada en el prejuicio del almanaque. O, lo que es lo mismo, ofrece a toda costa una novedad mercantil, aunque lleve escondidas las huellas de una “antigüedad” renegada.

luisbarragan@cantv.net

ENVIAR ARTÍCULO A UN AMIGO  |  ENVIAR AL DIRECTOR DE SECCIÓN  |  COMENTAR EN LOS FOROS  
Lo más reciente en
Política

La Hora de la Objetividad y la Sindéresis
Carlos R. Padilla L.


Hipocresía en totuma
Edgard J. González

¿Llegó la hora del pueblo?
Francisco Alarcón

¿Primero primarias? (y II)
Juan Carlos Apitz

En las chiquitas desaparecen los "ni-ni"
Fausto Masó

Florinda fue la primera ni-ni
Gustavo Coronel

¿Cuántos gobiernos lleva Chávez?
Fernando Luis Egaña

Dr. Ramón Guillermo Aveledo
Américo Gollo Chávez

La “antipolítica” como nuevo chantaje
Teódulo López Meléndez

¡Los niní son los únicos culpables!
Agustín Blanco Muñoz

Índice Semanal
Recibe  en tu buzón de correos las noticias publicadas durante la semana.

suscribirse

Analítica WAP
Navega Analítica desde tu móvil para mantenerte informado de las noticias del día.

más información

Analítica RSS
Recibe en tu escritorio los titulares y resúmenes de noticias al momento de su publicación.

Agregar Sección a:











más información

 



Columnistas


César Manzano

Carmen Cristina Wolf

José Rafael López Padrino



Copyright © 1996 - 2009 por
Analítica Consulting 1996
Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas.