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Opinión y análisis

Ven a mi casa esta Navidad
Carolina Jaimes Branger

 
Sábado, 25 de diciembre de 2004

Cuando yo era una niña, la Navidad era la época más feliz de mi vida. Mucho más que mi cumpleaños. Debe ser, creo yo, porque en la Navidad se celebra el cumpleaños por antonomasia, más lleno de magia, humanidad y divinidad, que cualquier otro cumpleaños en el mundo.

La cuenta regresiva comenzaba alrededor del quince de noviembre. ¡Eran eternos esos quince días antes del primero de diciembre!. Y aunque las vacaciones no comenzaban hasta dos semanas después, el ambiente era de total y absoluta vacación.

En el colegio preparábamos tarjetas para nuestros padres y abuelos. Las más artistas las hacían también para sus tíos, padrinos y hasta para sus hermanos. En Navidad no se podía pelear con los hermanos porque el Niño Jesús estaba pendiente hasta del último detalle.

En el colegio también representábamos actos alusivos a la Natividad. Uno de mis disfraces favoritos fue uno de angelito, de satín rosado, con unas alas enormes y una coronita dorada. Recuerdo que el papel de la Virgen María siempre le tocaba a nuestra compañera Carolina Sánchez, que era tan linda, que yo estaba segura de que la Virgen de la vida real se parecía a ella.

Luego venía “la” carta. Mi mamá insistía en que debíamos pedir pocas cosas, para que el Niño Jesús les trajera a los niños pobres, que necesitaban los regalos más que nosotros.

Las patinatas no podían faltar. Con patines de hierro que sonaban “¡chas, chas!” al hacer contacto con el pavimento. Recuerdo los tradicionales Winchester, y unos absolutamente supersónicos marca Vitesse, que se deslizaban como si fueran modernos patines de línea. Una vez me tiré por una bajada, y desarrollé tanta velocidad, que no pude frenar y tuve que estrellarme “voluntariamente” contra una pared rugosa, y me destrocé las palmas de las manos. El chocolate caliente tampoco podía faltar. Y en cada sorbo constatábamos que el chocolate venezolano es el mejor del mundo.

Las parrandas eran una delicia. Teníamos una parranda de vecinos de la que quedan como testimonio un par de fotos. Ya adolescente participé en la Coral Don Bosco, que dirigía ese músico de excepción que es Jesús Ignacio Pérez Perazzo. Todas las noches íbamos a cantar a una casa distinta, a pesar de estar en plenos exámenes trimestrales. Desde la puerta arrancábamos con “Tun, tun”.

Mis Navidades estaban llenas de mucha alegría, de mucha música y de mucho amor. En Nochebuena nos reuníamos en casa de mi abuela paterna. La celebración comenzaba “oficialmente” cuando mi papá ponía el disco del Mesías de Händel a todo volumen. Cuando éramos niños, cerca de la medianoche, a mis hermanos y a mí nos encendían luces de bengala frente al Nacimiento, y le cantábamos aguinaldos al Niño Jesús. Después comíamos hallacas andinas que hacía mi abuela, y el momento del clímax llegaba cuando nos dejaban tomar “dos deditos” de Ponche Crema, en unas copitas tan delgadas que casi no nos cabían los labios. Luego, a dormir. Siempre intentábamos quedarnos despiertos para poder ver al Niño Jesús, pero el sueño terminaba venciéndonos. Mi amiga Mau Sosa decía que había visto al Niño Jesús. Y si ella lo había visto, ¿por qué no los demás?…

Al día siguiente, la felicidad era desbordante al salir a buscar los regalos que nos esperaban al lado de nuestros zapatos. Niños al fin, muchas veces terminábamos jugando con las cajas. Y mi hermano Rafael una vez se quejó muy seriamente de que “el Niño Jesús traía juguetes para que jugara mi papá”. Uno de esos juguetes era un tren eléctrico que Rafael todavía conserva.

Lo que no podía entender era por qué mi abuela y mis tías abuelas lloraban tanto el día de la Navidad. A medianoche, al darse el abrazo de “Feliz Navidad”, no sólo derramaban lágrimas porque “ése sería su último año” (de hecho, pasaron muchos años antes de que fuera el último para todas), sino también porque recordaban a sus seres queridos que ya se habían ido, épocas buenas y épocas malas, acontecimientos, eventos y hasta una que otra travesura de la infancia. Se ponían nostálgicas, en una palabra.

Mi papá se tomaba muy en serio la Navidad. La Navidad del año en que él murió fue particularmente triste. Gracias a Dios que mi hermano Ricardo tomó la batuta y cada Navidad se esmera para que sea más especial que la anterior.

Yo hoy tengo nostalgia. Nostalgia del pasado, y también nostalgia del futuro. De lo que quiero que suceda y quizás no suceda. De sueños difíciles de concretar. De milagros que pareciera que no se fueran a obrar. Y sin tener la edad que tenían mi abuela y mis tías cuando lloraban en Navidad, aquí estoy, con sentimientos opuestos de felicidad y tristeza, de ganas de reír y ganas de llorar, de encuentros y desencuentros, de esperanzas y desesperanzas acerca del futuro.

En Navidad pensamos en el futuro. Y todavía más en Año Nuevo. Muchos de nosotros hacemos resoluciones y promesas que de cumplirlas harían nuestro futuro mejor.

Una vez escuché narrar a Alberto Quirós una historia fascinante, sobre un hombre que aseguraba poseer el secreto de viajar en el tiempo. En uno de sus viajes, visitó el futuro de su país, y cuando regresó, contó las maravillas que había visto: paz y progreso, felicidad y abundancia. Las personas se entusiasmaron, porque muchas dudaban de sus capacidades para lograr todo aquello.

Al cabo de pocos años, la situación era otra. El país pobre se convirtió en país rico. Los sueños se convirtieron en realidades. La tristeza dio paso a la alegría. Lo que había visto el viajero del tiempo, había sucedido con creces.

Cuando el hombre estaba agonizando, llamó a uno de sus ayudantes:

“Tengo una confesión que hacerte”, le dijo… “yo jamás he viajado en el tiempo”…

El ayudante, confundido, le preguntó:

“¿Y cómo entonces anticipó todo lo que nos ha sucedido, y con tanta exactitud?”

El viajero que no viajó nunca, le respondió:

“Si yo hubiera dicho que veía un futuro lleno de problemas y calamidades, hubiera contribuido a que ése fuera nuestro destino. En realidad, no tengo mérito alguno: ni he viajado en el tiempo, ni puedo ver el futuro. De lo que sí tengo certeza es que el futuro es lo que nosotros queramos que sea. Allí tienes la prueba”.

Para que el futuro sea lo que queramos que sea, tenemos que empezar por nosotros mismos. Trabajar por lo que queremos ser y hacer, sin descanso, sin tregua, sin desmayar. Yo quiero aprovechar la Navidad para llenarme de optimismo acerca del futuro, porque en Navidad los sentimientos están a flor de piel. Por eso las canciones de la Navidad alrededor del mundo son las más hermosas de todas.

Hay un villancico, interpretado por Luis Aguilé, el mismo que nos ha hecho llorar tantas veces con su “Cuando salí de Cuba”, que también me conmueve hasta las lágrimas, y que quiero tomar como mi mensaje de Navidad para todos ustedes, en particular para quienes están lejos, quienes están tristes, quienes se sienten solos:

“A todos los que están lejos de sus amigos, de su tierra y de su hogar, Y que tienen pena, pena en el alma, porque no dejan de pensar A quienes esta noche no pueden dejar de recordar, Quiero que sepan que aquí en mi mesa, para ellos tengo un lugar.

No vayas solo por esas calles, queriéndote aturdir ven con nosotros y a nuestro lado, intenta sonreír.

Tú que has vivido, siempre de espaldas, sin perdonar ningún error, ahora es momento de reencontrarnos, ven a mi casa, por favor.

Por eso y muchas cosas más… ¡Ven a mi casa esta Navidad!”

tunas@telcel.net.ve

 

 

 
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