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Canichavismo Felipe Márquez Viernes, 21 de diciembre de 2001
Prevalecen misterios familiares que impiden definir mi auténtica raza. Según el abuelo Schültz, descendemos en línea directa de un pastor alemán, que por descuidar su rebaño fue apresado y fusilado durante la segunda guerra mundial. Hoy mis vecinos coterráneos mueven la cola desesperadamente, buscando restos de algún banquete oficialista u oligarca. En el fondo para nosotros, los perros, bodrio es bodrio, un alimento cotidiano que preserva nuestras células presentes. Un hueso por aquí, otro por allá, humano o inhumano, da lo mismo. A diario observamos de soslayo cuanta manifestación, marcha cívica o paro acontece en la patria misma. Pero créanme, ya los restos de comida escasean. Los recogelatas, niños de la calle y perros demasiado sabidos arrasan con cualquier trozo de perro caliente o chinchurria desparramada en la acera. Suciedad la hay, ciertamente, pero son meros papeles sellados, servilletas ajadas, botellas de anís del mono vacías, platos relamidos por escuadrones de moscas y hormigas. Pareciera que ya nadie suelta una migaja en la acera. Los restaurantes chinos y árabes reciclan metódicamente las lumpias, el arroz y babaganush.(¿Se escribe así?). Cuando el docto Rafa Caldera rigió el panorama patrio por vez primera, era frecuente que la gente jugara con uno, te lanzaran un buen trozo de sandwich, de hamburguesa.!Que tiempos aquellos! Prevalecía una buena nota callejera, existía cierta solidaridad y hasta funcionaba una especie de “Sociedad Protectora de Animales” que rescataba cachorros, gatos y cacatúas. Aún rememoro con nostalgia, hacia finales de los años setenta, una noche cuando se estrenaba la película “Amarcord” de Fellini. Cierto señor de aspecto islandés salió del cine con una sonrisa de oreja a oreja. Me miró con afecto ultrademocrático y para mi asombro compró una parrilla con yuquita y todo, colocándola en el suelo frente a mi hocico. A menudo siento que eso fue un delirio canis, una sublimación extrasensorial, una premonición de las vacas gordas egipcias, quizás presagiando a las flacuchentas que en pleno dos mil uno transitan apagadas por El Silencio y Sabana Grande. ¿Qué guarandinga es esta de tener que pelearme una costillita de cochino agridulce con un indígena ecuatoriano? Ambos nos abalanzamos hacia la escuálida presa con el lamentable resultado de que el cholo me mordió el lomo con la furia de una hiena en celo, no era para tanto, esa costillita de cochino ocasionó un problema civil que involucró a la PTJ, a la Policía Metropolitana y a La Guardia Nacional mesma. Al sentirme mordido afinqué mis alicaidos molares en la flaca pantorrilla del guaraní quien empezó a ladrar como un demonio lunático. En lo personal me dieron una severa tunda de rolazos y una bala 9 milímetros rozó mi oreja izquierda, afortunadamente habilitada gracias a la mala puntería policial. No pretendo hablar de política ni mucho menos. Me importa un berro la Ley Habilitante, los latifundistas melancólicos o la cubanización evidente de la nación. Eso se lo dejo a los periodistas, ministros, asambleístas, opináticos y demás elucubrantes. Yo soy un animal demasiado corrido en esas lides.Conocí a Betancourt, a Leoni, a Luis Herrera a Carlos Andrés entre tantos presidentes. En La Cuarta República Puntofijista jamás me ofrecieron albergue o pensión. Pero la Quinta República Bolivariana tampoco ha instaurado una política cabal para perros atorrantes, callejeros de la vida urbana. Nosotros cruzamos autopistas y carreteras llenas de huecos, cabillas y vidrios rotos, arriesgando el pellejo a causa de la neurosis cívico-televisiva imperante. Ahora casi te arrollan y ni siquiera le ves la cara al desgraciado para ladrarle la madre como se debe. En la zona abigarrada donde moro hay unos ochenta coterráneos igualmente desesperados por el hambre fino. Constantemente observamos desde la vitrina de cualquier tienda de aparatos electrodomésticos algún discurso o cadena presidencial. Impotentes vemos que el tercio y su verruga cantan joropo, sacan un alicate y casi al final de las sesiones comienza a ladrar como cualquiera de nosotros. Que si los medios de comunicación social, que si Ezequiel Zamora revitalizado junto a Guaicaipuro Lameda y luego una avalancha de insultos hacia no se qué cúpulas podridas. En fin, vuelvo a divagar, soy un perro geminiano, mi signo ha sido cruel desde que abrí los ojos, aún bebé, recuerdo a un portugués dándome escobazos porque había defecado frente a su frutería. Amigos, ustedes se quejan porque van a perder su casitas de playa, el conuquito bananero o por la creciente recesión económica ¡Pamplinas!
El gremio canino se queja con ardor, y conste en cámara que tenemos planificada una marcha cívico-canina hasta el Palacio de Miraflores para hablar no sabemos con quién. Pretendemos un diálogo con el ministro del ambiente o con Adina. Si nos sueltan La ballena orinaremos al unísono la reja que protege al santo lugar. Ojalá nos obsequiaran los restos de alguna cena de importancia, algún sobradito de Fidel, unas caraoticas, un bono navideño, pero ¡Que va! Por más que aleguemos ser adictos a un chavismo radical no nos dan ni harina de sapo. ¿Será que los cocineros de palacio son tan pulcros que no botan ni un tequeñito a la basura?
Ni cuando Cipriano Castro. Mucho menos cuando el General Gómez quien adoraba los animales dado su verdaderísimo origen campesino. ¿Dónde está la sensibilidad socio-animal criolla? Es que acaso ningún ministro tiene un perrito de apartamento, un poodle siquiera, para sacarlo a cagar durante las noches de plenilunio extremo. Resignado leo a Sartre, a Ionesco, a Italo Calvino, a Darwin y sobre todo a Luis Pasteur quien verdaderamente nos dignificó al erradicar el mal de rabia. Mejor hago de tripas corazón y doy tres vueltas a la ciudad con la escuálida ilusión de hallar aunque sea una concha de mango verde, una tinita de helado con sabor a mosca. Estoy desesperado, mis tripas rugen como un combo de manifestantes importados para aclamar cualquier acto o discurso conmemorativo. Se acabó la manguangua, mejor aprieto ese rabo y sigo mi curso vital sin pararle a la educación y cultura inteligible, o preocuparme excesivamente por nuestras relaciones comerciales con los Estados Unidos de América. Esto es cosa de supervivencia, me llamo Paco y pasado mañana cumplo ochenta y siete años de edad. Sueño con encaramarme en una balsa y llegar hasta Miami, amén.
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