Para intentar taparear el estrepitoso fracaso de su referéndum presidencial-sindical --que naufragó en un oceáno de 90% de abstención, aunque Miquilena y el CNE se hayan transado en reconocer el 77%- Chávez ha recurrido a la trillada cantaleta de la "oligarquía venenosa" que se la tendría jurada a él y a su "régimen revolucionario". Primero empezó a despotricar en contra de los "oligarcas de Bogotá" con el fin de incitar el natural nacionalismo criollo. Como el ardid le falló y luego del rotundo mentis de Gabriel García Márquez, entonces se dedicó a resucitar el fantasma de una presunta oligarquía vernácula que, según sus palabras, "está haciendo todo lo posible para tratar de minimizar el apoyo militar y popular (en ese orden) que tiene la revolución".
En las salutaciones navideñas a las Guarniciones militares -bueno, eso de salutación es un decir protocolar porque en la de Caracas habló cuatro horas- no perdió oportunidad para desarrollar una teoría de su propia y exclusiva elucubración: la "oligarquía" estaría preparando a un Pinochet para derribarlo y de esta manera continuar desangrando al pueblo como en los 168 años de la llamada Cuarta República (1830-1998, según la historiografía oficial). No disputo que el dueño de Miraflores tenga "razones" para creerse la reencarnación bicentenaria del Libertador. Cada quien con su tema, para no usar la palabra apropiada. Pero de allí a pensar que la opinión pública es oligofrénica hay una distancia abismal.
Para empezar, el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas debería preguntarse por qué en los cuarteles el 90% de los militares-votantes no le hizo caso a su referéndum personal. Sería quizá por las instrucciones de un supuesto "Comité oligarquico pro-Pinochet venezolano", o más bien por las mismas razones que motivaron al 90% de los electores civiles a quedarse en su casa. Dilucidada la interrogante, el mandatario también debería reflexionar sobre las causas que explican el creciente rechazo social al régimen imperante. Es muy fácil y cómodo echarle la culpa a los medios de comunicación (que lo digo yo que fuí ministro de la OCI), pero lo serio y responsable es evaluar los horrores y errores de la gestión gubernativa y por tanto rectificar con un sano y cristiano propósito de enmienda. No sé si ello sea posible dentro de la "revolución patriótica", pero si no, entonces el presidente Chávez continuará alimentando el círculo vicioso de su propia destrucción.
En gran medida, Chávez ya es un Pinochet con algunos de sus vicios despóticos y sin ninguno de sus aciertos económicos. La hegemonía autoritaria siempre es fascista aunque se disfrace con boinas rojas y afiches del Ché Guevara. Los más concienzudos críticos a su régimen no son voceros apellidados del comercio y las finanzas -que bastante incorporados están a la nomenklatura de Miquilena y compañía-, son intelectuales de diversos calibre entre quienes resaltan nombres insospechables de soborno oligárquico, como Domingo Alberto Rangel, Moisés Moleiro y Simón Sáez Mérida. Dudo mucho que ellos consideren que un Pinochet sea la alternativa ideal para la frustración chavista.
La inmensa mayoría quiere vivir en un país respetuoso de las libertades. Quiere cambios de fondo, es cierto, pero como sostiene la escritora Sandra Caula, los quiere sin menoscabar la cultura democrática de la sociedad. Si Chávez está inventando a un falso Pinochet para meterle miedo a la gente, una vez más se equivoca de cabo a rabo. Cuando sus compatriotas se cansen definitivamente de él, y nadie más que él está trabajando en esa dirección, la respuesta será radicalmente democrática. No será con tanquetazos y bombardeos sino con la gente en la calle reclamando su derecho a cambiar en democracia. Por el camino que vamos el Pinochet de Chávez será el pueblo venezolano.