La unidad de los sectores democráticos de la oposición es un mandato de la hora, aunque ha servido como pretexto y encubrimiento de aquellas voces que la niegan en los hechos y sienten un inmenso terror ante la posible y radical sinceración de la fuerza que se dice tener. Opera como un programa obvio frente a los desmanes del gobierno, pero también como simulación de la crisis que, por lustros, experimenta la política y el modo de hacerla en nuestro país. Esta circunstancia luce determinante, incluso, para aquellos que están en el palco principal del Estado, creyéndose inmunes a todo síntoma de descomposición, ya que es el petróleo el que ha subsidiado -hasta nuevo aviso- toda suerte de flaquezas e ineptitudes.
El esfuerzo unitario, genuino y coherente, suele desprenderse del cabal reconocimiento de las limitaciones de los concurrentes, así como de las transformaciones estructurales y organizacionales que ha de marcar la pauta a una oposición política esencialmente reactiva, aunque la social asomó un conjunto de iniciativas creadoras que esfumó la sola pretensión de monopolizarla, reacia a los sinsabores y amarguras que también hacen la especialidad, no otra que la del poder. La amenaza real y efectiva del autoritarismo devenido totalitarismo de nuevo encaje, ha sorprendido a los partidos únicamente entrenados –acaso- para períodos de cierta normalidad democrática, preservando sus afanes de huero protagonismo, aunque perdiesen –aún los de más reciente data- la brújula como agentes de la socialización política, escuelas de civismo y referencias del mejor testimonio humano, cierta y deslealmente competidos por las instancias mediáticas en las que también pesa, y mucho, la tasa de beneficios. El nivel de convocatoria es deficiente, a pesar del entusiasmo y desprendimiento de una militancia que ha actuado en condiciones tan adversas, y los esquemas de actuación llevan la carga de los vicios incuestionados, arraigados como cultura.
La articulación múltiple y progresiva de la oposición debe partir del conocimiento y de la vivencia de la democracia, así como de la diversidad de aportes que puedan hacerse. La uniformidad existencial, maciza y silente de los que reclaman formas y fórmulas excepcionales para abordar el reto opositor, lejos de enriquecer, empobrecerá cualesquiera de los éxitos que se anuncien. Aprendimos de la lección histórica de los anarquistas que deliberaban en cada una de las escaramuzas que hicieron la guerra civil española, imposibilitados de tomar la más modesta colina al sufraga cada acción militar, pero tememos una regresión inaceptable con una férrea unidad de mando que reedite –precisamente- aquello que ayudó a sepultar a los partidos y a la propia institución partidista en Venezuela, pues la trama y el trauma del poder están edificados sobre una complejidad difícil de archivar debajo de la alfombra.
Es necesario distinguir entre la articulación creciente de las familias doctrinarias de la desembocadura en un modelo eficaz, convincente y conveniente de coalición opositora. Por una parte, la familia socialcristiana debe dialogar y encontrar una fórmula para articularse, preservando sus matices e identidades, tan innegables como perdurables. Hablamos de un espacio indispensable, el del humanismo cristiano, donde bulle o ha de bullir un debate sobre la particular perspectiva que abriga en torno al presente y al futuro del país, interpelando la vigencia de aquellas inquietudes que reclaman un diferente orden social. La refundación de un gran entidad será consecuencia de una necesidad satisfecha, la de concertar y proclamar un conjunto de principios y valores que contrastan o pudieran contrastar con la oferta de otros espacios teóricos y espirituales. El centro del humanismo cristiano, denominación que personalmente prefiero al de centro-derecha, la que no podemos ser, aunque la topografía política sepa de curiosas alteraciones. Luce semejante la situación para los socialdemócratas, liberales y marxistas (leninistas o gramscianos), hoy dispersos, apenas conciliados por un gobierno que ha administrado hábilmente la disidencia. Está abonado el campo para las coincidencias principistas que confluyan en sendas referencias capaces del pluralismo eficaz y eficiente.
Es en el ámbito de la eficiencia y de la eficacia, por otra parte, donde la oposición puede comulgar en un centro democrático social, denominación que acuñó R. J. Duque Corredor en una reciente reunión de la dirección copeyana, yendo más allá del ensamblaje unitario para la postulación de los futuros ediles y parlamentarios, arribando a una coalición de propósitos, iniciativas y esfuerzos que ayude a construir los consensos básicos y la estabilidad necesaria al post-chavezato. Incluso, para canalizar las distintas y naturales aspiraciones presidenciales que puedan surgir, pero –igualmente- para elevar el costo político de aquellas que se antojan como un imperativo de los astros, prestándole un inmejorable servicio al gobierno cuando estorban los procesos de representación y de participación en los que el protagonista es el ciudadano, en favor de los argumentos zodiacales de la otra versión del chavismo.
En definitiva, de la múltiple articulación de las corrientes y fuerzas de la oposición, surgirá el modelo partidista para la transición democrática que no ha de renunciar a la implementación de aquél que le conceda o devuelva a la institución partidista misma, el sentido que una vez tuvo o sospechó tener. Repetir la experiencia y la impaciencia de una oposición portátil, timorata y menospreciada como mal cada vez más innecesario, promediada la conducta de los partidos, equivale a reciclar enfermizante las condiciones que hacen del presente un refugio perdido del siglo XIX.
EL DEBITO PRESIDENCIAL
El cuestionamiento de los febriles y prolongados viajes presidenciales, no equivale al desconocimiento de una diplomacia dinámica y, particularmente, aérea en los días que cursan. Absurda pretensión sería la de afinar una política exterior desde las estancias serenas y aburridas de la cancillería, donde los expertos diseñen el libreto para que cada plenipotenciario tome una goleta y, al cabo de cierto tiempo, empeñen su palabra en los cablegramas llenos de cumplidos.
El problema no reside en el constante boletaje del presidente Chávez, aunque pudiera servir de pretexto, sino en la política exterior que adelanta y, lo que es peor, en la inmensa dificultad de debatirla. Ciertamente, el tema no constituye una preocupación prioritaria para los venezolanos, como tampoco la corrupción administrativa, según los estudios de opinión, circunstancia que no autoriza a una irresponsable indiferencia u olvido de quienes cuestionan al vecino de Miraflores, incluyendo a los adeptos que reclaman una mejoría del gobierno mismo.
Las sociedades complejas, y dudo que no las haya en todo el globo terráqueo, aceptan o consienten una expresa o tácita delegación de la crítica, agolpadas por problemas de muy variado peso. Las comisiones parlamentarias de política exterior suelen recoger las inquietudes opositoras, volcando y aportando a la opinión pública aquellos elementos que puedan irritarla o aliviarla en clara competencia con otros más corrosivos o analgésicos.
A partir de 1999, experimentamos un viraje importante en el campo externo respecto a una política que habitualmente fue consensuada, a través de las diferentes instancias asesoras ejecutivas o parlamentarias. Aceptemos como legítima la redefinición de objetivos y de procedimientos, pero – igualmente- que ha habido una galopante pérdida de confianza al alcanzar una cota significativa y contraproducente de conflictos que importa más a los intereses inmediatos del poder en el campo interno que a la viabilidad del país en un mundo de intereses más afilados y precisos.
El presidente Chávez nos debe una explicación sobria, coherente y profunda en la materia, aunque es difícil hacerse ilusiones, pues, la ha blindado en clara correspondencia con las características de su gobierno y, más que eso, del régimen que encabeza. La bancada parlamentaria del oficialismo actúa rigurosamente apegada a la agenda miraflorina; no acepta interpelación alguna de funcionarios que digan lo que hacen, como sencillamente ocurre en cualquier sociedad democrática; ni siquiera cuestionar la plantilla, orientación y servicio de aquellos que cumplen funciones diplomáticas, consulares o de cualquier otra índole, amén de la perfeccionada estructura clientelar; asuntos de trascendencia nacional como el petróleo o los problemas limístrofes, son de exclusiva atención y pretensión de los actuales decisores. Y, en definitiva, banalizándola, hay un registro épico de la política exterior encarnada en el mandatario nacional que, al pasearse por distintos escenarios, improvisa gestos y opiniones confundiendo sus emociones con la del propio Estado, quebrando los referentes institucionales en la formulación de una política asaz delicada y peligrosa.
La reconstrucción de los partidos de la oposición, supone también la de sus instancias dedicadas a la política exterior, la cual requiere de un cierto nivel de especialización que no está reñído con el útil y obligado concurso de la militancia lega en la materia. Ojalá, en el futuro, los historiadores trastocados en politólogos y los politógos en historiadores, den cuenta del proceso y no sólo para dibujar con fidelidad y provecho lo acontecido en la intimidad del sexenio, sino las herramientas que sirvieron para la recuperación o hundimiento de la democracia. No hay una adecuada sociología de los partidos políticos de excluir a un sector tan peculiar que, en nuestro caso, convencido o no de sus funciones de Estado, procuró sobrevivir al régimen abandonando sus antigüas y cuidadosamente cultivadas relaciones con los partidos que, una vez, los pivotearon, con las excepciones de rigor.
Pudiera decirse de temas que no son, sino se hacen importantes. Los hay peligrosos, pero imperceptibles. El problema no está en los viajes presidenciales, aunque sirvan de pretexto, sino en la política exterior que se adelanta de acuerdo a los patrones del régimen.