Home | Contáctenos | Suscripción | Publicidad | Archivo | Indice | CHAT
Buscar 
Editorial
Síntesis de Noticias
Política
Economía y petróleo
Internacionales
Comunidades
al día
Turismo y ambiente
Divertimento
Arte y Cultura
Mancheta
 
Deportes
 
 
 Especiales
BitBlioteca
Cyberanalítica
Columnistas
Venezuela en la prensa internacional
Iberoamérica
On-line
Educación
Entrevistas
Analítica Research
 
 
 Canales
Cocina con Scannone
Agencia de Viajes
Bolsa de trabajo
Estilísimo
Saludalia
Oniric
Horóscopo
 
 
 
 Servicios
Cartas al editor
Foros de discusión
Suscripción
Quiénes somos
Bitácora
CHAT
 
 Sugerencias





 

 

Política - Opinión y análisis
Cuento de Navidad

Wolfgang Quintero

Sábado, 22 de diciembre de 2001

Hace ya unos cuantos años –mas o menos quince- cuando obtuve mi primer auto, un viejo y un tanto desvencijado Rambler Hornet, mi padre, que era una persona muy callada pero de una sabiduría popular casi infinita, adquirida en los avatares de la vida y el camino (era chofer profesional), me dio un consejo que en ese momento no entendí, pero posteriormente y a expensas de varias situaciones que se dieron, logré comprender la sabiduría infinita que encerraba dicho consejo, el cual era:

Los mecánicos son de dos tipos, los buenos y los chambones; los buenos mecánicos, trabajan con herramientas adecuadas, es decir, llaves de diferentes tipos e incluso herramientas de precisión, que fueron diseñadas para cumplir funciones específicas en la mecánica de los carros. Los mecánicos chambones utilizan alicates para reparar, aflojar, y apretar tuercas. Así que cuando un mecánico vaya a reparar tu carro con un alicate en la mano ten por seguro que es un chambón e improvisado.

Y, finalmente agregó, que los alicates pueden ser muy útiles solo en momentos de emergencia en los cuales la mayoría de las personas sólo cuentan a mano con un alicate y un destornillador.

Unos seis meses después, me tocó vivir uno de estos momentos de emergencia; me hallaba rodando de noche por la carretera que une a Santa Bárbara del Zulia con Coloncito, en el Táchira, y me estalló un neumático, me detuve y me dispuse a cambiar el mismo, en ese momento descubro que no cargo la llave de cruz en la maleta del carro, y solamente hallé como herramienta un alicate de presión. Después de esperar, en vano, unos veinte minutos a ver si pasaba otro auto (en aquella época, esa vía era desolada) que me auxiliase con una llave de cruz, me dispuse a cambiar el neumático utilizando el alicate de presión para aflojar las tuercas.

Aún hoy considero que este fue uno de los momentos mas traumáticos que me ha tocado vivir como conductor, pues el aflojar la primera tuerca me tomó como cinco minutos de esfuerzo. Posteriormente, cuando estaba en la segunda tuerca, comenzó de improviso a caer un fuerte aguacero, un “leño de agua” como le dicen los viejos, que me complicó enormemente lo que estaba haciendo, unos 25 minutos después, terminé de aflojar la ultima tuerca, empapado, con frío, cansado, agotado y maldiciendo mi imprevisión por salir a viajar en un carro viejo, sin revisar mis herramientas y pensando en que todavía me faltaba montar el caucho y volver a apretar las tuercas con el alicate. Treinta minutos de batalla trancurrieron hasta que terminé de montar y apretar las tuercas: estaba mojado, lleno de barro, extenuado y con la mano izquierda rota y encalambrada por el esfuerzo hecho.

Así, arranqué nuevamente cuando, unos cinco kilómetros más adelante, escuché un ruido como de metal crujiendo, al percatarme del mismo descubro que viene de la rueda en la que había trabajado… Me detengo y al bajarme, compruebo que cuatro de las cinco tuercas estaban flojas, luego de unos quince minutos de trabajo reinicio mi camino y unos seis kilómetros más adelante, por precaución, verifico si todo está bien y compruebo que dos tuercas habían desaparecido, así continúo hasta llegar a Coloncito. Allí me detuve en la primera bomba que hallé, con el fin de revisar y apretar definitivamente las tuercas con una llave de cruz, ya que las mismas nuevamente estaban flojas, pero además, observo lo dañino que puede ser un alicate para apretar tuercas, las mismas estaban casi desgastadas, sin bordes en donde afincar una llave de cruz para ajustarlas o removerlas y eran inservibles. Luego de una hora, el cauchero que trabajaba en la estación de servicio, logró quitar las tuercas viejas y reemplazarlas por unas usadas pero buenas y colocarlas en su lugar cobrándome, para aquella época, el equivalente de una pequeña fortuna: 500 bolívares.

De esta manera, un viaje de aproximadamente cuatro horas para esos días, se convirtió en un calvario de siete horas y un gasto enorme de dinero con el que yo contaba para otras cosas, todo por culpa de una improvisación y un alicate.

email:wolfq@icnet.com.ve
Recomendar esta página a un amigo
Preparar esta página para imprimir

 



Copyright © 2000 por Venezuela Analitica Editores. Reservados todos los derechos.
Venezuela Analítica no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas.