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Política - Opinión y análisis
Los Talibanes y la Revolución

Emilio Figueredo

Martes, 11 de diciembre de 2001

Los Talibanes consideraban, posiblemente con sinceridad, que a la sociedad islámica había que modificarla. Según ellos era necesario radicalizar el proceso de cambio y regresar a una etapa idílica de la historia en la que se aplicara su particular interpretación del Corán.

Esa realidad que crearon en Afganistán significó una restricción fundamental de libertades consagradas en la Carta de los Derechos Humanos, que son producto de una lucha incesante para disminuir la arbitrariedad de la clase dirigente, someterla a normas y principios que estén por encima de una capacidad transitoria de legislar.

Los Talibanes estaban convencidos que las libertades consagradas por la revolución francesa no eran pertinentes en una sociedad islámica, y consideraron que lo mejor que le podía ocurrir al pueblo musulmán era aislarse de las influencias nefastas de la sociedad occidental. Por lo tanto, no se permitía escuchar música, jugar fútbol, ver televisión, las mujeres no estaban autorizadas a estudiar, los hombres debían —so pena de ser apaleados — dejarse crecer las barbas.

Los Talibanes estaban convencidos que su revolución tenía el apoyo del pueblo y, por lo tanto, el “Gran Satán” nunca podría acabar con ésta, porque hasta el último afgano estaba dispuesto a morir defendiendo el proceso de cambio y el rechazo al mundo globalizado.

Resulta evidente, aún al más incrédulo, el resultado. ¡Cuán poco! duran los sueños de los fanáticos. Pero eso ya lo decía Calderón: “ La vida es sueño y los sueños sólo sueños son”.

La utopía ha sido siempre una aspiración oculta de los seres humanos, casi nadie está conforme con la realidad tal como es, de allí la necesidad de construir fantasías absolutas para modificarla. Por eso, todos deberíamos leer el maravilloso libro de Isaac Pardo En búsqueda de la utopía, para entender como los hombres a través del tiempo han soñado esquemas de un mundo mejor. Sin embargo, esas utopías llevadas a la práctica han conducido a males mucho peores que la triste realidad que las antecedía. Sólo baste pensar en Pol Pot, en Stalin, en la raza superior de Hitler, en el sueño trasquilado de Fidel y en la revolución cultural de Mao.

La palabra revolución, aún cuando etimológicamente esté mal aplicada, actúa en la mente de los apasionados utópicos como un bálsamo que todo lo cura y todo lo permite. De hecho, los revolucionarios se parecen mucho a los Talibanes. Quieren cambiar todo y pronto.No le reconocen al pasado ningún valor y creen que sólo ellos son los verdaderos intérpretes del sentimiento popular. Por eso Lenin, que fue un gran revolucionario, desconfiaba del proletariado hasta el punto de considerar que los únicos que podían transformar a la sociedad era la vanguardia revolucionaria representada por el Partido. De allí surge ese perverso invento que se ha permeado en la mayoría de los partidos políticos del siglo XX: el mal llamado centralismo democrático. Lo único que esto ha producido en los partidos políticos ha sido un progresivo alejamiento entre la organización y las fuerzas sociales.

En la Venezuela de hoy no se está inventando nada nuevo. El Presidente Chávez es una versión tropicalizada del revolucionario utópico. En lo que él denomina el proceso se mezclan el agrarismo de Emiliano Zapata, renombrado en Venezuela como Zamora, más el libro verde de Gadafi, pero mezclado y salpicado con algunas nociones provenientes del marxismo — la lucha de clases— y la idea de la revolución permanente trotskiana. Además, hay una fuerte influencia de la leyenda negra y de la reivindicación del mestizaje, no en su fase constructiva al estilo del melting pot de los Estados Unidos, sino en su fase resentida, propia de la división de castas del período colonial. La revolución de Chávez piensa demasiado en Leonardo Chirinos. Ahora bien la pregunta que uno se hace es: ¿Qué puede salir de todo ese cóctel ideológico y en qué medida la utopía particular del Presidente puede ser llevada a la práctica para producir un mayor grado de bienestar para la colectividad en su conjunto? La respuesta a esa interrogante no es asunto del Presidente, a los Talibanes les basta con las buenas intenciones y con la negación de todo aquello que no entre en su esquema mental. Por eso sólo el tiempo puede demostrarle a la gente si en verdad ese sueño conduciría a una mejor realidad o a una pesadilla como lo que ocurrió en Afganistán. Así como otros tantos otros sitios en los que un líder carismático arrastró a su pueblo con su fantasía particular.

En Venezuela, mientras los Talibanes estén convencidos que son los exclusivos portadores de la verdad y sustenten sus esperanzas en una radicalización del proceso como solución a los problemas, no habrá forma de dialogar. Menos aún se podrá convencerlos que la utopía que desean imponer no es viable, puesto que solamente producirá más destrucción y hambre. Nadie en su sano juicio puede estar en contra de transformaciones en la sociedad venezolana que acaben con este modelo deformado, en el que están excluidos un porcentaje demasiado elevado de personas. Pero lamentablemente, y a pesar de las buenas intenciones de Chávez, el camino por escogido no superará las dificultades sino que las agravará. Para que honestamente una sociedad pueda allanar sus conflictos requiere líderes capaces de guiar a sus miembros hacia un trabajo en equipo como parte de un proceso armónico de reconstrucción .

Venezuela, que ha sido diezmada por siglos de guerras civiles, dictaduras y corrupción, necesita del diálogo y el entendimiento de los distintos sectores. Aquí más que Talibanes se requieren maestros y buenos padres que unan a la familia venezolana para edificar un país en el que no haya excluidos, en el que juntos podamos crear fuentes de trabajo y donde la solidaridad sea la única arma del combate contra la injusticia. Los que quieran liderar políticamente al país no pueden ser ajenos a esa realidad y su labor de conducción debe centrarse en el diálogo y no en la innecesaria confrontación.

Presidente, permita que su sueño se haga realidad y no insista en la utopía para que éste no se convierta en una pesadilla.

E-mail:efiguere@analitica.com
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