El año 2000 era referencia de múltiples metas. Principio de tantas expectativas. Inicio de nueva era. Sin embargo, llegó, lo vivimos y se va sin que dejemos de sentir el mismo vacío de la insatisfacción. Fenece el 2000, para dar paso al 2001 con un escenario político marcado por la corrupción, regresión ideológica y ausencia de ideales. Tres amplios sectores caracterizan este gris escenario.
El primero es el de la quinta República que nació torcida. Con frases aisladas sin fundamento teórico que se ajustan a los momentos que exigen las circunstancias, la quinta República resultó ser una repetición del modelo clientelar pragmático. Empleando la ilusión de la revolución bolivariana ha hecho de la demagogia su método para aferrarse al pueblo. El llamado Polo Patriótico, formado por las cúpulas sedientas de poder del MVR, MAS, PPT, PC, MEP, NGD, ha claudicado y se ha entregada a la sumisión y negación de lo que en alguna vez de su historia fueron los ideales de lucha por emancipar a su pueblo. El cargo y la cuota de poder son la retribución por sus servicios. Este Polo liquidó los reductos organizados que le quedaban a la izquierda. La quinta República también neutralizó a AD, COPEI y Convergencia. Destaca la práctica inescrupulosa del pacto que hizo con los mercaderes políticos de AD-La Florida. Hecho que terminó de enterrar a AD.
La quinta República hizo posible el surgimiento del segundo sector. Este es el de la nueva derecha. Primero Justicia lo simboliza. El espacio que encontró le correspondió en su momento a la socialdemocracia y al socialcristianismo. Aunque la fortaleza de sus planteamientos emerge de grupos elitescos de jóvenes tecnócratas. Ahora es el socialiberalismo. Primero Justicia, como organización política, es lo más significativo que tiene el capital en estos momentos para desarrollar una fuerza propia, a nivel nacional, con metas de convertirse en una alternativa de poder.
El tercer sector corresponde a los no alineados. No es una estructura organizada. Son movimientos, grupos e individuos dispersos, actuando paralelamente, sin unificar esfuerzos y en etapa de reflexión. Proceden de las diferentes trincheras de lucha, tanto de la IV como de la propia V República. Entre los no alineados se encuentra la izquierda principista. La izquierda rebelde. Esa izquierda que se fundamenta en la concepción dialéctica de la historia, la que asume la crítica frente a la relaciones de producción inhumanas, la que preconiza generar un auténtico nuevo orden social y plantea un cambio radical en las relaciones del poder político. Fomenta también la organización autónoma de las comunidades, el estímulo a la autogestión y la satisfacción del bien común.
Esa es la izquierda que tiene un espacio en el país, porque hay audiencia y vocación de militancia. Y, a pesar de la dispersión que siempre la ha acompañado, la izquierda tiene la obligación de esforzarse para encontrar vías de conciliación en el 2001. Vías más acorde con las exigencias del mundo actual, sea postmoderno o global, sea o no marxista, pero sí que sea humano, independientemente de cómo se le denomine y de qué región del mundo provengan las mejores experiencias de su ejecución.
No es fundar una nueva utopía, sino de encontrar una salida a los desafíos de nuestro tiempo y abrir posibilidades institucionales para alcanzar la dignificación de la gran mayoría del pueblo que se encuentra aún en estado subhumano.