A pesar de los tiempos, los ultras no terminan el cuento del comunismo. Curiosamente, los que no paran de narrarlo son sus supuestos enemigos jurados, que necesitan potenciarse con su extremo opuesto.
A pesar de los tiempos, los ultras no terminan el cuento del comunismo. Curiosamente, los que no paran de narrarlo son sus supuestos enemigos jurados, que necesitan potenciarse con su extremo opuesto. El misterio de las paradojas, cuyos desencuentros son aparentes. Personalmente, tiendo a pensar que el terrorismo verbal, la exageración o el extremismo, son, más que acciones o actitudes, síntomas. En mi caso, desde pequeño, estoy escuchando hablar acerca del comunismo. Primero lo recibí como el final feliz de la trágica novela de la historia. Así de esa forma, cercana al gusto de las mayorías, narraban los comunistas el último capitulo de aquella historia ideal que llenaba de esperanzas a los desposeídos. Los comunistas, por tanto, se veían a sí mismos como personas predestinadas para cambiar el mundo y construir la Ciudad de Dios en la tierra. Ellos mantenían una actitud ética ante los valores fratricidas del capitalismo, aunque sus objetivos los iban a lograr por medio de la política. Mi primera impresión de los comunistas fue verlos como modelos de puritanismo. Eran una arcilla virgen que había sido moldeada por el discurso de ficción del paradisiaco fin de la historia. De todas formas, el ambiente desinhibido de mi barriada habanera, donde campeaban por su respeto la droga, la guapería de esquina, el sexo, la criminalidad policial y la pobreza; era caldo de cultivo para justificar el advenimiento inevitable del comunismo. Después, vino la metamorfosis de mi juventud y en mi viaje (búsqueda) de un sentido para mí existir, encontré libros que llevaban esa palabra roja en el título. No sé si roja como la sangre de los indios del Oeste norteamericano o como la de las víctimas del Gulag o de Auschwitz. Nunca supe bien porque cuando las cosas pasan de un cierto límite quedan a medio camino entre lo real y lo imaginario
De cualquier manera, la historia de mi país que me habían enseñado en la escuela tampoco era clara. Eramos una isla conquistada por europeos, donde desapareció prácticamente la población autóctona dominada y la cual fue suplantada por esclavos africanos. Entonces, paradójicamente la educación oficial enseñaba que veníamos de los indígenas, por tanto veníamos de la nada. Llegué a pensar que nadie sabía, en mi isla, quien realmente era. Porque además, para negar el mestizaje de nuestras raíces euroafricanas, las abuelas negras se ocultaban o se negaban con cinismo maquiavélico. Definitivamente, llegó un momento que yo no encontré racionalidad en los comunistas ni en los anticomunistas, ni en los de abajo ni en los de arriba. Entre estos últimos había que contar también al capital y al embajador norteamericanos, cuyas influencias eran muy marcadas en la vida nacional desde finales del siglo XIX. A esta altura, he comprendido que Estados Unidos son del mismo modo un país de emigrantes y ellos muchas veces tampoco saben quienes son realmente. Pero se conforman con ser lo que venden y consumen.
En mi isla tercermundista, por supuesto, la industria cultural celebraba la alegría del cuerpo; no la felicidad de una conciencia profunda y en expansión. Los mensajes que nos llegaban de todos los ángulos sembraban en la conciencia social una filosofía del instante. “Hay que vivir el momento feliz”; dice un famoso bolero cubano. El poder se metamorfoseaba a si mismo y llegaba a los segmentos de población en forma de diversión que alcanzaba la locura de ritmos remedadores de trances mágicos. Dentro de todo esto, sobrevivía la minoría comunista con su propuesta de emancipación. Aquellos seres marginados que no desaparecían y reivindicaban su diferencia a partir de concederles un carácter religioso a sus ideas políticas. Aquellas personas estaban movidas por una fe ciega en un mundo mejor. Muchos no pensaban estar vivos cuando se produjera la llegada a la tierra prometida, pero creían en aquel sueño posible. Pienso que el tiempo utópico de los idealistas modifica de alguna forma el tiempo real de los intereses egoístas. Finalmente, sobrevino una revolución en mi isla sin un programa inicial marxista que terminó por optar por el este, legitimado como socialista, aunque su antítesis, en el oeste, lo había bautizado con la marca de comunista. Realmente, ahora, yo que soy un sobreviviente de toda esta logomaquia de la historia, a las puertas del año 2.000, me siento en el deber de encarnar alguna respuesta a toda esta perorata vacía, que ha perdido su conexión con el pensamiento. Definitivamente, soy un creador rebelde autoprogramado y cada vez que los grupos de intereses se autolegitiman o “estereotipan” a sus competencias en todos los terrenos; yo me siento incapacitado para arrancar al pistoletazo de salida y me mantengo en una misma realidad dolorosamente antigua. En esa libertad de matizar. Quizás porque recuerdo aquello de Lao Tse: todo retorna.Lo cierto es que escalando de estas peroratas de los ultras, en este caso por la izquierda que al final del laberinto comunica con la derecha delirante, a sus perdidas referencias cognoscitivas, encontré los gruesos volúmenes de Marx. Sus libros, casi todos, se titulaban “Crítica a”. Obviamente el pensador judío era ante y sobre todo, un crítico. Aunque detrás de toda aquella radiografía socioeconómica de Marx no hubiera respuestas ontológicas, se le otorgaba a la diosa historia una motivación obscura, cruel, de la que ella misma no se percataba. Según el filósofo alemán, la historia era una divinidad dual, unas veces espartana otras sibarita, cuyo destino era armonizar estas dos facetas para monopolizar la violencia, el pensamiento, la sociedad y el lenguaje. Desde su contexto manchesteriano, Marx planteó que el hombre se había consumido por ser un instrumento de la dominación del capital y vaticinó que terminaría tratando de consumir todo hasta que se consumiera a sí mismo. Desde luego, esta megafagia o autofagia escatológica pasaba por la masificación del individuo, la centralización del poder y la sustitución de la verdad por la propaganda o la publicidad, según el caso. Realmente, a estas alturas, percibimos que la exacerbación del individualismo irracional y de una supuesta libertad sin solidaridad nos ha conducido a la nada existencial. Es decir, al cero espacio y cero tiempo de un existir real. Ya en este momento, el solitario, antitético de la masa, pero a su vez masificado en otra dirección; se pierde por los pasillos multidimensionales del internet y la única salida de su laberinto virtual es volver a su masificación real. La transmigración del sujeto seducido o su anulación han sustituido al sujeto crítico.Pero volvamos al isomorfismo ultra retomando el tema del comunismo. ¿Que significa este instrumento sicopolítico santificado por unos, demonizado por otros. Este significante, la mayor parte de las veces sin significado preciso, que inspira devoción o terror? Pues queda precisamente ahí, en un ente deshumanizado. El comunismo es algo sin defectos o sin virtudes, según quien lo esgrima. Le sirve a unos para vender miedo y a otros para vender motivación. Irónicamente, los dos extremos que levantan este icono implacable hacen con sus acciones delirantes precisamente lo que pretenden evitar. Basta recordar el golpe de estado contra el presidente Salvador Allende en nuestro amado Chile, largo como el dolor de América. El General Augusto Pinochet y el resto de los asesinos que lo secundaron cometieron ese crimen político social para evitar el comunismo. ¿Por que? Pues porque el comunismo significaba perpetuar en el poder a un grupo, militarizar al país, asesinar, encarcelar, torturar. Huelgan los comentarios. El “thriller” comunista lo escenificó Pinochet. El hombre duro autoritario y obstinado hizo todo lo que se temía que hiciera el comunismo. Poniendo todo su odio al servicio de su buena causa, Pinochet se convirtió en lo que supuestamente despreciaba. ¿Por que el odio se sirvió del general golpista y sus adláteres? Tiendo a pensar, hablando en serio y olvidándonos un poco del comunismo, que cuesta mucho desentrañar el yo oscuro de la gente. Tal vez, factores empresariales dentro y fuera de Chile, coadyuvaron a que el general se perpetuara en su ignominia.Sin embargo, queda algo clave en este caso. En términos marxistas lo decisivo en el edificio de la sociedad humana es la base económica. Pues bien, que importan las víctimas de Pinochet si desarrolló económicamente a Chile y logró que lloviera maná sobre los chilenos. Cuando Stalin tomó el poder en la exUnión Soviética, los rusos comían un mendrugo de pan al día. Después, motivando con el idealismo comunista, por un lado; y aniquilando a los contrarevolucionarios pesimistas, por otro; el mogol construyó la industria pesada y logró el éxito de la superpotencia soviética. Pensando analógicamente y en cifras relativas, si Pinochet hubiera matado un poco más de sus congéneres, Chile habría alcanzado quizás, el status de potencia regional. Definitivamente, los intransigentes de ambos extremos, cada cual en su enloquecida estridencia, recurrentemente nos dan más de lo mismo mediante el genocidio, la represión descarnada o el chantaje. No obstante, analizando experiencias, realidades y posibilidades, parece ser que el mundo actual, anda con un tanto de cautela y piensa mejor cualquier paso que lo aleje peligrosamente del centro imperfecto humano. Ya sabemos que los extremos son perfectos. En este sentido, un escenario cada vez más transparente, a pesar del sensacionalismo publicitario de los medios, es un reto para los ultras. La nueva época informática sin tiempo ni espacio mensurables en términos tradicionales, esta dejando sin expectativas a los dos extremos sanguinarios y opresivos, que aún nos atormentan.