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Sección: Global y Social
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Un venezolano justoFrancisco Kerdel VegasJueves, 23 de octubre de 2003
En esta Venezuela dividida, pugnaz y violenta de los inicios del tercer milenio hacen más falta que nunca hombres, que como Miguel Angel Burelli Rivas, tengan la formación, la capacidad y la experiencia, demostradas a lo largo de una ya dilatada vida consagrada al servicio público, para asumir el rol de árbitros que con solvencia ciudadana y moral puedan convocarnos a un grado de racionalidad y sensatez que nos conduzca a puerto seguro en momentos en que la tempestad que nos azota pone en alto riesgo nuestro futuro como sociedad viable y país posible. Su lamentable desaparición física debe llevarnos a reflexionar acerca de su ejemplo aleccionador de hombre público, ciudadano, maestro, padre, familiar y amigo, pues en todos estos órdenes fue un hombre ejemplar, y su memoria es la mejor prueba de que en este país sí tenemos el recurso humano necesario para reconstruirlo a muy corto plazo. Por obvias razones de espacio no puedo hacer justicia a sus múltiples logros y me voy a limitar a mencionar, muy brevemente, dos iniciativas en las que trabajamos en estrecha colaboración, en las que además de testigo de excepción fui activo partícipe. Cuando en 1967 llega Miguel Angel a Londres a asumir el cargo de Embajador de nuestra misión diplomática en el Reino Unido, me encontraba yo en Cambridge, como investigador del Instituto de Fisiología Animal en Babraham y miembro del Trinity College, y casi de inmediato empezamos a desarrollar la idea del establecimiento de lo que sería más tarde la ya famosa Cátedra Simón Bolívar de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Cambridge, un concepto original, creativo y productivo, que ha probado, en más de tres décadas de existencia, su imponderable valor académico y cultural y una influencia de carácter verdaderamente universal. Años más tarde, en 1974, fue Miguel Angel, quien conociendo de mi vivencia en Alemania (Occidental, para la época) de los planes de Nasser para formar recursos humanos para Egipto, y las ideas que inspiradas en aquella visión había puesto a punto para nuestro país, hizo los contactos políticos necesarios para que el gobierno adoptase ese proyecto, al que se le dio forma como plan de becas Gran Mariscal de Ayacucho. Ese entusiasmo, esa capacidad extraordinaria de generar esperanzas, de encauzar sueños e ilusiones en posibilidades reales de proyectos encaminados a construir un país verdadero y orgánico, fue la característica más noble y generosa de ese gran venezolano que se llamó Miguel Angel Burelli Rivas. Tal vez esa relación de amistad y mutuo aprecio, esa receptividad suya ante las ideas que le exponía, explica como me sentía en permanente deuda con él y de cómo me fue imposible dejar de aceptar su oferta, en ese entonces como Ministro de Relaciones Exteriores, para presidir la Delegación de Venezuela ante la UNESCO en 1994 y más tarde, y en forma simultánea, la Embajada en Francia. Allí pude continuar esa acción coherente, no sólo de ayudar a formar los recursos humanos necesarios, sino de utilizarlos adecuadamente, lo que se tradujo en el programa de talento venezolano en el exterior (Programa TALVEN de la UNESCO), que pudo realizarse cabalmente gracias a su apoyo y activa colaboración. Y para terminar este escrito, con una nota de buen humor–algo que nunca faltó en la relación humana con el personaje- recuerdo su consejo al enterarse, en 1987, que había aceptado el cargo de Embajador de Venezuela en la Gran Bretaña, y me dijo: “Cuando alguien diga en tu presencia la palabra Excelencia y tú automáticamente voltées la cabeza en respuesta, es el momento de renunciar al cargo, pues estás comenzando a creerlo”. Toda mi familia se me une para expresarles a su querida esposa y eficiente colaboradora, Doña María Briceño de Burelli, a sus hijos y nietos, y a la legión de sus amigos, discípulos y colaboradores, nuestra más sentida palabra de condolencia. Los restos de su deudo serán mortales pero su ejemplo es inmortal. |
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