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Calentamiento Global: la causa es la gente
Roberto Palmitesta D.

Miércoles, 8 de septiembre de 2004

Huracanes, inundaciones, sequías y mayores temperaturas, son consecuencias del cambio climático causado por las actividades humanas, tal como se confirma en un estudio gubernamental estadounidense.

En un informe publicado en agosto por la prestigiosa revista New Scientist, el gobierno norteamericano concluye finalmente –después de un cuidadoso estudio científico- que el calentamiento global sufrido últimamente por el globo terráqueo es producto de la actividad humana y no simplemente de fenómenos naturales, como se creía anteriormente en medios oficiales. En consecuencia se espera que el gobierno tome iniciativas conducentes a disminuir la emisión de gases de invernadero, ya que el fenómeno climático está causando catástrofes por doquier, desde huracanes, tifones e inundaciones hasta sequías y altas temperaturas en muchas partes del mundo, sin que ninguna región esté excluida de sus efectos. Los cuales, de paso, están causando fuertes pérdidas humanas y materiales, además de disminuir las posibilidades de la recuperación económica mundial, de por sí afectada por las guerras y el terrorismo.

Al estar la economía de por medio, los observadores opinan que –finalmente- Washington reaccionará ante este grave problema y tomará medidas más drásticas para reducir la generación del dióxido de carbono, producto de actividades económicas tales como el transporte automotor y la generación de electricidad, donde la quema de combustibles fósiles (derivados del petróleo, carbón y gas natural) juegan un papel importante. Se estima que EE.UU. aporta el 25% de los gases que se producen en el planeta, por lo que su contribución al calentamiento del clima es muy significativa, haciendo que los demás países que se adhirieron al famoso “Protocolo de Kyoto” –un acuerdo internacional para disminuir gradualmente estas emisiones- resientan que la superpotencia americana haya ignorado el problema durante muchos años, retirándose del acuerdo en 2002 después de que la Administración Clinton la hubiera suscrito en 1997. El razonamiento de George W. Bush, apoyado en ciertas dudas sobre las causas del fenómeno, es que el cumplir los requerimientos de ese protocolo “habría afectado negativamente a la economía”, ya que las restricciones impuestas tendrían un costo que la economía norteamericana no habría soportado, mientras trata de recuperarse de su reciente período de estancamiento.

El pésimo ejemplo de EE.UU. hizo que muchos países retrasaran la implementación de las medidas acordadas, haciendo que el protocolo no fuera finalmente ratificado, ya que entraría en vigor sólo después de que fuera aprobado por el 55% de los países que causan el problema, tomando en cuenta sus contribuciones reales a los gases de invernadero. Se esperaba que con la integración de Rusia al protocolo a fines del 2003, se hubiera dado el visto bueno al acuerdo internacional, pero este país tomó el mismo camino fácil de EE.UU., aquejado como está de diversos problemas económicos, aún más graves por la transición al capitalismo después de siete décadas de economía centralizada. Por otra parte, la exigencia de un tratamiento especial de parte de gigantes poblacionales como India y China, ha hecho estragos en un acuerdo que todos esperaban que frenara el calentamiento global. Al parecer, la política interna de los países involucrados, temerosos de que no puedan cumplir con sus promesas electorales, está retrasando la solución de un problema que atañe a toda la humanidad, pero que en el fondo está afectando aún más a los países pobres, ya que sus economías son más sensibles a los fenómenos naturales.

El estudio mencionado pone en evidencia un hecho que ya se sospechaba, y es que durante el último medio siglo la temperatura promedio del planeta aumentó a un ritmo más del doble que durante la primera mitad del siglo XX. En efecto, dicha temperatura aumentó entre 1950 y 2000 en 0,5°C, mientras entre 1900 y 1950 el aumento fue de sólo 0,2°C. La conclusión es evidente: el aumento de la población y las actividades que requieren la quema de combustible –necesaria para mantener su calidad de vida- fueron los principales factores que contribuyeron a esa anomalía, llegando a causar un aumento global cercano a 0,9°C –casi un grado- a fines del pasado siglo . De seguir al mismo ritmo de quema de combustibles fósiles, la temperatura del planeta pudiera subir tanto como 5° C para fines del siglo XXI, con consecuencias catastróficas para la humanidad. El derretimiento del hielo en las regiones polares, no sólo haría subir varios metros el nivel de los mares (muchas ciudades costeras desaparecerían sin costosos diques) sino que cambiarían la temperatura de corrientes oceánicas como la del Golfo y la del Pacífico sur, causando climas gélidos en el norte de Europa y una intensificación del nefasto fenómeno de El Niño en la costa del Pacífico, con fuertes lluvias e inundaciones desde California hasta Chile. Los monzones del Océano Indico serían más terribles que nunca, poniendo bajo las aguas a vastas zonas del subcontinente indio y el sureste asiático. Además de inundaciones en zonas fluviales del África tropical, las regiones que bordean el Sahara sufrirían fuertes sequías y convertirían a sus tierras agrícolas en zonas áridas, afectando sus cosechas y causando serias hambrunas. Mientras tanto, el calor haría estragos entre la población de ancianos en todas partes, y –de paso- el Sol sería más penetrante que nunca, ya que la capa de ozono sería también afectada por las mismas emisiones, aumentando la fuerza de las radiaciones UV que llegan hasta la Tierra junto con los rayos solares. Tomar el sol en una playa o en la montaña, será entonces una actividad de alto riesgo, por las posibilidades de insolación y cáncer de la piel.

Como puede verse, no se trata sólo de un fenómeno atmosférico pasajero, ni algo que afecte sólo a ciertos países, sino un fenómeno de alcance planetario, en cuya solución deben abocarse todos los países del globo, sin distinciones de calidad de vida o progreso material. Precisamente, ese era el espíritu del Protocolo de Kyoto, cuya implementación ya lleva años de retraso, poniendo en duda la sensatez de los líderes que rigen los destinos de la humanidad, ya que parecen pensar más en consideraciones políticas a corto plazo, que en las necesidades de la población a largo plazo. Nuevamente, ha privado el egoísmo personal y nacional con nefastas consecuencias para algo tan delicado como el clima del planeta, que podría sufrir cambios irreversibles de no frenarse las tendencias evidentes en las últimas décadas. Sin embargo, a la luz de las conclusiones y recomendaciones de ese informe científico, es probable que Bush imprima pronto un cambio en la política gubernamental, máxime cuando –en época de elecciones- un anuncio en ese sentido le haría ganar puntos entre los activos grupos conservacionistas, que siempre han criticado sus “razones económicas” para apartarse del protocolo de Kyoto.

En cuanto a Venezuela, la eventual implementación de las recomendaciones del informe estadounidense, motivaría que el coloso del norte entre en un proceso más intenso de sustitución del petróleo y del gas como combustibles para fines automotrices y eléctricos, potenciándose entonces el desarrollo de fuentes alternas de energía como las celdas de combustibles y fotovoltaicas, el uso de las turbinas eólicas, fluviales y marinas, e incluso la energía nuclear, con todos los riesgos que ello conlleva. El objetivo es evitar la emisión de gases de invernadero, producto de la combustión de cualquier sustancia que genere calor y gases contaminantes al quemarse, aunque esa energía es necesaria tanto para la calefacción como las máquinas que mueven el mundo moderno. Y si bien no es probable que afecte nuestra producción de petróleo a corto plazo, no hay duda que se avecinan fuertes cambios en materia de generación de energía motriz, que eventualmente marcarán el fin de la era del petróleo, por lo que Venezuela debería estar preparada para lo que se avecina, “sembrando el petróleo” a paso firme para no depender exageradamente del comercio de ese producto.

Al mismo tiempo, Venezuela debería ir acatando las recomendaciones de los estudios científicos que han confirmado la fuerte participación humana en el calentamiento global, reduciendo el consumo de combustibles y sustituyéndolos en lo posible por formas alternas de energía como la solar, hidráulica y eólica, no sólo para contribuir lo menos posible a ese fenómeno nocivo, sino para liberar valiosos hidrocarburos para la exportación, generando así divisas para la nación. De este modo el país tendría incentivos tanto ecológicos como financieros para reducir su consumo de petróleo y gas, algo que puede lograrse a largo plazo con una política energética adecuada a los nuevos tiempos.

Roberto Palmitesta

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