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También llegaron los Sucre
Eduardo CASANOVA

Lunes, 17 de noviembre de 2008

El Paraíso Burlado

(Venezuela desde 1498 hasta 2008)
I
El Paraíso Partido
(Venezuela antes de la Independencia)

También llegaron los Sucre

De los cinco grandes hombres de América nacidos en Venezuela en la segunda mitad del siglo XVIII, Francisco de Miranda, Simón (Carreño) Rodríguez, Andrés Bello, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios y Antonio José de Sucre y Alcalá, sólo uno, Antonio José de Sucre, no nació en Caracas. Los otros cuatro, en algo que merecería un estudio detallado de aquellos que se interesan de verdad en los fenómenos telúricos o, por decir lo menos, extraños, nacieron en un espacio muy pequeño comprendido entre las faldas del Ávila y una calle paralela a la montaña, ubicada a tres o cuatro cuadras de la Plaza Mayor o Plaza Bolívar, y entre dos riachuelos, el Caroata y el Catuche, hoy convertidos en simples y muy sucias quebradas que llevan agua sucia al ¿río? Guaire, El quinto de ellos, quinto en orden de nacimiento, pero a la par de los otros cuatro en méritos y ejecutorias, nació en el Oriente del país, en Cumaná, la primera ciudad fundada por los españoles en el continente americano, y que por más de dos siglos y medio fue la cabeza de una provincia distinta a la de Venezuela o Caracas. Lo cual tendría singular importancia en el proceso de Independencia de Venezuela, pues Cumaná, la provincia, no formó parte de Venezuela sino a partir de 1777. Hasta entonces los orientales se consideraban integrantes de otro país, de una nación distinta a la de los centrales, lo cual crearía en mayor o menor grado algunas dificultades en el proceso independentista. A muchos orientales, especialmente de las clases dominantes, no les era fácil integrarse a Venezuela, tal como a Venezuela no le fue ni fácil ni posible integrarse a Nueva Granada para formar Colombia. Por eso, 1777 puede ser una de las fechas del verdadero nacimiento del país. Entonces ya estaban en el territorio, en lo que sería Venezuela, los Sucre, la familia que daría, entre otros frutos notables, al hombre más noble, más altruista, de nuestro continente: Antonio José de Sucre, y a uno de los más grandes poetas del país: José Antonio Ramos Sucre.

La información acerca de la familia Sucre de Venezuela, inicialmente de Cumaná, se consigue en un trabajo detallado que realizó el genealogista Carlos Iturriza Guillén, cuyo interés, como es natural, no se centra en la Historia sino en la alcurnia, lo cual lo hace buscar elementos que para la Historia pueden resultar secundarios, pero para los no historiadores, por el contrario, pueden ser interesantes. Nos dice Iturriza que la familia Sucre de Venezuela, tiene su origen en un personaje de los tiempos de Maríacastaña, llamado Godofredo de Sucre (con una sola c, aunque después el apellido se transformó en Succre, con dos ces). Era ese primer Geoffroi (Godofredo), un caballero del siglo XV, de origen visigodo, que fue “Consejero, Sumiller y Chambelán del Rey de Francia Felipe de Valois, y esposo de doña Ildegunda, hija del Conde de Armagnac, en quien hubo un hijo del mismo nombre, Vizconde de Toulouse” (Iturriza Guillén, Carlos: Algunas familias de Cumaná, Instituto Venezolano de Genealogía, Caracas, 1973, p. 712) , hijo éste que, al parecer, no sólo era pariente de los Condes de Armagnac, sino también del Duque Carlos de Orleans, y de varios señorones de su tiempo, como los Monte Santo, los Franselm, los Furio, los Anierbar, los Paumolan, los Monforte y quién sabe cuántos otros apellidos de esos que formaban legiones en las Cruzadas. Después de ese segundo Godofredo Iturriza menciona a Jean de Succre, a quien a su vez siguieron, en ese orden, Claude, Jacques, Antoine de Sucre y Manneville, François de Sucre y de la Loge (que además de tener una sola “c” en el apellido, se casó con una prima hermana, Françoise de Hontoy y Sucre, con lo cual empezó a armar en la vieja Europa un complicado sistema endogámico que fue característico de la familia hasta bien entrado el siglo XX), Antoine de Sucre y Hontoy, Charles de Sucre y Martigny, Charles Adrianne de Sucre y d’Ives, hombre de armas al servicio de Carlos II de España, que fue el primero de la familia en cruzar el vasto océano para fungir de gobernador y capitán general de Cartagena de Indias, pero no se quedó en tierras americanas sino que regresó a Europa. Murió en Madrid. Casado tres veces y viudo dos, sólo tuvo descendencia con la primera, la española María Buenaventura Carolina Isabel Garrido Sánchez y Pardo, y entre otros, fueron sus hijos, Bárbara, Ana, Alberto y Carlos Francisco de Sucre y Pardo. Y fue Carlos Francisco el que en definitiva, durante los reinados de Felipe V (1701 a 1746), se estableció en la América española y fundó la rama de los Sucre en Cumaná, es decir, en Venezuela (Iturriza Guillén, Op. Cit., pp. 712-716).

Don Carlos Francisco de Sucre y Pardo, nativo de Flandes, fue “Brigadier de los Reales Ejércitos, Comandante de la ciudad de Barcelona, Sargento Mayor de la ciudad de Cádiz en 1706, y que, ascendido a Capitán, sirvió en las guerras de Italia. Poco después fue ascendido por el rey Felipe V al grado de Coronel de Infantería y designado Teniente de Rey en Cartagena de Indias, pero no pudo tomar posesión de su cargo, pues fue hecho prisionero por los ingleses al embarcarse para ocupar su nuevo destino en el año de 1709. En 1711 le permitieron volver a España y en 1713 fue destinado de nuevo a la misma plaza. En 1723 fue enviado a Santiago de Cuba como gobernador y capitán general” (Iturriza Guillén, Op. Cit., p. 716) , y fue entonces cuando se produjo lo que dejaría definitivamente a la familia Sucre en el Nuevo Mundo, a diferencia de otras que a lo largo de tres siglos apenas tuvieron un pariente en Indias: “Por Real Cédula del 22 de diciembre de 1729, don Carlos Francisco de Sucre y Pardo fue designado Gobernador de la Nueva Andalucía, Cumaná y Cumanagotos, cargo éste que entró a desempeñar el 18 de agosto de 1733, fecha en la cual fue recibido por el Ayuntamiento de Cumaná, y que ejerció hasta en 29 de junio de 1740” (Ibídem). En Santiago de Cuba, nació Antonio de Sucre Pardo y Trelles, abuelo del Mariscal, (Iturriza Guillén, Op. Cit., p. 718) a quien Carlos IV nombró Coronel de Infantería. Y fue el segundo Sucre en Venezuela y el primero en casarse con una Urbaneja (Josefa Margarita García de Urbaneja y Sánchez de Torres), con lo cual se iniciaría en Cumaná (y Barcelona) el proceso de matrimonios endogámicos entre los Sucre, los Urbaneja, los Ramírez de Bastos, los Márquez de Valenzuela, los Alcalá y un par de familias más que, mezclándose entre ellos harían algo así como una enredadera genealógica muy difícil de descifrar. Los hijos de Antonio de Sucre Pardo y Trelles y Josefa Margarita García de Urbaneja y Sánchez de Torres, siempre según Iturriza, (Ibíd., pp. 719-732) fueron Luis Beltrán, que fue Administrador de las Rentas del Tabaco de Cumaná; María Teresa, segunda esposa de Mateo Gual y Pueyo (padre y abuelo de Manuel y Pedro Gual; Antonia, que se casó con el viudo de su hermana Magdalena; Antonio Luis, Corregidor de Arenas y San Fernando y una vez encargado de la Gobernación de Cumaná; María Magdalena, esposa de Casimiro de Isaba, el que a su vez, muerta su mujer, se casó con su cuñada María Teresa; Luisa Margarita, casada con Juan José Marcano y Ponce de León; Vicente, nacido en Cumaná el 23 de julio de 1771, se “crió en un cuartel de veteranos” (Grisanti, Ángel, Vida ejemplar del Gran Mariscal de Ayacucho, Ediciones del Ministerio de Educación, Dirección de Cultura y Bellas Artes, Caracas, Venezuela, 1952. p 32), y fue activo personaje de la Independencia, además de padre del Mariscal; en mayo de 1811 fue electo Presidente del Poder Ejecutivo Provincial, y en 1812 fue hecho preso por Cervériz, que lo envió a las bóvedas de La Guaira, de donde salió en 1813 a incorporarse a las fuerzas patriotas en su carrera que lo llevaría a ser gobernador de Guayana la vieja, en sustitución de su propio hijo, y que concluyó con su muerte, en julio de 1824 (Grisanti, Ángel, Op. Cit., p 32); Francisco José, casado con Josefa Ramírez de Bastos y Guerra; José Manuel, que fue agredido por el gobernador y capitán general don Pedro Carbonell Pinto Vigo y Larrea (c. 1720-1799), opuesto a las relaciones de su hija Antonia Manuela con el penúltimo de los Sucre y García de Urbaneja, con lo cual causó un pleito entre españoles peninsulares y blancos criollos, (Carbonell, trasladado a Caracas, también tuvo serios pleitos con los blancos criollos, y le tocó enfrentar el alzamiento de los negros y mestizos corianos, encabezados por José Leonardo Chirino, en mayo de 1795, y el de Manuel Gual y José María España, en julio de 1797, en La Guaira); y, finalmente, María del Rosario de Sucre y García de Urbaneja, que, casada con un castellano, se trasladó a Cuba con su marido y cinco hijos y no tuvo nada que ver con la guerra de Independencia.

Los hijos del Coronel don Vicente de Sucre y García de Urbaneja y su primera esposa María Manuela de Alcalá y Sánchez, fueron los siguientes: José María, muerto en 1855, a los sesenta y ocho años, de quien Iturriza informa que “hubo sucesión"(Iturriza Guillén, Carlos, Op. Cit., p. 733); María Aguasanta, esposa del gallego José Antonio Cortegoso, murió a los treinta y tres años en un naufragio cuando viajaba de La Habana a Saint Thomas junto con sus ocho hijos, en 1821; María Josefa, que murió con su hermana y sus sobrinos; Magdalena, asesinada (Grisanti, Ángel, Op. Cit. p 31) por las huestes de Boves que asaltaron la casa de los Sucre en Cumaná en 1814; José Jerónimo, prócer de la Independencia (Coronel), casado con otra Sánchez, muerto a edad avanzada y con mucha descendencia; Vicente, también asesinado por las huestes de Boves en 1814, a los veintitrés años de edad; Pedro, valiente militar independentista, fusilado cuando apenas tenía veintiún años, por Boves en 1814, después de la batalla de La Puerta; Antonio José, el Gran Mariscal de Ayacucho, asesinado en los bosques de Berruecos en 1830, a los treinta y cinco años; y Francisco, fusilado a los diez y ocho años, después de la batalla de Cariaco. De nueve hermanos, siete murieron trágicamente y en aras de la Independencia, y a esos siete hay que sumarles los ocho hijos de Aguasanta. Quince muertos por la misma causa en una sola familia. Es algo que ni siquiera los trágicos griegos pudieron imaginar. Los hijos del segundo matrimonio de Vicente Sucre (que algún tiempo después de enviudar se casó, en 1803, con Narcisa Márquez de Valenzuela y Alcalá, prima hermana de la difunta y parienta cercana de él por varios costados) fueron: Carlos, Vicente y Ana María, que murieron niños; Margarita, casada con Vicente Lecuna y Párraga, también prócer de la Independencia, antepasado, entre otros, del historiador Vicente Lecuna; José Manuel, casado con su prima María del Rosario de Alcalá y Alcalá; Juan Manuel, casado con Águeda Moor y fundador de la rama guayanesa de los Sucre; María Manuela, también casada con un pariente, Ciriaco Ramírez y Alcalá; María Magdalena, casada con José María Betancourt y Machado; y María del Rosario, nacida en 1818, y casada dos veces, la primera con José María Guerra y Bermúdez, viudo de su prima María Josefa de Alcalá, y la segunda con su primo por varios costados José María Sucre Márquez. Esos hermanos por parte de padre del Mariscal Sucre, nacidos inmediatamente antes de la guerra o durante la guerra, no corrieron del todo la misma suerte trágica de sus hermanos mayores, los Sucre Alcalá, pero tampoco vivieron sin sobresaltos o una vida regalada. Escaparon de milagro de la matanza de 1814 y, luego de años de exilio y penurias, de sufrir lo insufrible, de sobrevivir a lo que fue una verdadera quema, una guerra terrible, fratricida, marcada más por el odio que por las diferencias de opiniones, quedaron marcados para siempre por ella. Como todo el país.

También los Alcalá, es decir, la rama materna del Gran Mariscal de Ayacucho, fueron parte de ese proceso de endogamia que caracterizó durante mucho tiempo a los venidos a América desde España. Seguramente que en ello intervinieron tres factores: El natural gregarismo que hace que los seres vivos busquen a sus pares, los temores que producen la famosa discriminación racial y el hecho de que se trataba de poblaciones muy pequeñas, en las que los de origen europeo mantenían relaciones solamente con los de origen europeo. Allí, desde luego, está presente aquel concepto absurdo de la “limpieza de sangre”, que, por desgracia, ha causado en el mundo situaciones espantosas. En este caso en particular el énfasis hay que ponerlo en algo mucho más importante: Las circunstancias produjeron todo un cuadro endogámico, y no sería nada extraño que en la combinación genética, que no tiene que ver con la sangre sino con el genoma, se produjera esa condición altruista que ha convertido a Antonio José de Sucre en una de las figuras más notables de toda la humanidad. Obsérvese que muchos de los parientes de Sucre también se entregaron en cuerpo y alma a la lucha contra el poder español que se inició en Caracas el 19 de abril de 1810, al extremo de ver su familia literalmente diezmada. Parecería, pues que los elementos hereditarios recesivos de altruismo, posiblemente presentes en varias de las familias que protagonizaron, desde Europa, pero muy especialmente en América, los cruces y reencuentros de la “enredadera genealógica", interactuaron y se manifestaron en el carácter definitivamente altruista de Antonio José de Sucre y Alcalá, nacido en Cumaná, en la costa oriental de Venezuela, el día tres de febrero de 1795, que corresponde a la parte más fresca de todo el año y está dedicado, en el santoral católico, a San Nicolás de Longobardo y a los obispos Oscar y Blas.

Al señalar el altruismo del Mariscal Sucre vale la pena también subrayar algo: Las revoluciones políticas. Como las guerras, casi siempre han sido luchas entre dos egoísmos: El de los que tienen el poder y el de los que aspiran a tenerlo. Un grupo o una casta está en el poder y otro grupo u otra casta quiere desplazarlo. Por lo general, el que desplazó a los que estaban termina haciendo lo mismo que los otros hacían, abusando y usando el poder para sus fines egoístas, por lo que aparece otro que hace lo mismo que los otros habían hecho, con lo que se forma un círculo vicioso. La rebelión de Caracas es un caso muy diferente y único en la historia: Empezó como cualquier otra, cuando los “mantuanos", los descendientes de hidalgos, buscaron el poder para acabar con el monopolio de España en materia comercial, monopolio abusivo que se ejerció a través de la Compañía Guipuzcoana, desde 1728 hasta 1797, y de la Compañía de Filipinas a partir de esa fecha. Hacia eso apuntaba, por ejemplo, lo que se ha llamado la Conspiración de lo Mantuanos, de 1809, en la que intervinieron, entre otros, el Marqués del Toro, Martín Tovar y Ponte y Antonio Fernández de León, que después sería el Marqués de Casa León, así como los Bolívar y muchos otros integrantes de la clase de los blancos criollos que, sin duda, buscaban la Independencia política con la mira puesta en la simple Independencia económica. Pero para lo que podríamos llamar la segunda generación, es decir, los hijos de los mantuanos, influidos abiertamente por la Revolución Francesa y por las ideas de Francisco de Miranda, no era suficiente la libertad de comercio; aspiraban a una verdadera revolución y la hicieron, y con ello se convirtieron en la única clase social que ha combatido a muerte, no para conseguir privilegios, sino para renunciar a ellos, y que, en aplicación de lo que he demostrado, fueron desplazados violentamente del poder por el equivalente a la burguesía, aunque de origen más o menos rural, representada en este caso por José Antonio Páez, Juan José Flores, Francisco de Paula Santander y otros próceres menores, casi todos nacidos en lugares muy distantes a las capitales. Uno de los casos más notables de sacrificio, de renuncia a privilegios, de entrega a una causa hasta llegar a sacrificar su vida por ella, fue el de Antonio José de Sucre, que en Europa habría sido noble, y en América vivió para acabar con el colonialismo y la monarquía absoluta, y murió por su pueblo, como casi ningún otro en la Historia universal. Ello nos permite suponer que las tendencias altruistas, especialmente las provenientes de la educación, de la cultura (pues no cabría aquí hablar simplemente en términos de genética), se fueron acumulando y se impusieron a las egoístas en esa generación de venezolanos, y que en el caso de Antonio José de Sucre, llegaron a su punto máximo, como seguramente no han llegado ni llegarán jamás en un solo individuo simplemente humano.

Y todo ello se formó mucho antes de la Independencia.

Desde el domingo 11 de mayo de 2008, cada domingo, se publicará, capítulo por capítulo, uno por semana, “El Paraíso burlado”, de Eduardo Casanova, que consta de tres libros: “El Paraíso partido”, “El Paraíso en llamas” y “El Paraíso desperdiciado”, y narra las peripecias de Venezuela, desde la prehistoria hasta nuestros días. La obra consta de 108 capítulos: 31 “El Paraíso partido", 38 “El Paraíso en llamas” y 39 “El Paraíso desperdiciado". “El Paraíso partido” cubre desde la prehistoria hasta le Independencia, “El Paraíso en llamas” narra la Guerra de Independencia y “El Paraíso desperdiciado” comprende desde la separación de Venezuela de la Gran Colombia hasta la actualidad.

uno@eduardocasanova.com

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