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Sección: Global y Social
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Caracas, la ciudad del miedoDelphine Saubaber, enviada especial a VenezuelaMartes, 1 de junio de 2010
Traducción: Carlos Armando Figueredo / Fotografía: Juan Toro
Domingo, 16 de mayo, las 9, barrio del Cementerio, a veinte minutos del centro de Caracas, Juan Francisco Morales, un panadero de 41 años de edad, acaba de ser asesinado con un cuchillo de carnicero. Bajo la revolución bolivariana del presidente Hugo Chávez, la capital de Venezuela se ha elevado al rango de las ciudades más violentas del mundo. Hundida en el corazón de las barriadas en las que la muerte merodea, entre las bandas de jóvenes que se libran a ellos mismos. Sus ojos están muy abiertos. Dos pupilas azules, como de meduss, aclaran su rostro que ya adquirió el color del cemento. Está acostado sobre el flanco, en pleno medio de la calle, con la carne en vivo. La sangre gotea, lentamente, desde la pobre sábana que le echó encima. El camino de Juan Francisco Morales se detuvo allí, el domingo 16 de mayo, cerca de las 8 de la mañana, bajo el sol negro de Caracas, la capital de Venezuela, a veinte minutos de la plaza Bolívar en el centro. Juan Francisco era panadero. Tenía 41 años, tres hijos y noches hechas cortas por su trabajo. ![]() El forense, ahora, sacude suavemente sus dedos para las huellas. Rodeado por la multitud, la camioneta de la morgue abre su puerta trasera bajo el ojo despavorido de su esposa, muy pequeñita, que balbucea: “Salio a las 7 para ir al trabajo. No sé qué fue lo que pasó, tenía un problema con un empleado, pero no sé…” Oye a un testigo, a su lado que le recita a un policía: “Vi un tipo con un cuchillo de carnicero que se precipitaba para desgarrarlo de arriba abajo.” Atrás, una anciana susurra: “Esta semana, ya hubo seis muertos aquí, que se encontraron en contenedores de basura.” Aquí, estamos en el barrio del Cementerio, el “cementerio”, también llamado la “ciudad de los acostados”. Uno se creería en una novela de García Márquez. Estamos en Caracas, convertida, en unos años, en la ciudad más violenta del continente, detrás del matadero a cielo abierto de Ciudad Juárez, en México. Petare, en las alturas de Caracas, el barrio más grande de América del Sur. La gran mayoría de los homicidios se dan aquí, en los barrios. En esta ciudad, encajonada entre las montañas, que extiende sus autopistas en todos los sentidos bajo un vapor cobrizo de contaminación, se insinúa el miedo, opresor, inconfesable. “Desde el 2005, el gobierno de Hugo Chávez prohíbe publicar los datos sobre la delincuencia, explica Roberto Briceño León, director del observatorio venezolano de la violencia, que se basa en los datos de la policía judicial (CICPC). En Caracas, la tasa de homicidios es de 140 para 100.000 habitantes, contra 18 en Bogotá, en Colombia. Venezuela ha pasado de 4550 homicidios en 1998 a 14.589 en 2008 y 16.047 en 2009. Esta tierra de tarjeta postal bañada de aguas traslúcidas y de tesoros petrolíferos está en guerra. Una guerra sin causa ni rostro, que pesará, con la hiperinflación y la crisis económica, en las elecciones legislativas de septiembre, cruciales para el popular Chávez, María Isoliett Iglesias, reportera del diario El Universal, madona de 31 años tiene el estómago sólido, se deslocaliza cada mañana o casi en su segunda oficina: la morgue de Bello Monte: “Si no, uno no tiene información, precisa, ante el cubo de hormigón blanco. La morgue está colapsada, durante el fin de semana. La policía dice con frecuencia: ‘arreglos de cuenta entre bandas’. Pero las familias no siempre nos cuentan eso…” No hace mucho, en Palo Verde, en las alturas de Caracas, un islote de clases medias rodeado de miserias, los habitantes no pudiendo ya poner cara de asco ante la muerte que amenazaron con apilonar los cadáveres bajo las ventanas del fiscal. “El gobierno habla de ‘sensación de inseguridad, dice que los medios dramatizan, pero no es verdad, suspira Pablo Eliseo Guzmán, director de la policía de Miranda. Hay que abordar con firmeza el problema de la inseguridad.” “Me los mataron a ambos, mis dos hijo, A uno para su celular, y al otro por la moto.” Barrio El Valle, a media hora de la Plaza Bolívar. En la minúscula tienda de su comercio de artículos religiosos perfumada de incienso, Mercedes Eloisa Caraballo, una mujer enérgica, parece bambolearse sobre ella misma. La mirada ahogada, colgada de las fotos de Fredy Batista, muero el año pasado, a los 23 años, y de Deivy Batista, muerto dos años antes, a los 24 años. Éste acababa de firmar un contrato con un equipo de béisbol de grandes ligas americano, en Houston. Tenía una hijita. “Era el hombre de la casa: ‘Mamá. No llores, mamá, voy a sacarte de aquí, me decía siempre”, sopla Mercedes.” “Eran las 8:30 P.m., ese 26 de junio de 2007. Acababa de llamarla desde la gran avenida que bordea la tienda. Lo vio, de lejos, con una bala en la pierna, siete adolescentes a su alrededor. Corrió con el corazón a punto de reventar. Siete tiros más acabaron con su hijo. Por un teléfono y un par de zapatos deportivos, Se derrumbó de rodillas, lo apretó contra su pecho, aullando en la plaza desierta. “Aún me quedan cuatro hijos y me aterro todos los días, corta Mercedes, Trato de nunca mostrarle a la gente que estoy mal, pero hay días, me siento tan sola… Y conozco a muchas madres que han perdido varios hijos. Pero ellas no quieren hablar, temen las represalias”. Es también por eso, para ayudar a introducir denuncia, que Evelyn Arteaga, una mujer delgada, con carácter, afectada por la muerte de un sobrino, creó una ONG, en el 2009: “Madres contra la violencia y la inseguridad”. La iniciativa no le gusta a todo el mundo. En septiembre de 2009, Evelyn Arteaga se halló propulsada en el Canal 8, invitada sorpresa de la emisión “La Hojilla” de Mario Silva, un presentador chavista. “¡Oí mi propia conversación, por teléfono con una amiga, en la tele! Me trató de agitadora…” “Según una encuestas de noviembre del 2009. 59% de los venezolanos conocen a alguien que ha sido matado durante estos últimos años y 84% estiman que la violencia ha aumentado mucho”, observa Oscar Schemel, director del instituto de sondeos Hinterlaces. . El miedo —real o fantaseado— espanta a los 5 millones de habitantes de Caracas. Detrás de los vidrios ahumados de su automóvil, Aldemaro, Leopoldo, Roberto, choferes de taxi siguen hablando del cañón que les pusieron en la sien, hace poco, por unos bolívares. Sandra, una francesa a quien nada le ha pasado en veinte años, en la tranquilidad de Los Palos Grandes, quiere irse del país, como Eric, un americano, y Ana, una española, desde hace treinta años en Caracas. En las urbanizaciones de Altamira, de San Bernardino o del muy elegante Country Club, las quitas, lujosas, se han transformado en campos militares, con alambrado de púa y calles electrificados. Después de las 9 de la noche, en Caracas, uno busca al peatón. El país del comandante Chávez, la reencarnación de Simón Bolívar el Libertador y el hijo espiritual de Fidel Castro, vive en la paranoia. El inventor del “socialismo del siglo XXI” vo mita la pobreza, los “oligarcas”, pero también otras entidades de las que rinde cuenta durante sus maratones televisados: esa “mierda de oposición”, los “pitiyanquis”, el “negrito” Obama, ese “narcotraficante” y “asesino” que es Uribe, el presidente colombiano, en breve todo lo que, de cerca o de lejos, le recuerda el “imperio” del mal. “Mantiene vivo al enemigo”, subraya Schemel. Para Chávez, la violencia forma parte de la lucha de clases, observa Alfredo Keller. Presidente del instituto de sondeos Keller y asociados. La legitima diciendo que uno puede robar cuando tiene hambre. Llegó incluso a decir, recientemente: ‘Si pierdo las elecciones este año, les pido a ustedes, mi pueblo, que destruyan a la burguesía de este país,’” Briceño León concluye: “En realidad, aquí. Son los pobres quienes se matan entre ellos.” La sangre chorrea desde los barrios, esas ciudades tablitas pegadas a las colinas que rodean la ciudad. La mayoría de los homicidios se cometen allí, en esas masas sin forma donde el habitante de Caracas no pone los pies. Para los policías, la noche será jadeante. La patrulla corre, se para, vuelve a arrancar en las callejuelas oscuras del barrio José Félix Ribas, en lo más alto de Petare, y uno de los más temibles. Una hora después de la salida de los policías, caerá un hombre. Viernes. 10 de la noche, en el corazón de Petare, la mayor barriada de América del Sur. El grupo de intervención de la policía de la municipalidad de Sucre comienza su patrullaje. Los jeeps se meten ruidosamente en la arteria principal. Un largo espigón de cemento; el subinspector francisco González tiene la pistola sobre la pierna. De una parte a la otra de la subida, siempre más aguda, casas de ladrillos y de latón sobrepuestas por millares, que penetran en un laberinto vertiginoso de calles ciegas y de pasajes oscuros. Muy arriba, en el barrio José Félix Ribas, uno de los más peligrosos, el vehículo ya no pasa. Visto del lejos, el gueto ofrece su reflejo de luces al cielo, infinito, silenciosos, poético. De cerca, a uno lo electrocuta las tripas. Pie en tierra, medianoche, los policías se ponen el casco, arman las Glock y apuntan a las sombras. Aquí y allá, racimos de jóvenes. Manos en las paredes, vamos, vamos y el muchacho se deja, levantando su camiseta para mostrar que no lleva una Remington en su barriga imberbe. Y a veces, es un jefe de banda, de 15 años. “Algunos tienen fusiles de asalto, cargadores que permiten disparar 32 balas en 3 segundos y medio, y en la espalda”, sopla, tendido, un policía, bañado de sudor. Antes de comenzar a perseguir. La patrulla corre, se para, vuelve a arrancar. El fondo del aire está sudoroso. Desde un patio, con bajo, resuena la música electrónica. En la noche, Petare es un agujero negro para todo el que no haya nacido allí. Y ello porque se vive, a lo largo de esos callejones regados de basura. Hay hombres que parlotean en la sombra, niñas con la sonrisa marchita bailan al ritmo de música colombiana, alegres, hay enamorados que se rozan, se abrazan en la sombra. “Se esta bien aquí” estalla una joven de 16 años, preñada. “Uno tiene miedo, corrige Oriana, una funcionaria de 23 años, en el barrio Unión. Hasta en la casi. Es el infierno. Uno nunca va a allá arriba, a José Félix Ribas.” Esta noche, ni siquiera una hora después de la salida de los policías, caerá un hombre en José Félix Ribas. Una tachuela roja de más en el cartelón del comisario general de Sucre, Manuel Furelos, llegado en el 2008, cuando en el fin de semana, en Petare, uno contaba 17 muertos en promedio: “160 policías municipales sobre el terreno, en Petare, es poco, suspira él. La tercera parte de lo que uno debería tener… Pero, en el 2009 tuvimos 20% menos de homicidios.” Una victoria, dentro de la desmesura del continente. “Y este año, queremos formar a 200 jóvenes, especialmente entrenados, en nuestra academia de policía”. En 18 meses, dos policías murieron y tres fueron heridos gravemente. Se logra una cita con “Mao” en el 23 de Enero. Un mito. El 23 de Enero, el barrio más politizado de todos, una plaza fuerte cuyo nombre solamente hace vacilar al venezolano medio. En la víspera, un joven recibió 25 balas de las cuales 12 en la cara, calibre 40: “Le borraron el rostro”. Para impedir que los familiares velaran el difunto con la urna abierta, según la tradición. Sobre las sarnosas habitaciones de alquiler moderado, la lucha se despliega en frescos, soberbios: Chávez en la mesa con Jesús, Marx, el Che, Bolívar y Fidel. “Es socialismo”, dice un cartel, que habla de las misiones sociales de Chávez para los pobres, el pedestal de su política. Perfil de intelectual, los cincuenta años convencidos y sonrientes, Mao pertenece a los Tupamaros, “un grupo armado que lucha contra todos los que combaten el proceso revolucionario”, dice él con una voz calma. Mao defenderá a Chávez “hasta la muerte”. ¿La violencia? Exagerada por los medios, El resto viene del “narcotráfico, de los estragos de la heroína y de los paramilitares colombianos”. De la sociedad de consumo, también, que vuelve locos a todos los jóvenes, “Nuestro mundo debería ser de igualdad y de solidaridad, hace falta que lo entiendan, es nuestro reto.” Al lado, El Peky, de 51 años, opina: “Los jóvenes son más violentos que antes.” Él se dice “la mitad del diablo”. Se le atribuyen 200 muertos (“para preservar a los inocentes”, dice él), Su primero, lo mató a los 14 años. El tipo agonizó “cuatro horas vente y seis”. Le había robado su automóvil. “Aquí, es una cuestión de respeto, de vida y de status”, murmura él, la mirada espantada. Hay que Mater, “si no eres tu quien mueres”. En la anarquía. Hay reglas. Cuando uno está sobre el techo del crimen, después de algunos 20 muertos en su rastro. Uno se convierte en el “pran”, el jefe de la banda. “Su poder dura en promedio 3 años”, dice Mao. Debajo, está el “camaján”, el que se ocupa del dinero, de la droga, una suerte de administrador de la sombra La banda cuenta por lo menos con 20 “soldados”, los “perros”. Se puede ingresar a la carrera a los 10 años. Con frecuencia se sale antes de los 25. Por la reja del cementerio. “Esos jóvenes asesinos saben que van a morir. ‘Jugar a estar vivo’. ‘Vivir de gratis’, dicen ellos”, subraya el sociólogo Alexander Campos, coautor del libro titulado Y salimos a Mater gente: es lo que le respondió Héctor, de 15 años, a un muchacho que le preguntó cómo matar, a la vez que mataba a tiros a un profesor de catecismo que pasaba por ahí. “Antes, el malandro no rompía todos sus lazos, no robaba en su barrio, continúa Campos. Sus sucesores se libran a ellos mismos, ya que las madres, con frecuencia solas, trabajan, en una sociedad donde tienen un papel central, de columna, y los sustitutos de antes, la abuela, la guardería… ya no están allí. Hoy, tenemos una generación de jóvenes sin madre, en Venezuela. Jóvenes que largaron todas las amarras, comunitarias, familiares, centrados totalmente sobre ellos mismos, que hacen de su vida un riesgo y cuya sola razón de ser es de imponerse sobre el otro, visto como un límite”. Según el sociólogo, la pobreza no es la explicación de esa violencia. “Los malandros operan tranquilos. 91% de los homicidios quedan impunes, en un Estado con u discurso militarista que se muestra muy eficaz contra sus opositores, que mantiene grupos armados que le son favorables en los barrios, pero cuyas instituciones son débiles, permitiendo la anomia, el desorden generalizado, acusa Schemel. ¡Aquí circulan 12 millones de armas para 28 millones de habitantes! Acaba de promulgarse una ley que condena a once años de prisión a quienes no hayan registrado su pistola. Mientras tanto, en la sombra de los barrios, la justicia de los hombres pasa, Mercedes supo que los siete asesinos de su hijo Deivy Batista fueron asesinados, a su vez. Y Héctor, el asesino del profesor de religión. Ya no existe. Borrado, a los 16 años, en un estallido rabioso. El mismo que el suyo. |
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